Dehonianos

12 de abril de 2026 – Ciclo A

¡Qué compañeros los de Tomás! A pesar de la resistencia que les mostró para creer lo de «Hemos visto al Señor», supieron manejar la situación. Lo hicieron con una madurez sorprendente. Guardaron silencio. No cayeron en el común “pues allá tú”, ni en el contundente “¡te vas!”. Bien al contrario, como si formaran una incubadora atenta a la vida del más frágil, lo mantuvieron entre ellos.


Tal vez lo hicieron porque la actitud de Tomás removió en cada uno recuerdos recientes que les avergonzaban: no haber dado crédito al anuncio que trajeron las mujeres en la mañana de Pascua; no haber creído a Jesús cuando dijo que resucitaría tres días después de su muerte. Uno de ellos, en particular, es posible que incluso llegara a recordar su propia arrogancia al no creer que lo dicho por el maestro se cumpliría: “…me negarás tres veces” (Mt 26,34).


En fin, eran conscientes de que “creer” no era lo que más les había caracterizado como seguidores del Señor. ¿A caso no lo habían reconocido ya los apóstoles cuando en el camino le pidieron: “Aumenta nuestra fe”? (Lc 17,5).


Si la comunidad mantuvo a Tomás en su seno, fue porque cada quien sabía de sus propias limitaciones, e incluso de sus errores. Ninguno se atrevió a erigirse juez del otro. Pero confiaban, eso sí, en la bondad misericordiosa que Jesús les había mostrado más de una vez, tanto a ellos como a otras muchas gentes. Hoy nuevamente vuelven a vivir la misericordia entrañable del Maestro. Primero los que ya estaban reunidos y luego, a cámara lenta, Tomás.


Unos y otros entendieron que la paz no estaba en mantener las puertas cerradas, que tan solo aíslan y condensan miedosos. La verdadera Paz, la que tanto anhelamos, solo la ofrece la presencia viva, aceptada con gozo humilde y sorprendido, de quien muestra su costado abierto y las heridas de la muerte vencidas en su cuerpo.


Resucitado, Jesús genera así en los suyos “una esperanza viva” (1Pe 1,3) que posibilita seguir tras Él como discípulos atentos y agradecidos. Esta es la Iglesia que se reconoce convocada, reparada y enviada por el Señor, no para señalar un modelo definitivo de comunidad, sino para testimoniar que, desde la Palabra y la cercanía con el cuerpo y la sangre del Señor, es posible una fraternidad creíble, sin fronteras, que dé un rostro vivo a la paz, esa misma por la que siguen clamando tantos pueblos.