El que no toma su Cruz, no es digno de mí

homilía

El que no toma su Cruz, no es digno de mí

La Palabra de Dios proclamada este domingo no es nada relajante. No parece la más apropiada para abrir un mes de vacaciones donde uno parece querer entrar en un bucle de desconexión con todo aquello que le ocupa durante el año. Y es que la vida nunca entra en vacaciones, porque dejaría de ser “vida”; y la vida de fe tampoco puede entrar en vacaciones porque se debilitaría y podría morirse.

Las palabras de Jesús, en principio, suenan  tremendamente pretenciosas. ¿Cómo alguien puede exigir un amor mayor que el sacrosanto amor a los padres, a los hijos, al cónyuge?

Solo Dios puede exigir un amor de este calibre. Solo Dios pide en el primer mandamiento el amarle sobre todas las cosas.  Y si Jesús se atreve a pronunciar estas palabras o exigencias, o es un impostor o es el Hijo de Dios.

Sin pretender poner “paños calientes” que eliminen el escándalo de las palabras pronunciadas por Jesús, sí que es bueno empezar por situarnos bien en el entorno en que fueron pronunciadas. Estamos ante un discurso a “los misioneros” del evangelio; a aquellos que Jesús envía para anunciar la buena noticia. Es decir aquellos que han sido llamados y han aceptado a Jesús como maestro y quieren ser sus discípulos. Todos ellos saben que Jesús ha ido y va por delante de ellos y lo que les pide a ellos, él lo ha realizado y vivido con creces. Pero cada vez nos damos más cuenta de que “misioneros” o “enviados” lo somos todos aquellos que estamos bautizados.

De trasfondo hemos de tener delante el primer mandamiento y principal: amar a Dios con todo el corazón, indivisamente. Ese mandamiento no aniquila ni hace competencia con los otros mandamientos como el del amor a los padres, a los hijos, a la familia. Debemos pensar que ante todo, ese mandamiento fundamenta todo otro amor. Solo es posible el amor fiel hacia los otros, si no nace primero del amor fiel de Dios con nosotros. Amar a Dios nos lleva a amar desde Dios y a amar con Dios. Ver el mundo desde Dios.

El Papa Francisco también invita a leerlo desde el Génesis donde se le pide al hombre que se casa, dejar padre y madre, tomar a su mujer y ser los dos una sola carne. El discípulo y Jesús, entre ellos hacen una opción parecida, donde Jesús pasa a ser el principio y fundamento. Se da un contrato donde nadie prevalece sobre esa realidad de amistad. Jesús y el discípulo realizan una comunión nueva y de otro orden a la relación “de sangre”.

Además, hay que leer bien la lectura de Romanos 6, 3-11, donde se nos habla del bautismo, para entender el porqué de la osadía de Jesús. Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo en la muerte para que así nosotros, también resucitados con él, andemos en una vida nueva. Estamos injertados o viviendo una vida nueva; una vida donde surgen vínculos distintos y más fuertes que la vida natural o meramente biológica. Nosotros hemos muerto al pecado y vivimos para Dios en Cristo Jesús.

Vivimos para Dios en Cristo Jesús. Ahí está la clave de la enseñanza del evangelio. Cristo es el enviado del Padre y nos habla del Padre y habla Palabra de Dios. Es Hijo de Dios. Este Hijo es el que nos envía a nosotros incorporándonos a él.  Nuestra nueva vida se apoya en Él que nos pasa al Padre y hace que también nosotros seamos enviados del Padre. Nuestro fundamento es Cristo y por eso Él es el primero. Tenemos que amarle a Él de todo corazón, también porque Él nos amó primero y se entregó por nosotros para que tengamos la vida nueva. Por eso nos invita a  vivir la vida como Él la vive. Para él, el primero es el Padre.

Y cuando hay conflictos de familia, como por ejemplo cuando tiene 12 años y sube a Jerusalén, Jesús no tiene problema en aclarar que el primero es su Padre. Opta por el Padre, aunque después siga sujeto a José y a María. Y esta actitud la mantiene toda su vida. Jesús ama a su familia, pero cuando es obstáculo para su camino de fidelidad al Padre no duda en “saltar” el orden familiar. A nosotros, sus discípulos y enviados, Jesús  nos pide un talante semejante. Saber que el amor de Dios y el amor a Dios es lo primero. Y esta realidad es algo tan vital que transforma los parámetros de nuestra vida. Parámetros o medida que llegan hasta estar dispuestos a dar la vida por la causa del evangelio.

Aquellos tiempos eran momentos de persecución para los discípulos y San Mateo lo que intenta es animarles a mantener la fe hasta el extremo. Por eso oímos de boca de Jesús una de sus máximas más importantes y convincentes para él. “El que quiera conservar su vida, la pierde. El que entrega su vida por causa del evangelio o del Reino de Dios, ese la gana. Jesús así lo vive y así lo anuncia y así lo pide para aquellos que quieran seguirle. Entregar la vida libremente cada día al servicio de los demás es lo mejor. No pierde la vida quien la da sino que la gana en abundancia.

Finalmente, en el evangelio de hoy, Jesús pone a valer a sus enviados, igualándolos a él, y también igualándolos al Padre; los constituye en enviados del Padre. Por eso el que recibe a uno de estos y les da aunque sea un vaso de agua, no quedará sin recompensa. Jesús toca el tema de la acogida como un gran valor. Aquel que acoge a un “misionero”, a un profeta, a un testigo del Reino de Dios, se iguala al que es acogido. Se crea una acción de vasos comunicantes. Se crea un círculo virtuoso. Se crea la comunión de lo Santo y de los Santos. En esa acogida, los predilectos para Jesús son los pobrecillos.

 

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Gonzalo Arnaiz Alvarez scj
garnaiz@scj.es
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