Dehonianos

P. Ángel Alindado Hernández, scj.

Homilía en el IV Domingo de Cuaresma – ciclo A

Permitidme ante todo recordaros brevemente nuestro objetivo. Demasiadas personas malentienden este punto e imaginan que no tenemos otra intención que la de hacer jugar honestamente a algunos chicos el domingo. Nosotros miramos más allá. Nuestro objetivo es la salvación de la sociedad a través de la asociación cristiana” (Juan León Dehon, NHV 11/97).

“Nosotros miramos más allá”. Dehon, en el contexto de una sociedad marcada por el abandono de la juventud y la infancia, y la reducción de la validez de unos y otros por su capacidad de trabajo y, por tanto, de su posibilidad de generación de recursos económicos, conecta de modo admirable su obra con el movimiento que nace de la mirada de misericordia y profunda del mismo Dios. Mirar “más allá” es saber ver, en medio de nuestro mundo, los destellos de Dios en él, la suave brisa que nos habla de una presencia que supera toda capacidad, el susurro del Espíritu que elige por encima de nuestras valoraciones sociales, económicas, competenciales o de apariencia. Mirar “más allá” es otorgar dignidad a quienes nuestra dinámica social excluye o arrincona, ningunea o descarta, al aplicar sobre ellos categorías como la eficacia, la productividad, la capacidad de sumar. Mirar “más allá” es saber ver en el pequeño y rechazado el rostro provocador de Cristo que, en cada tiempo y lugar, se muestra escondido a los no avezados en los modos de actuar de Dios, siempre sorprendente, desconcertante, desestabilizador.

En la Palabra de Dios hoy proclamada, descubrimos la mirada “más allá” de lo esperado en la curiosa escena de la búsqueda de un nuevo rey ungido por Dios por parte de Samuel. El diálogo con Jesé desgrana la confrontación existente entre las propias esperanzas, los sueños sobre los nuestros, el deseo de imponer nuestros criterios y la fijación del Señor en los que suelen pasar desapercibidos, porque “el Señor mira el corazón” (1 Samuel 16, 7) y no a los ojos como hacemos nosotros.

Esta misma mirada “más allá” se encuentra en el trasfondo del Evangelio. La condena social a un hombre, ciego de nacimiento, y a ojos de los judíos pecador (él, sus padres…) solo es sanada por la intervención milagrosa de Jesús que le devuelve la vista y, con ella, la vida y su dignidad. Sin embargo, la incredulidad de la gente que rodea la escena, las insidiosas preguntas y conversaciones, tratan de nublar de nuevo el futuro de aquel hombre que ha descubierto la luz, la vida, la salvación. El reconocimiento que hace posteriormente de Aquel que le ha devuelto la vista es una de las más bellas confesiones de fe que se encuentran en la Biblia: de la convicción en que el que le ha devuelto la vista es un profeta (curiosamente la misma convicción que tuvo la Samaritana tras el diálogo con Jesús y que escuchábamos el domingo anterior), pasa a un reconocimiento del Hijo del Hombre y a creer “en Él”, en un progreso espiritual y catequético precioso. Las obras le llevan al encuentro y el encuentro a la confesión de fe “en” Aquel que ha sido para él Luz.

En nosotros está discernir dónde nos situamos: si somos de los que nos quedamos en lo externo y superficial o miramos “más allá” de lo aparente, lo establecido, lo esperado; si juzgamos y nos negamos a reconocer en los otros la luz depositada por Dios; si confesamos nuestra fe en la convicción de la salvación recibida o nos quedamos mirando al dedo que apunta a la luna y no a la luna; si somos “tinieblas” o somos “luz por el Señor” (Efesios 5, 8).

Termino. A Dehon, mirar “más allá” de lo aparente le permitía acercar a la sociedad a la esfera de la salvación por parte de Dios. Nosotros, cristianos, dehonianos, estamos llamados a iluminar la vida de aquellos con los que compartimos sufrimientos y esperanzas, sabedores de que su vida, a ojos de Dios, es preciosa. Que nuestra confesión de fe, “creo, Señor”, se traduzca en compromiso con aquellos que habitan en las orillas de nuestro mundo, y nos despierte del sueño y la modorra (cf. Efesios 5, 14) en que a veces, consciente o inconscientemente, deambulamos.