Jesús es la luz

homilía

Jesús es la luz

4º DOMINGO DE CUARESMA

¿Crees tú en el Hijo del Hombre?

Pregunta que Jesús lanza al ciego que había recuperado la vista. El ciego responde categóricamente (iba a escribir ciegamente): “Creo, Señor”. Añade la palabra “Señor”. Más que “Hijo del Hombre”, Jesús es “Señor”; título reservado a Dios.

Esa pregunta espera hoy mi respuesta personal. Y os aseguro que son tiempos recios para responderla. Estamos viviendo una situación “límite” en la que están poniéndose a prueba todas nuestras reservas humanas y de fe. Viene a mi mente la gran tentación que sufrió Israel en el desierto. Estaban muertos de sed. Se preguntan si estaba o no estaba Dios en medio de ellos, en medio de nosotros.

Esa es la gran tentación. Para Jesús la única tentación y la última tentación: Dudar de la existencia de Dios o de la existencia de un Dios providente y misericordioso; de un Dios que se revela como Padre –Abba- que oye y se abaja ante el clamor de su pueblo.

Esta tentación golpea mi mente y corazón. He dado siempre respuestas desde el Dios de la Gracia y desde el Dios que crea libertad. Pero esta encrucijada como que rebasa toda mi perspectiva. El mal aparece como enorme. Y ciertamente han existido males mayores y más dramáticos en la historia reciente y pasada. Puede que cualquier situación de guerra sea bastante peor que esta experiencia nuestra de la confinación y el temor ante la enfermedad mortal. Pero no deja de ser el trauma que nos toca vivir a nuestra generación que salió incólume de las grandes guerras del siglo XX.

A la pregunta de si está o no está en medio de nosotros, nuestra civilización occidental parece haber optado decididamente por afirmar que Dios no está en medio de nosotros. Que es alguien o muy lejano que se despreocupa de nosotros o que realmente no existe. Nuestra civilización opta por el hombre señor de la historia. El hombre que dotado de razón y libertad tiene todas las posibilidades de construir el cielo en la tierra. Dios y la salvación no importan. Son residuos de una civilización anterior.

El gran problema es si resuelve algo el negar a Dios; si su ausencia deja campo abierto para el despegue del humanismo a ultranza.

Nuestra fe está puesta a aprueba por el coronavirus; pero también está puesta a prueba nuestra afirmación de creernos superhombres. Nos creíamos capaces de superar la muerte creando nuevos seres y resulta que un bichito nos trae de cabeza y nos hace morder el polvo de nuestras limitaciones. Ojalá el hombre consiga eliminar toda pandemia de hambres, guerras o enfermedades. No creo que llegue a saltar el límite de la muerte porque seguiremos siendo siempre seres limitados, falibles y caducos. Tampoco en ese caso estaría en juego la existencia o no existencia de Dios. En ese caso y en todo caso estará siempre abierta la oferta de salvación por parte de Dios al hombre. Y salvación es más que ser inmortales. Salvación es entrar en la vida de Dios que es cosa muy distinta a la que puede ofrecer una vida sin término en estos parámetros del cosmos presente.

Sinceramente creo que el humanismo sin Dios es un fracaso existencial. Si Dios desaparece, el hombre desaparece. Si Dios no existiera, el hombre nunca hubiera llegado a ser hombre. Habría que decir que la creación no habría existido.

Y entonces: si Dios está con nosotros ¿por qué no actúa y nos libra del coronavirus? La pregunta seguiría, y por qué no nos libra de los terremotos, o de los accidentes de tráfico, o de la muerte de los niños, o de las pandemias de hambre, o de las guerras justas e injustas…?

Quizás, la respuesta haya que buscarla por lo que entendemos por Dios, o lo que encierra esa palabra cuando la pronunciamos. La modernidad ha llevado a la conciencia humana el convencimiento de que Dios es, ante todo, Poder que impone, Ley que exige, Límite que frena, Juez que enjuicia, Señorío absoluto que no deja márgenes para otras reales libertades.

Y ese no es el Dios revelado por Jesucristo. Nos encanta decir que Dios es “Todopoderoso”. Está afirmado en el credo. Cuando decimos “poder”, no es el poder que impone, sino el Poder que ama y respeta. La vía de Dios en su relación con el hombre es la vía del amor-diálogo-encuentro y no la vía de la fuerza. Dios se abre al diálogo paterno-filial con el hombre.

En la primera lectura de hoy se nos anuncia ese diálogo de Dios que elige de los hombres al más pequeño e imberbe para llevar adelante sus planes de salvación. Pero Dios siempre espera la respuesta del hombre que no es otra respuesta que la de la aceptación del diálogo de amor interpersonal. Creer en Dios o confiar en Él no es desmerecer al hombre sino que es hacerle partícipe de la gratuidad amorosa con el Padre que lo hará un hombre “fuerte con Dios”.

Dios el la Luz que ilumina a todo el hombre. Dios es esa luz que toca el corazón y lo hace revivir como el sol hace revivir a las plantas. La vida de las plantas no está condicionada por el sol negativamente. Surgen gracias a él. Así es Dios con nosotros. Somos porque Él nos ama.

Dios es bueno y por eso ha hecho todas las cosas para que participen de su gloria y a nosotros los hombres para que participemos de su misma vida, de su esencia; para que entremos a formar parte del entramado amoroso de la vida trinitaria.

Para eso ha enviado a Jesucristo.

Y es cierto que Jesús pasó haciendo el bien, pasó echando al maligno de esta nuestra historia e hizo curaciones asombrosas. Pero también es cierto, como dijo Jesús, que había muchos leprosos en Israel en tiempos de Naamán, el sirio, y solo fue curado él. Los milagros de Jesús son señales que indican un más allá en el que debemos fijarnos.

Dios no nos libra de la lucha y de la brega de cada día. Su Hijo el Amado, Jesús, no fue librado de la muerte, aunque este se lo pidió. Jesús bebió el cáliz del dolor hasta las heces. Su cáliz y el de los demás. Y siguió aferrado a su Padre con una esperanza inquebrantable. Por eso fue rescatado de la muerte. Resucitó al tercer día. Este es el gran signo de que Dios tiene respuesta para nuestras inquietudes. Dios es más fuerte que la muerte. Es más fuerte que el corona virus.

Hemos de transitar por estas cañadas oscuras sin temer nada, porque el Señor es el Buen Pastor y nada nos puede faltar.

Que el Señor ilumine nuestro camino. Mantengámonos firmes en la fe. No caigamos en la tentación.

Por eso recemos con fuerza: No nos dejes caer en la tentación de la increencia y líbranos del mal.

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Gonzalo Arnaiz Alvarez scj
garnaiz@scj.es
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