Este es el Cordero de Dios

homilia

Este es el Cordero de Dios

En el año litúrgico se señalan como extraordinarios los tiempos de Pascua y de Navidad. “Tiempos” que tienen por finalidad memorar los misterios principales de nuestra fe: Los misterios de la Encarnación y de la Redención. Fuera de esos tiempos o núcleos celebrativos nos encontramos con el llamado “Tiempo ordinario”; es decir, el tiempo que dedicamos a contemplar en amplitud de miras lo que significa el acontecimiento JESÚS para nuestra vida.

Hoy empezamos este tiempo ordinario que interrumpiremos con el inicio de la Cuaresma dentro de 6 semanas. Y lo empezamos con unas lecturas que casi repiten el mismo mensaje que el domingo anterior, el del bautismo de Jesús. La diferencia está en que el Testigo que aparecía el domingo pasado era la “VOZ” del cielo que proclamaba a Jesús como Hijo amado. Hoy hablan otros testigos, de rango totalmente distinto al del “Padre” pero necesarios para conocer al sujeto de esta historia de salvación que es Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios.

El profeta Isaías habla del Mesías como del Siervo de Yahvé al que hace Luz de las naciones para que la salvación de Dios llegue a toda la tierra. El Mesías es más que “siervo”. Es el Ungido de Dios.

No podemos pasar por alto el salmo responsorial (salmo 39) muy particular para nosotros los Dehonianos. -Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio. Entonces yo digo; “Aquí estoy para hacer tu voluntad”-.

Jesús le había dicho a Juan Bautista que era necesario “cumplir toda justicia” o lo que es lo mismo “hacer la Voluntad del Padre en todo momento”. La respuesta del Hijo al Padre es la de disponibilidad absoluta para cumplir su Voluntad. El mismo misterio de la Encarnación pende de esta disponibilidad absoluta de obediencia del Hijo hacia el Padre, y en el día de hoy, inicio del tiempo ordinario, se quiere manifestar el “inicio fontal” de nuestra salvación y de toda la historia: “Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu Voluntad”.

El Evangelio nos trasmite el testimonio histórico de la persona de Juan Bautista. El evangelista nos cuenta una especie de encuentro a distancia. Jesús viene hacia él, se cruza y pasa hacia adelante. Digamos que en este momento se insinúa un “traspaso de poderes”. Jesús empieza a caminar por delante. Ya Juan deja de ser el pre-cursor; y justamente en ese momento da el testimonio más sublime que puede hacer de Jesús, al que no conocía. Este verbo tiene implicaciones profundas. Podía conocerlo exteriormente, como pariente lejano; pero se trata de un conocimiento de la interioridad de la persona al que llega después de la experiencia del Jordán. Y su testimonio es tan rico que no tiene palabras para verbalizarlo.

Lo Llama “Cordero de Dios, que quita o carga con el pecado del mundo”. Cordero y Siervo; Siervo y Cordero. Son ambivalentes e intercambiables en Jesús. En Él se realizan las expectativas de los profetas y llegan a cumplirse las promesas de Dios.

Dice que venía detrás de él, pero ahora pasa por delante de él, porque existía antes que él. Deja de ser precursor y reconoce una anterioridad de Jesús que da escalofríos. Jesús existía antes que Juan (y todos sabemos que Juan era mayor en edad). Reconoce en Jesús una existencia primordial, o una existencia en Dios antes de todos los siglos.

Yo no lo conocía pero he visto bajar sobre Él el Espíritu Santo, y es el que desde ahora va a bautizar con el Espíritu Santo. Se opera un cambio radical. El bautismo de Juan es solo de conversión y de preparación. El bautismo de Jesús lo es en Espíritu Santo y por lo tanto es un bautismo de “unción”, de inmersión en la vida de Dios. Es un bautismo que sana, cura y quita el pecado porque es inmersión en la misma vida de Dios Trinidad.

Finalmente, da el testimonio definitivo: “Éste es el Hijo de Dios”. Ahí queda su testimonio para la posteridad. No hemos de olvidar que Juan evangelista escribe su evangelio para “que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”.

Esta es la  misión que empezamos en este tiempo ordinario. Y la empezamos con el augurio de otro Testigo principal en el anuncio del Evangelio: Pablo de Tarso. Llamado a ser apóstol de Jesucristo, por voluntad de Dios. A Pablo no se le cae de la boca el nombre de Jesucristo (Jesús-Mesías) que él ensambla para siempre. Es su profesión de fe y por ella vive y muere. Jesucristo ha trasformado su vida y llega a ser el gran evangelizador de Asia menor, Grecia, Roma y, quizás, Tarraco. Pablo nos llama a todos “santos” y “consagrados o ungidos” por Jesucristo y nos desea “La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. No hay mejor manera de comenzar este nuevo año o tiempo ordinario. Abramos nuestro corazón a esta bendición de Dios y dispongámonos a hacer el camino de nuestra fe “in crescendo” en este nuevo año de gracia 2020.

Gonzalo Arnáiz Álvarez, scj.

Gonzalo Arnaiz Alvarez scj
gonzalo@arnai.com
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