Salió un sembrador a sembrar

homilía

Salió un sembrador a sembrar

15 DOMINGO ORDINARIO

Jesús sale de su casa y se sienta ante el lago. Un rato de oración y de alabanza; un rato de contemplación de las bellezas naturales; un rato para repensar ciertas cosas. Sobre todo contemplar y ver cómo la acción evangelizadora puede pasar por horas bajas y se empieza a sentir el cansancio de la gente o las actitudes tercas de aquellos que no quieren oír nada que les mueva de sus convicciones y les haga entrar en una nueva dimensión de la religiosidad o del “trato de amistad con Dios”.

Ante la adversidad o la opacidad, Jesús no cae en el desaliento. Siempre tiene una mirada confiada en la fuerza de Dios y a la larga, contempla la victoria inapelable de nuestro Dios, su Dios y Padre.

La gente no le deja y le busca, le encuentra y se sienta a escucharle. Jesús no decae y lanza su mensaje del Reino de Dios narrando parábolas. Una forma de presentar el mensaje que cala en aquel que está dispuesto a dejarse sorprender y que penetrando en su corazón los cambia y le da una nueva razón para vivir y esperar; o bien un mensaje que al cerrarse el oyente o despistarse puede no llegar a ningún término. Jesús propone las verdades del Reino desde la oferta vital de alguien que las vive en su vida, las testimonia con sus obras y actitudes y que no pierde la calma ante las dificultades.

Jesús valora la actitud infatigable del “sembrador” que sale a sembrar y echa la semilla o la “palabra” a boleo; es decir en toda tierra independiente de su circunstancia. Un sembrador siempre confiado en aquello de que “hasta de las piedras pueden surgir hijos de Abraham”. Y pese a las dificultades y rechazos, al final la cosecha compensa y el fruto es abundante; abundantísimo. Ciento por uno.

A pesar de las dificultades de la vida presente, de la evangelización en el tiempo de Jesús, en el tiempo de Mateo y en nuestro tiempo, nunca podemos caer en el desaliento, porque hay garantía de futuro y de éxito fundamentada en la fidelidad de Dios y su tarea constante en llevar acrecimiento la propuesta de su Reinado.

En nuestros días podemos constatar también la dureza de la evangelización. No podemos consolarnos diciendo que ya estaba prevista desde siempre la persecución a la iglesia. Hay cosas que la “iglesia” hace y ha hecho mal y muchas veces ha velado más que revelado el evangelio. Pero a la vez hemos de reconocer que la oferta del evangelio se encuentra con una verdadera dureza de corazón en algunas personas, donde no podemos excluirnos nosotros mismos.

Y ahí viene a parar la segunda enseñanza de la parábola de hoy. Es importante la acción del labrador; es importante la potencia de la semilla; pero también es importante el “terreno” donde cae esta semilla.

La parábola contada por Jesús nos invita a echar una mirada a la tierra que acoge la semilla; una tierra que representa a los que escuchan la palabra y las actitudes que tienen ante ella. Quiere esto decir que no podemos hablar de automatismos en la eficacia de la acción de Dios, porque siempre hay que contar con la colaboración y libertad humana. Colaboración y libertad que siempre están siendo  desde el hacer primero de Dios, pero que sin duda también cuentan con la responsabilidad por parte del hombre. Siempre podemos decir SI o NO a Dios.

Así es que miramos un poco las actitudes con las que podemos acoger la Palabra proclamada y celebrada.

La imagen dada en la narración es una imagen agrícola muy conocida por los oyentes de ese momento. Ahora ya es menos conocida experiencial mente esa imagen, pero nos da pie a reflexionar sobre nuestras actitudes.

Podemos mirar hacia dentro de nosotros mismos y ver cuál es nuestra actitud ante las celebraciones de la fe, ante la proclamación de esta misma Palabra en el evangelio de hoy y de siempre.

Podemos ir a la misa a “cumplir” o realizar un acto acostumbrado en nuestra tradición vital. Pero nada más. Pasamos por la misa “sin pena ni gloria”.

Podemos ir a la misa pendientes del reloj y a la espera de que todo vaya breve y el cura no se enrolle en la plática. Ejercemos nuestra capacidad de aguante pero nuestro corazón está puesto en otras partes o valores.

Podemos ir a celebrar la fe y a recibir la Palabra con alegría para que pase por mi mente y mi corazón y me abra a la acción de Dios.

Depende de nosotros el que la eucaristía sea realmente una fiesta, un encuentro entre Dios y nosotros y entre nosotros como hermanos. Es necesario afinar nuestra atención y perfilar bien los valores que queremos vivir y experimentar.

Jesús, en la parábola, termina diciendo que unas semillas fructificarán el ciento por uno. No hay cosecha de ese calibre si no fuera por la calidad de la semilla o por la calidad del sembrador. Jesús no pierde de vista la importancia del hacer del Dios – Trinidad en todo lo tocante a la vida de la fe. Dios siempre es mayor y primero, y con mucho lo mejor. No hemos de perderlo nunca de vista.

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Gonzalo Arnaiz Alvarez scj
garnaiz@scj.es
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