Jesús es el camino que nos lleva a la Vida

Jesús es el camino que nos lleva a la Vida

PASCUA 6º DOMINGO – A

Jesús es el camino que nos lleva a la Vida. La comunidad creyente debe recorrer ese camino si quiere ser fiel a su vocación bautismal; si quiere ser fiel a su fe en Jesús. Pero Jesús no nos deja aherrojados a hacer ese camino por fuerza y sin fuerzas. Él es el camino, que a su vez camina con nosotros o se hace solidario con nosotros regalándonos su misma fuerza, su misma vida, su mismo Espíritu.

El evangelio de hoy lleva a su culmen la revelación de “quién es Jesús” en el evangelio de Juan. Es una página sublime en belleza y en profundidad experiencial de lo que significa creer en Jesús. Desentrañarlo todo es imposible porque trata de las vivencias de la fe. Además se necesitaría un talante místico-vivencial que debió alcanzar san Juan y su comunidad eclesial pero que otros no podemos presumir de haber llegado a esos niveles. Seguimos en “la ronda del castillo” y su “séptima morada” está aún lejana.

1º- “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”; “el que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”. Frases que abren y cierran el evangelio de hoy. Si el domingo pasado decíamos que el ser camino, verdad y vida, finalizaba en la Vida-Amor y que el Amor era la dinámica de toda la vida de Dios y del hombre por participación, de nuevo hoy el núcleo de estas frases es el AMOR mutuo.

El amor a Jesús es condición que lleva a cumplir los mandamientos, como el cumplirlos será el indicativo de ese amor. Pero es el amor el que hace manar la vida haciendo las obras de Dios que son cumplir el mandamiento y los mandamientos. Estos no son carga externa o condición previa para atraer la benevolencia de Dios. Nada que ver. No existe otra condición previa que no sea el mismo amor. Anterior a todo, el “Amor primero” de Dios que suscita nuestro amor por medio de Jesucristo y su Espíritu. Y también por otros medios que al final se integran en ése que es el mediador de todas las cosas. Amor saca amor. Es la frase de Santa Teresa que realiza su verificación en lo que estamos tratando. El amor de Dios suscita nuestro amor y lo suscita regalándonos todo su ser, por medio del Espíritu que se nos da. Y este Espíritu es el que hace mover a nuestro espíritu para reconocer a Dios como Padre y para entregarnos a Él y vivir según él mismo es. Hacemos sus mismas obras.

2º. Jesús pide al Padre para nosotros un nuevo “Paráclito” “Defensor”, “Abogado”, “Valedor”. Este Defensor es el que ayuda en toda circunstancia. Ayuda a mantener vivo el mensaje de Jesús dentro de la comunidad y a dar fuerza a los testigos para que sepan manifestarlo en medio de las vicisitudes de la vida ordinaria. Es el Espíritu de la Verdad. Es el Espíritu verdadero, porque él mismo es Verdad y Vida. Él mismo es el Amor que opera en Dios. Por eso es protector fuerte y seguro. Trabaja desde la interioridad misma, desde el mismo motor de la persona que es nuestro amor, nuestra mente, nuestra voluntad.

3º- “No os dejaré desamparados”. Jesús prepara a los suyos para su ausencia. Se aproxima su muerte. Se va a ir al Padre. No va a seguir el itinerario de los suyos por ésta vida, porque la muerte truncará esa presencia. Pero les avisa que su muerte no generará ausencia sino que su presencia será más profunda e íntima. Él estará siempre con los suyos, o con nosotros. Él sigue viviendo. ÉL ES EL VIVIENTE.

4º- “Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros”.

Ese “entonces” es ya ahora, en estos momentos en que Jesús ya ha subido al Padre. Es el tiempo de la iglesia. Ese “saber” es experiencial; es experiencia vital; es un saber que tiene “sabor” porque se paladea en la vida misma, en la interioridad de mi persona; no es fruto de un raciocinio sino de un encuentro amoroso.

Nos encontramos en uno de los puntos nodales de la revelación de este evangelio: la “identificación” entre el Padre y el Hijo; entre el Hijo y nosotros; entre nosotros y el Padre. Y todo ello en virtud del Espíritu Santo que se nos ha dado.

Es el Espíritu que se nos ha dado que procede del Padre y que nos lo entrega el Hijo,  el que nos lleva a descubrir que el Padre y el Hijo “son uno”. Entre ellos hay una comunión de vida total y por eso las Obras del Hijo lo son también del Padre y quien ve al Hijo, ve también al Padre. El que acoge al Hijo, acoge también al Padre y el que cree en el Hijo, cree también en el Padre. Pero la identificación pasa también a los creyentes en el Hijo, a los seguidores de Jesús. Ellos (nosotros) por el Espíritu que se nos ha dado, somos hijos del Padre en su Hijo Jesucristo. Hijos en el Hijo. Tenemos su misma vida. Ese Espíritu que hemos recibido del Padre es el que nos lleva a hacer las Obras que el Padre quiere.

Esta realidad no es una entelequia de iniciados. Es la misma vida y es lo que se  pone de manifiesto en la primera comunidad de creyentes. En su carta, San Pedro, nos dice que hemos de glorificar a Cristo y estar dispuestos para dar razón de nuestra esperanza.

Dar razón de nuestra esperanza será en primer lugar con nuestras obras; haciendo las obras del Padre; las mismas obras que realizó Jesús. Son obras que refrendan nuestra fraternidad hacia dentro de la comunidad (tener todo en común) y hacia fuera de la comunidad porque estamos en el mundo como quien sirve. Dar razón de nuestra esperanza son obras y no buenas razones. Seremos juzgados por el Amor y desde el amor vivido hacia nuestros hermanos.

Nuestro testimonio no puede ser impositivo o forzado. Debe ser manifestativo, desde una situación de igualdad y desde el servicio y la entrega a los demás. No cabe la violencia bruta sino el respeto y la paciencia o la espera de que los tiempos lleven a conversión.

Nuestro testimonio de vida como creyentes y como comunidad eclesial debería impactar y llamar la atención. La iglesia creció porque los demás “veían como se amaban” entre ellos los creyentes en Jesús y eso llevaba a la conversión a mucha gente. Hoy flaqueamos de este testimonio. Y el testimonio no se da porque nos falta el arranque del que hoy hemos hablado: el arranque es ese AMOR que se nos ha dado pero que no dejamos que prenda en nosotros. Si lo dejamos que nos inflame, a lo mejor perdemos nuestras seguridades y preferimos mantenerlo tenue y que no estorbe demasiado.

Dejemos que el Espíritu nos incendie y abrase en el Amor y seremos luz que contagie e inunde el mundo. Nos preparamos para la fiesta de Pentecostés. Que sea una eclosión del Espíritu de Dios en nuestros corazones.

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Gonzalo Arnaiz Alvarez scj
garnaiz@scj.es
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