La Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María

homilia

La Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María

En España, por ser su Patrona, se celebra como solemnidad esta fiesta de la Inmaculada aunque sea un Domingo de Adviento. En el resto del mundo, esta solemnidad se celebrará el lunes día 9 de diciembre.

El Papa Pío IX en 1854 declara dogmáticamente que La Virgen María, la llena de Gracia y bendita entre todas las mujeres, en previsión del Nacimiento y de la Muerte salvífica del Hijo de Dios, desde el mismo primer instante de su Concepción fue preservada de toda culpa original, por singular privilegio de Dios.

Pablo VI, en su encíclica “Sobre el culto a María” escribe que: “durante el tiempo de Adviento la Liturgia recuerda frecuentemente a la Santísima Virgen —aparte la solemnidad del día 8 de diciembre, en que se celebran conjuntamente la Inmaculada Concepción de María, la preparación radical (cf.  Is 11, 1.10) a la venida del Salvador y el feliz exordio de la Iglesia sin mancha ni arruga— sobre todos los días feriales del 17 al 24 de diciembre y, más concretamente, el domingo anterior a la Navidad, en que hace resonar antiguas voces proféticas sobre la Virgen Madre y el Mesías, y se leen episodios evangélicos relativos al nacimiento inminente de Cristo y del Precursor.

De este modo, los fieles que viven con la Liturgia el espíritu del Adviento, al considerar el inefable amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo, se sentirán animados a tomarla como modelo y a prepararse, “vigilantes en la oración y… jubilosos en la alabanza”, para salir al encuentro del Salvador que viene. Queremos, además, observar cómo en la Liturgia de Adviento, uniendo la espera mesiánica y la espera del glorioso retorno de Cristo al admirable recuerdo de la Madre, presenta un feliz equilibrio cultual, que puede ser tomado como norma para impedir toda tendencia a separar, como ha ocurrido a veces en algunas formas de piedad popular el culto a la Virgen de su necesario punto de referencia: Cristo. Resulta así que este periodo, como han observado los especialistas en liturgia, debe ser considerado como un tiempo particularmente apto para el culto de la Madre del Señor: orientación que confirmamos y deseamos ver acogida y seguida en todas partes”.

La letra negrilla indica el contenido de esta fiesta y me pongo a seguir esas pautas para comentar las lecturas de hoy.

 

En primer lugar hay que decir que la Inmaculada adquiere su sentido y fuerza desde la maternidad de María. Por eso es necesario unir ambos acontecimientos y es lo que hace la lectura evangélica.

La anunciación a María (Lucas 1, 25-35) la realiza el Arcángel Gabriel. Es el Arcángel enviado por Dios para abrir paso a los acontecimientos definitivos de la Salvación. Con la anunciación a María se inaugura “la plenitud de los tiempos” y se inicia el cumplimiento pleno de las promesas hechas a nuestros Padres.

La pregunta de María a Gabriel “¿cómo será esto, pues no conozco varón?” suscita la respuesta que nos da la clave de la encarnación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti” (Lc. 35). Tenemos aquí que la misión del Hijo (el envío del Hijo a la tierra) no se hace sin la misión del Espíritu Santo. El Espíritu Santo (Amor y Dios de Vida) es el que invade el seno de María, lo hace fértil y suscita la generación humana del Verbo como hijo de María. Jesús, desde el principio está Ungido por el Espíritu; está íntimamente unido a Él. Esta unción se manifestará después a lo largo de la vida histórica de Jesús.

En la historia de la salvación tienen importancia muchas personas que colaboran obedientemente con la acción de Dios, pero de entre todas ellas María ocupa un lugar preeminente porque ella es “la puerta” por la que nos llega el Salvador. Sin su colaboración explicita no hubiera sido posible la encarnación. Es importantísimo el SI de María tantas veces reflexionado y por eso no contemplado en este momento.

Pero digamos que María fue “preparada” a lo largo de la historia para que dijera este SI. Ha habido muchas mujeres en el A.T (Ana, Débora, Rut, Judit, Esther, Isabel) que con su fe han ido preparando este momento estelar de la historia. Entre ellas ha habido mujeres que siendo estériles han encontrado la fecundidad cuando ya eran ancianas. Dios quiere mostrar su fuerza en lo débil y por eso “abaja a los poderosos y ensalza a los humildes; las fértiles quedarán baldías y las estériles parirán muchos hijos”.

De María afirmamos que fue concebida inmaculada o sin pecado original. Esta gracia o privilegio le ha sido dado en previsión de los méritos de Cristo para que el autor de la Vida no se encontrara con una persona que hubiera estado sometida al pecado y de esta forma que estuviera dotada de dones que la capacitaran para la gran misión que iba a recibir en su vida.

De María afirmamos que era virgen antes, en y después del parto. La “virginidad” algo difícil de entender en la mentalidad de hoy y por eso se pretende negar este hecho o elevarlo a la categoría de “mito”. No obstante me parece que es necesario afirmar que no hay que intentar forzar las ideas de antes para que cuadren con nuestros intereses sino que es bueno –siempre- tratar de ponerse en el lugar donde se fragua la narración. La antropología (visión del hombre) bíblica de entonces era distinta de la nuestra y por otra parte no hay que olvidar que se está hablando a un pueblo concreto desde su historia concreta. La mujer, en la concepción del hijo, era pura pasividad, como la tierra que espera la llegada de la simiente para que prenda en ella y florezca. Cuando Dios elige a mujeres estériles para que engendren hijos con misión importante para el pueblo, está diciendo que “para Dios no hay nada imposible” y que para su obrar “no necesita” necesariamente de la fuerza del hombre. Que Él puede hacer obras grandes por medio de seres “inútiles” (con perdón). Si Dios saca vida de una joven virgen está dando una señal (sacramento) de que algo importante está aconteciendo. Es un lenguaje perfectamente entendible en su tiempo y como tal lo podemos entender y asumir nosotros. No pretendamos forzar el lenguaje de Dios sino que aceptemos el que es (o ha sido) y escuchémoslo.

Al respecto, voy a copiar lo que Benedito XVI dice en su libro sobre la infancia de Jesús cuando comenta estos hechos. Dice: ¿Es verdad eso de que María había concebido al hijo por obra del Espíritu Santo? En los evangelios se nos relata una historia humilde y, sin embargo, precisamente por ello de una grandeza impresionante. Es la obediencia de María la que abre la puerta a Dios. La Palabra de Dios, su Espíritu, crea en ella al niño. Lo crea a través de la puerta de su obediencia. Así, pues, Jesús es el nuevo Adán, un nuevo comienzo “ab integro”  de la Virgen que está totalmente a disposición de la voluntad de Dios. De este modo se produce una nueva creación que, no obstante, se vincula al “sí” libre de la persona humana de María. Se ha hecho realidad un nuevo comienzo de la humanidad.

Karl Barth (un grande y buen teólogo del siglo XX) ha hecho notar que hay dos puntos en la historia de Jesús en los que la acción de Dios interviene directamente en el mundo material: el parto de la Virgen y la resurrección del sepulcro, en el que Jesús no permaneció ni sufrió la corrupción. Estos dos puntos son un escándalo para el espíritu moderno. A Dios se le permite actuar en las ideas y los pensamientos, en la esfera espiritual, pero no en la materia. Esto nos estorba. No es éste el lugar. Pero se trata precisamente de eso, a saber, de que Dios es Dios, y no se mueve solo en el mundo de las ideas. No se pueden atribuir a Dios cosas absurdas o insensatas o en contraste con su creación. Pero aquí no se trata de algo irracional o incoherente, sino precisamente de algo positivo: del poder creador de Dios, que abraza a todo ser. Por eso, estos dos puntos –el parto virginal y la resurrección real del sepulcro- son piedras de la fe. Si Dios no tiene poder también sobre la materia, entonces no es Dios. Pero sí que tiene ese poder, y con la Concepción y con la Resurrección de Jesucristo ha inaugurado una nueva creación. Así, como Creador, es también nuestro Redentor. Por eso la concepción y el nacimiento de Jesús de la Virgen María son un elemento fundamental de nuestra fe y un signo luminoso de esperanza.” (Pags. 62 y 63)

La primera lectura (Genesis 3, 9-20) nos catapulta al inicio de la creación, a la página reconocida como el “primer evangelio” o el anuncio de la Encarnación del Señor.

Es evidente que se elige este texto por este motivo profético, pero a mí también me sugiere otra realidad.

La Inmaculada Concepción viene interpretada en la definición dogmática como privilegio concedido por la previsión (anticipación) de los méritos de Cristo. Yo entiendo que al abrirse la puerta para una anticipación ¿no será mejor contemplar en esa realidad el sacramento, el símbolo, la enseña de que la acción de Cristo se extiende a toda la historia de la humanidad? La sombra de la cruz de Cristo llega hasta los orígenes del género humano. El Espíritu de Dios está operando la “Encarnación” del Verbo desde el mismo principio de la creación. El Espíritu de Dios ya revoloteaba sobre el caos y las aguas iniciales. El Espíritu de Dios impregna toda la historia y la hace fértil y capaz de Dios. El Espíritu de Dios está presente en la promesa a los Primeros Padres también en el momento más delicado de la ruptura con Dios y su plan. Dios no retira su Espíritu; cambiará su actuación porque ha cambiado el hombre, pero no se le retira y sigue empujando la historia hacia la Encarnación del Hijo de Dios en María, hacia la cruz y la Resurrección y hacia la plenitud en la Segunda Venida.

La Gracia de la Salvación se proyecta también hacia el futuro y su sombra cubre y guía su Iglesia. El Espíritu del Resucitado sigue actuando en su Iglesia. María es también aquí el prototipo del cristiano o cristiana bien revestido de Cristo y ella es la figura de la Iglesia santa e inmaculada. Esa Iglesia que no está en las nubes sino que está formada por hombres y mujeres concretos, como todos y cada uno de  nosotros, y de todos aquellos que nos han precedido en el camino de la fe y que nos sucederán en los siglos venideros hasta que el Señor VENGA.

Hasta aquí la reflexión para el día de hoy.

Pero como no quiero dejar caer en el olvido algunas cosas que he rescatado de lo dicho por el papa San Pablo VI en la “Marialis cultus o sobre el culto mariano” os lo transcribo porque me parece altamente provechoso para nuestro alimento espiritual.

“La misión maternal de la Virgen empuja al Pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a Aquella que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora; por eso el Pueblo de Dios la invoca como Consoladora de los afligidos, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora en el pecado; porque Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado. Y, hay que afirmarlo nuevamente, dicha liberación del pecado es la condición necesaria para toda renovación de las costumbres cristianas.

La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar “los ojos a María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos”. Virtudes sólidas, evangélicas: la fe y la dócil aceptación de la palabra de Dios (cf.  Lc 1, 26-38; 1, 45; 11, 27-28;  Jn 2, 5); la obediencia generosa (cf.  Lc 1, 38); la humildad sencilla (cf.  Lc 1, 48); la caridad solícita (cf.  Lc 1, 39-56); la sabiduría reflexiva (cf.  Lc 1, 29.34; 2, 19. 33. 51); la piedad hacia Dios, pronta al cumplimiento de los deberes religiosos (cf.  Lc 2, 21.22-40.41), agradecida por los bienes recibidos (Lc 1, 46-49), que ofrecen en el templo (Lc 2, 22-24), que ora en la comunidad apostólica (cf.  Act 1, 12-14); la fortaleza en el destierro (cf.  Mt 2, 13-23), en el dolor (cf.  Lc 2, 34-35.49;  Jn 19, 25); la pobreza llevada con dignidad y confianza en el Señor (cf.  Lc 1, 48; 2, 24); el vigilante cuidado hacia el Hijo desde la humildad de la cuna hasta la ignominia de la cruz (cf.  Lc 2, 1-7;  Jn 19, 25-27); la delicadeza provisoria (cf.  Jn 2, 1-11); la pureza virginal (cf.  Mt 1, 18-25;  Lc 1, 26-38); el fuerte y casto amor esponsal. De estas virtudes de la Madre se adornarán los hijos, que con tenaz propósito contemplan sus ejemplos para reproducirlos en la propia vida. Y tal progreso en la virtud aparecerá como consecuencia y fruto maduro de aquella fuerza pastoral que brota del culto tributado a la Virgen.”  Marialis cultus.

Feliz fiesta de la Inmaculada y que nos introduzca de lleno en el tiempo de Adviento.

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