Nico Dal Molin
La quinta monografía de 2023 de la revista Presbyteri estuvo dedicada a uno de los temas más planteados durante el pontificado de Francisco: el clericalismo. No hay duda, de hecho, de que «en la vida eclesial todavía permanecen formas de gestión del poder que no se fundamentan en el mandato evangélico, sino que más bien manifiestan elementos problemáticos, irrespetuosos de las personas, de la dignidad bautismal común y de una correcta interpretación del ministerio». La monografía, cuyo editorial recuperamos a continuación, «se interroga sobre estos fenómenos para analizar sus raíces y manifestaciones e indicar los antídotos, que ya existen en la Iglesia pero necesitan una nueva conciencia y realización».
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Si a alguien, entre los lectores de Presbyteri, le surgiera la curiosidad de encontrar alguna información rápida sobre el tema del «clericalismo», no tiene más que «googlear» esta palabra. Se encontrará ante una serie interminable de artículos, reflexiones y comentarios, algunos apropiados y documentados, otros bastante aproximados y a veces incluso muy viscerales. Como suele suceder, la cantidad puede ir en detrimento de la calidad. En cualquier caso, este es un tema que sigue siendo objeto de gran interés y debate, sobre todo en los años del pontificado del papa Francisco.
Entre paréntesis, me disculpo por haber usado la expresión «googlear», quizá menos familiar para nosotros, pero sabemos que hoy en día «buscar en Google» se ha convertido en sinónimo de «buscar en Internet» información sobre cualquier tema. Y paciencia si la conjugación de este verbo resulta un poco torpe. Escribía Beppe Severgnini en el Corriere della Sera: «No hay que sorprenderse. Cada nuevo instrumento ha creado sus propios vocablos. Al principio sorprenden, luego uno se acostumbra» [1].
Una palabra clave
Creo que la palabra clericalismo podría entrar con pleno derecho en el «top ten» del papa Francisco, que la ha usado realmente mucho.
Daniele Menozzi, historiador de las religiones y profesor de Historia Contemporánea en la Escuela Normal Superior de Pisa, ha señalado que en los siete años de pontificado del papa Benedicto XVI el término clericalismo fue usado una sola vez, el 10 de junio de 2010, con ocasión de un encuentro internacional de presbíteros con el papa Ratzinger.
En cambio, el papa Francisco, en el período que va de marzo de 2013 a marzo de 2020, ha utilizado esta expresión nada menos que 55 veces [2]. Por este motivo, hay quienes la consideran un término clave que define una de las trayectorias significativas del camino eclesial propuesto por el papa Francisco.
En la Misa Crismal del Jueves Santo de 2019 (18 de abril), comentando el texto del Evangelio (Lc 4,16-21), que relata el inicio del ministerio de Jesús, el papa Francisco dice:
«El Evangelio de Lucas, que acabamos de escuchar, nos hace revivir la emoción de aquel momento en que el Señor hace suya la profecía de Isaías, leyéndola solemnemente en medio de su gente. La sinagoga de Nazaret estaba llena de familiares, vecinos, conocidos, amigos… y no tan amigos. Y todos tenían los ojos fijos en Él.
Podemos imaginar también nosotros la escena: son instantes de silencio y de respiración contenida por parte de los nazarenos. La de Nazaret es gente sencilla que se ve sorprendida ante la audacia de Jesús. El mismo Evangelio nos deja entrever cómo todos estaban más atentos a la persona que leía el texto de Isaías que a la palabra que se proclamaba».
Y luego el papa añade:
«Dice Lucas que las multitudes “lo buscaban” (Lc 4,42) y “lo seguían” (Lc 14,25), lo “apretaban”, lo “rodeaban” (cf. Lc 8,42-45) y “acudían en gran número para escucharlo” (Lc 5,15). Este seguir de la gente va más allá de cualquier cálculo; es un seguimiento sin condiciones, lleno de afecto. Contrasta con la mezquindad de los discípulos, cuya actitud hacia la gente roza la crueldad cuando sugieren al Señor que los despida para que busquen algo de comer. Aquí —yo creo— comenzó el clericalismo: en querer asegurarse la comida y la propia comodidad desentendiéndose de la gente. El Señor cortó de raíz esta tentación. “Dadles vosotros de comer”, fue la respuesta de Jesús: “¡Haceos cargo de la gente!”».
Clericalismo = desinterés por las personas
El clericalismo comienza cuando uno se desentiende de las personas. Esta es la intuición y la provocación directa de Francisco.
Cómo no recordar las páginas proféticas de Antonio Rosmini en el libro De las cinco llagas de la santa Iglesia [3].
Rosmini analizaba los males que pesaban sobre la Iglesia de su tiempo y enumeraba principalmente cinco, tantas como las llagas de Jesús crucificado: 1) la división del pueblo respecto del clero en el culto público; 2) la insuficiente formación del clero; 3) la desunión de los obispos; 4) el nombramiento de los obispos abandonado al poder temporal; 5) el sometimiento de los bienes de la Iglesia al poder político.
Es el clericalismo el que mantiene aún sangrante la primera llaga: la división del pueblo de Dios respecto del clero.
El clericalismo, en efecto, es una actitud de distancia y superioridad —como afirmaba el papa Francisco— frente al pueblo de Dios. Vale la pena recordar que también los laicos pueden incurrir en actitudes típicas del clericalismo, cuando faltan a su papel de cristianos testigos de Cristo y delegan todo en los sacerdotes, como si la Iglesia fuera «cosa suya» y no la comunidad a la que todos pertenecemos.
En una carta suya de 2016, el papa Francisco explicaba que «el clericalismo no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que también tiende a disminuir y subestimar la gracia bautismal que el Espíritu Santo ha puesto en el corazón de nuestra gente. El clericalismo lleva a una homologación del laicado (…) y olvida que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenecen a todo el pueblo de Dios (cf. Lumen gentium, nn. 9-14), y no solo a unos pocos elegidos e iluminados» [4].
En la gracia del servicio… la curación
No se trata de disminuir el papel de los presbíteros, sino de seguir las palabras de Jesús a los apóstoles: «El que quiera hacerse grande entre ustedes será su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes será su esclavo. Como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,26-28).
Hoy, hablar de una Iglesia en salida, misionera y sinodal significa ante todo reafirmar que la Iglesia, por su propia naturaleza, debe estar descentralizada y no ser autorreferencial.
Por lo tanto, toda actitud de autorreferencialidad, a veces incluso sutilmente narcisista, no debería en ningún modo caracterizar el estilo de vida de un pastor de la comunidad cristiana.
No debería… porque lamentablemente no siempre sucede así.
¿Qué sentido puede tener la comunidad de los creyentes en Cristo si pierde la conciencia de estar al servicio de nuestro mundo, en la concreción de lo que es y no de lo que se podría desear? ¿Ciertos modos de hablar, a menudo quejumbrosos o unilateralmente críticos respecto a lo que se vive en la actualidad, no pueden ser la representación de una Iglesia —y quizá también de un presbiterio— todavía demasiado autorreferenciales? Es fácil y también es hermoso repetir que la Iglesia está en salida misionera, que vive un estilo sinodal y ministerial, pero es mucho más difícil sacar las consecuencias e iniciar esos caminos de conversión que ello exige.
Con el estilo de Jesús
Es esencial reapropiarse del estilo de Jesús, que caminaba con la gente mucho antes de que la gran Iglesia anatolia inventara la palabra «sínodo», que, como se sigue repitiendo de modo un poco retórico, significa «caminar juntos». Dice don Giuliano Zanchi: «La escena originaria de la Revelación de Dios en Jesús tiene precisamente esta forma. Treinta años de silenciosa permanencia en los fundamentos de las realidades humanas (la vida de Nazaret), y luego un estar en la calle, inmerso en una compañía variada, que no está formada solo por discípulos, sino también por las multitudes» [5].
Es retomar y puntualizar lo que el papa Francisco propuso en la Misa Crismal del Jueves Santo de 2019.
El antídoto de la escucha
En las ruinas de un anfiteatro, situado cerca de una ciudad no especificada, vive Momo, una niña de origen misterioso. Momo llegó a las ruinas sin sus padres y vistiendo un largo abrigo de segunda mano. Es analfabeta, no sabe contar y ni siquiera sabe cuántos años tiene: cuando le preguntan, responde «Si recuerdo bien, siempre he estado aquí». Sin embargo, es muy conocida y buscada en el vecindario porque tiene la extraordinaria habilidad de saber escuchar, y escuchar de verdad: le basta estar con las personas y escucharlas para ayudarlas a encontrar respuestas a sus problemas y reconciliarse entre sí.
Hay una interesante novela del escritor alemán Michael Ende; su título es Momo.
Escribe Michael Ende: «Lo que la pequeña Momo sabía hacer como nadie era precisamente esto: escuchar. Nada extraordinario, dirá más de un lector, cualquiera sabe escuchar. Pues bien, es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad. Y como sabía escuchar Momo era algo absolutamente único. Momo sabía escuchar de tal modo que a los tontos, de repente, se les ocurrían ideas muy inteligentes. Sabía escuchar tan bien que los desorientados o indecisos comprendían de pronto lo que querían. O los cobardes se sentían, de repente, libres y llenos de valor» [6].
La escucha es el camino infalible para aprender a descentralizarse, para ir más allá de la barrera de la propia autorreferencialidad, para aprender a cuidar del otro, con respeto y profunda discreción. Cuando quien te escucha deja de lado su propio yo y se convierte en seno que acoge, entonces es como si fueras tú quien se escucha a sí mismo y dentro de ti se formula la respuesta. La acogida de la escucha pone en condiciones de volver a afrontar los problemas de la propia vida con un ánimo diferente. Es esencial que la dimensión de la escucha vuelva a ser no «una parte» sino «la parte» prioritaria del propio ministerio y de la propia diaconía.
Etty Hillesum, la escritora neerlandesa de origen judío que murió en Auschwitz el 30 de noviembre de 1943, en su Diario, hablando del deseo de conocer países y personas, escribe: «Debería aprender lenguas… Y luego escuchar, escuchar por todas partes, escuchar profundamente a los seres y a las cosas. Y amar…» [7].
La escucha es la expresión natural del amor y es el antídoto más eficaz contra el clericalismo.
El modelo de referencia es el Señor Jesús, tal como lo describe san Pablo en el himno cristológico de la carta a los Filipenses: «Él, siendo de condición divina, no consideró un privilegio el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres» (Flp 2,6-7).
San Pablo VI describe el tiempo de la escucha como un espacio en el que «el hombre es recuperado para sí mismo».
Recuperados para nosotros mismos… para ser profundamente humanos y gozosamente discípulos del Señor, cercanos a Dios y cercanos a la gente.
[1] B. Severgnini, Corriere della sera, 18 de octubre de 2007, 42.
[2] D. Menozzi, «Francesco-Clericalismo: storia di una parola», Il Regno – Attualità, 8/2020, 15/04/2020, 233.
[3] A. Rosmini, Delle cinque piaghe della santa Chiesa, a cura di A. Valle, Città Nuova, Roma 1999. La redacción del texto se remonta al período comprendido entre noviembre de 1832 y marzo de 1833; fue puesto en el Índice por razones políticas en 1849; fue rehabilitado solo con el Concilio Vaticano II.
[4] Carta del Santo Padre Francisco al cardenal Marc Ouellet, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, 19 de marzo de 2016.
[5] G. Zanchi, Lo stile di Gesù e il ministero della Chiesa, meditación propuesta en la catedral de San Pedro de Bolonia el 18 de mayo de 2023.
[6] M. Ende, Momo, traducción de D. Angeleri, Longanesi, Milano 1993.
[7] E. Hillesum, Diario 1941-1943, editado por J. G. Garlaandt, traducido por C. Passanti, Adelphi, Milano 1996.