Dehonianos

Año litúrgico 2025 – 2026 – (Ciclo A)

¿Quién lo iba a imaginar? La primera voz que llega desde la Palabra en este día de Pascua es, precisamente, la del apóstol Pedro. Durante la semana que acabamos de celebrar pudimos seguirlo de cerca. Ya él venía dando señales de que aquellos no iban a ser los mejores días de su vida. Hacía tiempo que había delatado su escaso entusiasmo y sus muchos temores ante la decisión de Jesús de subir a Jerusalén. De hecho, una vez allí no logró sintonizar con lo que el Maestro estaba viviendo. En los momentos más intensos que Jesús compartió con los suyos, Pedro parecía distraído, ensimismado. Durante la Última Cena no le resultó fácil asimilar lo que el Señor quiso enseñar a los discípulos. En esa misma noche, además, acabó vencido por el sueño, la indignación y, sobre todo, por el miedo.

Hoy, sin embargo, el pescador de Galilea se proclama testigo. Aunque le llevó tiempo, Pedro da una respuesta a la sentencia apresurada que formuló el sumo sacerdote después que Jesús reconoció ser el Hijo de Dios: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?» (Mt 26,65). En esta mañana de Gloria, Pedro dice que sí, que hacen falta testigos. O por decirlo con la palabra griega para “testigo”: se necesitan “mártires”, hombres y mujeres dispuestos a que sus vidas sean transformadas en eco vivo de la victoria de Jesús en lo cotidiano. Pedro lo asumió así, y con él la comunidad que lo acompañaba. A la luz del Espíritu, cada uno de ellos se fue dejando rehacer desde la memoria agradecida y celebrada de Jesús: sus palabras, sus acciones, su camino y sus momentos de intimidad con el Padre.

Todo inició en una mañana de carreras. Maria Magdalena, al encontrar vacío el sepulcro donde habían dejado el cuerpo de Jesus, se apresuró a denunciarlo ante Pedro y un discípulo, explicándolo como si hubiera sido un robo. Ellos, por su parte, corrieron y cuando entraron en la tumba tampoco lo encontraron. Sin embargo, de aquella oquedad, como si se tratase de un útero excavado en la piedra, Pedro y el discípulo salieron con vida nueva. Cruzando aquel umbral entre la muerte y la vida, viendo lo poco que allí había, entendieron que el Señor había resucitado.

La Pascua es el tiempo propicio para aprender a ver, como Pedro y el discípulo. Tal vez ya ambos daban vueltas a todo aquel asunto mientras corrían hacia el sepulcro preguntándose qué pudo haber pasado. Así, durante este tiempo de gozo que iniciamos en la Vigilia Pascual, estamos invitados, no tanto a correr, pero sí a entender juntos lo que ha pasado, lo que Jesús había dicho y lo que el Padre ha hecho.

Hace unas semanas, se realizó el maratón anual de la ciudad de Roma. Entre los miles de corredores hubo dos muy particulares: un cardenal de la Iglesia, arzobispo de Argel, y un amigo suyo, musulmán y enfermo de cáncer. Ambos corrieron, hasta el final. Lo que más les movía no era tanto ganar la carrera, sino cruzar juntos la meta. Consciente del esfuerzo que esto requiere, el cardenal había declarado: “En algún momento de la carrera, nos fallarán las fuerzas y tendremos que dar un salto de fe, yendo más allá de nuestra propia fuerza. Esto es difícil. Pero es precisamente en este punto cuando podemos buscar más profundamente dentro de nosotros el sentido, y quizá sea un momento de oración”.

Que así sea nuestra Pascua. Tiempo de búsqueda y encuentro con el Resucitado, dispuestos a compartir con todos el camino y la misión de cruzar la meta que aleja del odio, la violencia, la indiferencia – especialmente hacia quienes más sufren –   y de toda arrogancia que dificulta el reconocernos discípulos amados en el corazón del Padre.