Jueves Santo
El sentido del día gira en torno a dos momentos fundamentales que la liturgia se ha encargado de aunar con especial belleza y sencillez: se recoge la tradición de la Última Cena de Jesús como celebración de la cena pascual, cuyo relato escucharemos en la primera y segunda lectura, y el gesto del lavatorio de los pies que nos transmite el relato joánico.
Comencemos por este último, gesto profético del Señor estando ya con sus discípulos a la mesa. Se trata de una de las últimas lecciones del Maestro, que está enseñando a sus seguidores como se conjuga el verbo amar en todas sus formas. Jesús nos transmite un amor concreto, real, hecho servicio.
En la cultura mediterránea lavar los pies es tarea de los servidores y el Señor se lo apropia con una naturalidad espasmosa que no dejó indiferentes a los suyos. Así nos está mostrando cual es la lógica de quien quiere seguirle y como debe presentarse ante el mundo: no mirando por encima del hombro, en una posición de superioridad, sino a la altura de los pies, ocupando el lugar de los pobres. Cristo es modelo e icono de una autoridad que se transforma en servicio humilde, real, encarnado.
El segundo momento es la Cena que no es más que el anticipo ritual de lo que ocurrirá pocas horas después. Muchas veces se sentó Jesús con diversas personas a la mesa, pero esta cena marcó profundamente la experiencia de quienes la presenciaron, no por la fuerza de sus palabras, sino por la coherencia entre lo dicho y lo ocurrido: pan partido que es cuerpo entregado, cáliz de la alianza que recoge la sangre derramada.
El Señor termina con el encargo del memorial, una categoría que supera el recuerdo: se convierte en actualización de una experiencia salvadora siempre presente que recoge pasado, presente y futuro, extendiéndose hasta el fin de los tiempos.
Este recuerdo nos viene de la mano de San Pablo que recoge la tradición más antigua de la Eucaristía: “yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os transmito”, sumergiéndonos en una concatenación ininterrumpida que, desde esa experiencia de banquete, dotada de pleno sentido en el sacrificio del Calvario, y llena de vida con la Resurrección, continuamos celebrando.
En este banquete sacrificial volvemos a recibir un amor entregado, hecho ahora presencia discreta que nos invita a romper con las lógicas de nuestra sociedad, sabiendo que la Eucaristía corre el peligro, siempre antiguo y siempre nuevo, de convertirse en un banquete exclusivo que aumenta la distancia entre ricos y pobres. De ahí nuestro deber de estar siempre vigilantes a que este sacramento sea la fuerza que une a todos los hijos de Dios, va minando desde el corazón del mundo la discriminación entre sus habitantes y va ensanchando el corazón de quien de él participa para acoger a todos como hermanos.
Viernes santo
Nos encontramos en el corazón del Triduo Pascual, en el momento de mayor fragilidad y debilidad de la historia del Señor: su muerte.
Los poderes del mundo, tanto militares como civiles y religiosos, no son capaces de sostener la mirada ante el crucificado porque este hombre, aparentemente fracasado, está mostrando la diferencia que hay entre darlo todo y casi todo.
Jesús, a lo largo de toda su vida, pero de forma evidente en la cruz, nos está mostrando un amor inimaginable, sin límite ni freno ni barrera, un amor 100% entregado.
Esa es la diferencia entre su amar y el nuestro, que siempre acabamos reservándonos un pequeño porcentaje: siempre hay una excusa, una excepción, una justificación que hace que no nos demos del todo.
El Señor rompe la lógica de nuestro amar condicionado llegando incluso a despojarse de la última posesión que le quedaba: su madre. Efectivamente, cuando aparentemente había perdido todo (libertad, dignidad, futuro), su corazón da un latido más de generosa donación, regalándonos a la persona que más ha amado en este mundo.
Esta celebración no es para hablar mucho, de hecho, nuestra reflexión debería ser muy breve, sin necesidad de encadenar un tema tras otro. Aquí la Palabra que tiene que resonar ahora es la de Dios, enmudecida en el árbol de la cruz, pero siempre sedienta de nuestro amor. Contemplemos y adoremos.
Vigilia Pascual
El miedo ha encerrado en sí mismos a los discípulos y son las mujeres las que, haciendo acopio de todas sus fuerzas, se dirigen al sepulcro para cerrar esta etapa de la historia, aportando un último gesto de ternura a su Maestro.
Y es ahí, en las tinieblas del dolor, cuando la Iglesia, en las tinieblas de la noche, celebra al único que es capaz de romper esta lógica: la luz de Cristo llega hoy a toda persona y a toda la persona, destruyendo cualquier resquicio del imperio del mal es nosotros. Él ha vencido.
La extensa liturgia de la Palabra de hoy nos recuerda que esta victoria de Cristo no es una improvisación ni un parche en la historia, sino que es la asombrosa culminación de todo un proceso que nos ha ido adentrando en los tesoros inagotables del corazón de nuestro Dios.
«¡Oh feliz culpa que mereció tal Redentor!» proclama esta noche la Iglesia asombrada de como el Señor es capaz de hacer de lo vil, lo bello; de la muerte, la vida; de la derrota, un triunfo; del pecado salvación.
Por tanto, una actitud fundamental hoy para cada uno de nosotros es despertar nuestra mirada para contemplar el paso de Dios (Pascua) por nuestra historia personal, sabiendo reconocer su presencia en las aparentes victorias de la muerte y el pecado, pero encontrándonos con el Señor Resucitado, con sus llagas llenas de vida y de gloria, que nos hace partícipes de su victoria definitiva.
Hoy nuestro grito debe ser, sin miedo ni vergüenza, que Cristo vive. No es un mito, no es una metáfora, es una realidad que nos afecta de forma radical en nuestra vida concreta: Él nos ha liberado de la prisión de nuestro pecado, ha roto las ataduras de nuestras cobardías y nos ofrece una vida plena con la que dar plenitud a nuestro mundo.
Así, testigos del Resucitado y partícipes de su resurrección podremos ser sus testigos, pasando por la vida de quienes nos rodean portando su alegría, su victoria, su proyecto del Reino y nuestro compromiso por instaurar, con la fuerza de su victoria, aquí y ahora.
Domingo de resurrección
Con la solemnidad de este día, se despliega en un total de 50 una sola celebración, la que da sentido a nuestro ser cristiano, el centro y culmen de la vida liturgia que se convierte en pasado, presente y futuro: la Pascua de Resurrección.
Es todo un reto celebrar esta cincuentena sin perder la tensión, porque son tan grandes los motivos que no nos bastan 24 horas.
Pero ¿a qué nos está invitando la liturgia de este primer día de la Pascua?
Podríamos decir que lo primero a lo que nos llama es a caminar junto con el Señor hoy: la alegría de la Pascua debe encarnarse en el momento vital que atravesamos, iluminando las oscuridades que nos van invadiendo y dejando que sea el amanecer de una vida nueva con Jesús.
En este sentido, es fundamental aprender a contemplar los signos de vida que van surgiendo a nuestro alrededor. Los discípulos que corren al sepulcro reciben muchos signos que necesitan ir interpretando: el anuncio de las mujeres, la piedra corrida, los lienzos tendidos, el sudario enrollado y la tumba vacía. No le han visto, pero han recibido suficientes signos para que, a la luz de la fe, puedan percibir lo que Dios está comunicando.
Por último, pero no menos importante, queda un paso fundamental: saber entrar en el sepulcro. Si, entrar en los lugares de muerte, de dolor, de sufrimiento y putrefacción. Aquellos rincones de nuestra vida donde sepultamos sueños, personas, relaciones, etc. Aquellos reinos de dolor que, en ocasiones, solo podemos contemplar desde fuera porque la verdad que los habita es demasiado dura. Ahí es donde resucita el Señor, ahí es donde triunfa la vida. Entrar en ellos significa que los encontraremos vacíos, no estará la realidad que sepultamos.
No tengamos miedo de correr a su encuentro, quizás su presencia no será la que esperamos, pero tendremos noticia cierta de Él. Abramos nuestros oídos para escuchar en nuestros hermanos su anuncio; abramos nuestros ojos para contemplar los signos de los tiempos de la resurrección; abramos nuestro corazón para acoger al Señor resucitado.