P. Ángel Alindado Hernández, scj.
En Meribá y Masá Moisés, tras golpear la roca por indicación de Dios, hizo brotar agua para salvar al pueblo: una salvación que tenía mucho más de espiritual que física. El pueblo de Israel, acobardado por las dificultades tras la salida apresurada de Egipto, había caído en la desesperación y la duda. Se había asentado en ellos el cuestionamiento de la presencia de Dios a su lado y esa situación les había hecho desconfiar de la promesa realizada por el Señor. La lejanía que habían establecido con Dios había tomado forma en una de esas preguntas que minan relaciones y perpetúan distancias: “¿Está el Señor entre nosotros o no?” (Éxodo 17, 7).
Siglos más tarde la misma pregunta, seguramente, latía en el corazón de la mujer que copa el centro de la escena evangélica y hacía, para ella, incomprensible que Dios se mostrara cercano y presente en su vida. Ella, asentada en la heterodoxia de una fe vivida de otro modo en Samaría y en el margen de la sociedad en que discurrían su existencia y que le hacía huir del encuentro con otras mujeres yendo a buscar agua al mediodía, cuando ninguna lo hacía, contempla cómo un auténtico profeta, como ella misma reconoce, establece un diálogo con ella. Es probable que la pregunta de los israelitas sí se hiciera presente en su diálogo interior: ¿cómo ella, siendo samaritana, podía experimentar un diálogo profundo, revelador, con verdad y confianza, con Dios? ¿Era digna de descubrir al Señor entre sus días?
Sin embargo, la ternura y misericordia de Dios inundan el relato: la paciencia del Maestro, que a través de preguntas y respuestas hace caer en la cuenta a la mujer de su naturaleza; la promesa de un agua que saciará plenamente la sed; la confirmación respetuosa de la irregularidad de la vida de la samaritana. Todo nos habla de cómo Jesús actúa con la oveja descarriada, la moneda perdida, el hijo pródigo, la hija pródiga, que vuelve a casa con sinceridad y arrepentimiento.
Junto a ello, la mujer, haciéndose consciente de que Dios está “entre nosotros” corre a dar testimonio a los suyos de una presencia que trastoca, descoloca y, cuanto menos, asienta en su corazón la duda sobre si este “será el Mesías” (cf. Lucas 4, 29).
A nosotros, que también dudamos en ocasiones -o muchas veces- de si Dios está a nuestro lado (como los israelitas en el desierto), de si la fe sacia nuestra sed o no (como la samaritana), del testimonio de los otros hasta que no comprobamos por nosotros mismos (como una parte de los samaritanos ante el testimonio de la mujer), el Señor también nos pide y nos da: nos pide dar agua, servir para saciar la sed y el hambre de nuestro mundo; nos da su Palabra que desnuda nuestras mentiras, abriga nuestra desnudez, desvela la verdad en nosotros. ¿Seremos capaces de anunciar tanto amor de Dios con nosotros? ¿Actuaremos como la mujer samaritana reconociendo nuestro error ante los demás?
Termino. Ante la dificultad que encontraremos en este anuncio, Dios se derrama “en nuestros corazones” con el Espíritu. A Él confiemos nuestra vida, llamada a descubrir, en medio del desierto cuaresmal, el Agua que salta hasta la vida eterna y que sacia nuestra necesidad de plenitud.