Pascua de Navidad

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Pascua de Navidad

La NAVIDAD es la gran fiesta para contemplar las maravillas de Dios en favor de los hombres. Digamos que con la Navidad se abre la Pascua o paso definitivo de Dios en nuestra historia humana que a la vez se conjuga como historia de la Salvación. Dios se hace hombre; aterriza en nuestro mundo y lo hace para no deshacerse nunca más de su ser hombre como nosotros. Dios se hace hombre enviándonos a su Hijo Único.

Dediquemos este día a la contemplación de este gran misterio de la Encarnación y también al agradecimiento por el gran amor que Dios ha tenido con nosotros.

El Papa Francisco ha escrito recientemente una carta sobre el “belén” para invitarnos a cultivar esta tradición y a la vez explica o medita algunos aspectos que le parece emanan del belén.  Aprovecho sus palabras para acercarnos a la cueva de Belén y contemplar a través de sus figuras el misterio que hoy celebramos.

Les dejo con sus palabras.

“Poco a poco, el belén nos lleva a la gruta, donde encontramos las figuras de María y de José.

María es una madre que contempla a su hijo y lo muestra a cuantos vienen a visitarlo. Su imagen hace pensar en el gran misterio que ha envuelto a esta joven cuando Dios ha llamado a la puerta de su corazón inmaculado. Ante el anuncio del ángel, que le pedía que fuera la madre de Dios,

María respondió con obediencia plena y total. Sus palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), son para todos nosotros el testimonio del abandono en la fe a la voluntad de Dios. Con aquel “sí”, María se convertía en la madre del Hijo de Dios sin  perder su virginidad, antes bien consagrándola gracias a Él. Vemos en ella a la Madre de Dios que no tiene a su Hijo sólo para sí misma, sino que pide a todos que obedezcan a su palabra y la pongan en práctica (cf. Jn 2,5).

Junto a María, en una actitud de protección del Niño y de su madre, está san José. Por lo general, se representa con el bastón en la mano y, a veces, también sosteniendo una lámpara. San José juega un papel muy importante en la vida de Jesús y de María. Él es el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia. Cuando Dios le advirtió de la amenaza de Herodes, no dudó en ponerse en camino y emigrar a Egipto (cf. Mt 2,13-15). Y una vez pasado el peligro, trajo a la familia de vuelta a Nazaret, donde fue el primer educador de Jesús niño y adolescente. José llevaba en su corazón el gran misterio que envolvía a Jesús y a María su esposa, y como hombre justo confió siempre en la voluntad de Dios y la puso en práctica.

El corazón del pesebre comienza a palpitar cuando, en Navidad, colocamos la imagen del Niño

Jesús. Dios se presenta así, en un niño, para ser recibido en nuestros brazos. En la debilidad y en la fragilidad esconde su poder que todo lo crea y transforma. Parece imposible, pero es así: en

Jesús, Dios ha sido un niño y en esta condición ha querido revelar la grandeza de su amor, que se manifiesta en la sonrisa y en el tender sus manos hacia todos.

El nacimiento de un niño suscita alegría y asombro, porque nos pone ante el gran misterio de la vida. Viendo brillar los ojos de los jóvenes esposos ante su hijo recién nacido, entendemos los sentimientos de María y José que, mirando al niño Jesús, percibían la presencia de Dios en sus vidas.

«La Vida se hizo visible» (1Jn 1,2); así el apóstol Juan resume el misterio de la encarnación. El belén nos hace ver, nos hace tocar este acontecimiento único y extraordinario que ha cambiado el curso de la historia, y a partir del cual también se ordena la numeración de los años, antes y después del nacimiento de Cristo.

El modo de actuar de Dios casi aturde, porque parece imposible que Él renuncie a su gloria para hacerse hombre como nosotros. Qué sorpresa ver a Dios que asume nuestros propios comportamientos: duerme, toma la leche de su madre, llora y juega como todos los niños. Como siempre, Dios desconcierta, es impredecible, continuamente va más allá de nuestros esquemas.

Así, pues, el pesebre, mientras nos muestra a Dios tal y como ha venido al mundo, nos invita a pensar en nuestra vida injertada en la de Dios; nos invita a ser discípulos suyos si queremos alcanzar el sentido último de la vida”.

Ciertamente el modo de actuar de Dios es fruto de una locura de Amor. No se puede entender si no es porque Dios es AMOR y lo manifiesta continuamente.

Os deseo a todos una FELIZ PASCUA DE NAVIDAD con octava incluida.

P. Gonzalo Arnáiz

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