Dehonianos

Homilía del V Domingo de Cuaresma – ciclo A

P. Ángel Alindado Hernández, scj.

El descanso

Betania era un lugar de descanso. Suponemos a Jesús, en diversas ocasiones, reposando del cansancio de su misión junto a sus amigos. No sabemos qué les une, su historia personal con el maestro, sus conversaciones precedentes o el porqué de tres hermanos viviendo juntos en una misma casa. Pero sí sabemos que la relación entre ellos con Jesús era de amistad sincera, cercanía y confianza, a la luz de los momentos en que la casa de los hermanos aparece en los evangelios.


Es en este lugar donde el ambiente, tras la muerte de Lázaro, se enturbia: una petición, un retraso y una llegada inesperada nublan el corazón de Marta y, aunque en silencio, seguramente también el de María, en una aparente contradicción entre la vivencia de Jesús con ellos, su cariño, y lo recibido a cambio.

El reproche

Es en este momento donde se suceden los reproches. Primero el de Marta, que vierte al Maestro lo que todos piensan: “Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”. Es curioso que la primera afirmación sobre Lázaro en el texto del evangelio que hemos escuchado sea “el que tú amas”, resaltando la estrecha relación entre ambos. Ahora pareciera que la relación ha sido rota. El reproche también despunta en las palabras de algunos de los presentes: si después de todo lo que hemos presenciado (como la curación del ciego de nacimiento que protagonizó el evangelio del anterior domingo), “¿no podría haber impedido que este muriera?”. Y, de nuevo, una mayor lejanía. Ya no es ni tan siquiera “mi hermano”. Ahora es “este”, como si la relación y distancia con Jesús fuera total.


El contexto, sin embargo, deja espacio al diálogo sincero, a la revelación de quién es Jesús. Y empiezan a deslizarse palabras y afirmaciones: la resurrección, la vida, Cristo, el esperado, la gloria de Dios.

La esperanza

La esperanza, así, se abre camino en medio de la oscuridad. De fondo asistimos a un diálogo catequético sobre la fe. Sobre nuestra fe. Ante las razones que nos llevan al luto y al llanto nos encontramos con aquellas que nos conducen al milagro incomprensible de la vida. “¿Crees esto?” le pregunta Jesús a Marta y, en su pregunta, también aquella que tiene que ver con nuestra vinculación con Él.


La gloria de Dios aparece en forma de oración, invocación, grito y un gesto: el de desatar la vida de Lázaro, hasta ahora encerrada en el sepulcro de la frustración y la falta de comprensión real de lo vivido con Jesús.


En toda la escena ha habido una ausente: María. Una vez más, dedicada a lo que otros no dedican tiempo. Seguramente era lo importante: tanto como para que el evangelio termine afirmando que la casa, aquella donde Jesús retomaba fuerzas, era la “casa de María”. Tal vez la casa del silencio, de la acogida del misterio a pesar de lo mucho sin atar del mismo, de la oración confiada, de la esperanza callada.