Dehonianos

Marco Ferrari

¿«Teología rápida»?

El P. Antonio Spadaro SJ inició recientemente un debate sobre la «teología rápida» [1] que se prolongó durante buena parte de 2025 con varias intervenciones de destacados pensadores. Sin ánimo de ofender a nadie, entre todos prestaré especial atención a lo escrito por monseñor Pierangelo Sequeri [2].

«Rápida», en el sentido de Spadaro, debería ser una teología capaz de interpretar las dinámicas de la vida actual, siendo así capaz de aportar contribuciones significativas en este período de profundos cambios. Podríamos formular el deseo de esta manera: «mantener el tiempo» dentro de nuestro tiempo, sin miedo a «bajar a las calles» de nuestros contemporáneos y «expulsar… lo que llevamos» en el corazón, la Buena Noticia del Resucitado, para que sea acogida «no como palabra de hombres, sino, como realmente es, como palabra de Dios» (1Ts 2,13).

La teología debe afrontar esta tarea sugerente con un lenguaje innovador, renovando la relación con la perenne Tradición de la fe, que en toda época y cultura testimonia la Palabra eterna, Jesús Cristo, el Verbo de la vida. En este sentido, la Iglesia no necesita una teología veloz —es decir, en continuo cambio— sino un saber de la fe que sea rápido, capaz de «cautivar» (por amor, no con violencia), de captar, de involucrar aquí y ahora a todos los pueblos en la pasión por el Evangelio.

Dado su centro de atracción, tal «cautivo» no puede ocurrir al modo de la publicidad y de las sugestiones del mundo, quizá a través de fáciles pero efímeros eslóganes: no se trata en absoluto de un producto “nuestro” para venderlo como uno más, el más conveniente o ventajoso. En juego no está tampoco la adhesión a una idea, sino la posibilidad de acoger la salvación que Dios nos da personalmente.

Por ello, siguiendo el impulso de Sequeri, la «rapidez» deseada concierne ante todo a nosotros los cristianos, llamados a «interceptar el reino de Dios, que viene donde y cuando no se espera, para abrir sus signos y prodigios» a quienes aún no forman parte de la Iglesia. Y también a quienes ya forman parte, pero sin fe.

Presbíteros y teología

El estímulo para repensar la teología concierne a todo bautizado. Entre estos, nosotros los presbíteros, por nuestro ministerio específico, estamos llamados a dar ejemplo a los hermanos que el Señor nos encomienda servir. Realísticamente, debemos constatar que la teología no encuentra hogar, tiempo ni «buena fama» en la jornada demasiado llena de muchos de nosotros. Por ello, a veces corremos el riesgo de avanzar por inercia, apoyados en una formación relegada al pasado y en la cual (o de la cual…) nos sentimos seguros. El presente exige mucho más: así como la caridad pastoral a la que estamos llamados cada día.

En este sentido, hace algunos años, un artículo de monseñor Giovanni Cesare Pagazzi [3] destacó que la falta de tiempo dedicado al estudio, para el sacerdote, se acompaña de escasa propensión a la introspección y al razonamiento. Consecuentemente, el autor subrayaba la importancia de reservar un espacio específico al estudio: no tanto para adquirir nociones (aunque relevantes para la actividad pastoral), sino como práctica decisiva para desarrollar sabiduría. Junto a la oración y a las múltiples tareas pastorales, se presentaba la actividad diaria de lectura y estudio como particularmente deseable para cada presbítero.

A partir de estas sugerencias, podemos afirmar que solo un esfuerzo marcado por el amor a Cristo y la pasión por el pueblo de Dios, que Él guía como Pastor, puede desarrollar una auténtica teología «de rodillas» [4]. Esta —lejos de ser una práctica antiintelectual o la búsqueda de palabras sobre Dios «baratas»— es fruto de la oración, apunta a servir la llegada del Reino de Dios y nace de la escucha y meditación de su Palabra.

Teología y Palabra de Dios

Anclarse a la Palabra de Dios resulta, por tanto, decisivo.

En el capítulo octavo de los Hechos de los Apóstoles, se narra que, después de la persecución desatada contra la Iglesia en Jerusalén, todos, excepto los apóstoles, se dispersan: entre los dispersos, Felipe predica a Cristo en Samaria (cf. vv. 5). El mensaje del diácono centra su atención precisamente en la persona de Jesús: no en una idea ni en un mensaje consolador genérico, ni en buenos sentimientos. Cristo, quien venció la muerte, está desde el principio en el corazón del anuncio de la Iglesia. De la teología, es decir, del conocimiento de Él —encontrado, amado y conocido— brota el anuncio.

En Samaria —como en nuestros contextos— es este anuncio, realizado con palabras y gestos, el que proporciona consuelo y alivio, venciendo al mal en sus diversas manifestaciones (cf. vv. 6-7).

La teología —el discurso sobre Dios— del anunciador es arrolladora. La rapidez es prontitud: la Palabra alcanza a las multitudes «en tiempo real», respondiendo a sus necesidades concretas. La brevedad del resumen sobre la actividad de Felipe es extremadamente densa y el resultado notable: «hubo gran alegría en aquella ciudad» (v. 8).

Un anuncio vivo y diligente corresponde a esa alegría que tiene el perfume de la presencia del Resucitado. Más adelante en el mismo capítulo de Hechos, en el camino de Jerusalén a Gaza, el Espíritu guía a Felipe hasta acercarse a un etíope, eunuco de Candace, que se interroga sobre un texto del profeta Isaías (cf. vv. 27-34).

Cada cristiano —y el presbítero de manera particular— está llamado, en el contexto concreto de la vida del otro, a hacer descubrir la presencia del Señor Jesús: «cordero llevado al matadero… sin voz ante quien lo esquila», «humillado», que sufrió y murió por nosotros, como testifican las palabras proféticas leídas por el interlocutor de Felipe (cf. vv. 32-33). Según Isaías, Él padeció y lo hizo para liberarnos del pecado. Incluso en la oscuridad del mal, nuestro anuncio de fe —ágil y sin vacilaciones— debe apuntar a hacer vislumbrar la presencia de Jesús.

El anuncio de Felipe es arrollador e incisivo, conduciendo a la puerta de la salvación, al bautismo inmediato del eunuco (cf. vv. 36-38). La fe se convierte en acción: conocer y hablar de Dios y de su Cristo, como en este caso, se vuelve generativo porque capaz de introducir en la vida eterna.

La presente monografía desea reafirmar y estimular la necesidad de una auténtica teología, sugiriendo formas, métodos y objetivos para que pueda estar presente y ser significativa en la vida de los presbíteros, precisamente porque capaz de acompañar el «ritmo de la vida» a la luz del Evangelio. La figura de Felipe nos ha acompañado en el pasaje bíblico que hemos recorrido y nos ha mostrado el camino. También hoy nos damos cuenta de lo exigentes que son los senderos a recorrer y que los desafíos actuales, a veces, pueden parecer superiores a nuestras capacidades.

La referencia a la oscuridad que nos rodea nos remite a uno de los textos más conocidos de San John Henry Newman, el himno Lead, kindly light (Guíame, luz amable). En esa hermosa oración, nos damos cuenta de estar lejos de casa, con pies vacilantes, incapaces de descifrar con claridad el horizonte. Pero nada de esto nos detiene, porque hemos encontrado al Guía [5].

Este Guía es el Espíritu Santo, Luz amable [6], que puede iluminar el arduo y sugerente camino que tenemos delante. Que esta Luz alimente las antorchas que somos nosotros: «entre la oscuridad que nos rodea», nuestro hablar del Dios de Jesucristo —mientras lo estudiamos, lo saboreamos en la oración y lo encontramos en los hermanos— pueda ser no solo arrollador, sino sobre todo verdadero, auténtico y apasionado.

Guíame, dulce Luz, entre la oscuridad que me rodea,

sé tú quien me conduzca!

La noche es oscura y estoy lejos de casa,

sé tú quien me conduzca!

Guarda mis pasos, no te pido ver la escena lejana:

un solo paso a la vez me es más que suficiente.

No siempre he sido así,

y no siempre he rezado

para que fueras tú quien me guiara.

Amaba elegir y ver el camino;

pero ahora sé tú quien me guíe.

Amaba el día luminoso

y, a pesar de los miedos,

el orgullo sostenía mi voluntad:

¡no recuerdes los años pasados!

Así por tanto tiempo tu poder me ha bendecido,

y seguramente me guiará aún.

Más allá del páramo y del pantano,

más allá del barranco y del ímpetu de los torrentes,

hasta que la noche se disipe;

y con la mañana, rostros de ángeles, he aquí, sonrían,

los que tanto he amado,

y perdido solo por un breve tiempo.

Notas

[1] El debate comenzó con el artículo titulado: «In questo tempo dei cambiamenti vorticosi serve una teologia “rapida”», publicado el 19 de enero en el  periódico Avvenire.

[2] La referencia es la contribución del 2 de abril, publicado en L’Osservatore Romano, titulado: «Afferrare il passaggio del regno di Dio».

[3] Se refiere a: «Può? Deve? Il prete e lo studio», artículo publicado en La Rivista del Clero Italiano, en el n. 4 de 2018.

[4] La célebre expresión proviene del escrito «Teologia e santità», presente en: H.U. von Balthasar, Verbum caro. Saggi teologici, I, Morcelliana, Brescia 1968, 200-229.

[5] León XIV, Homilía en la Santa Misa pen la Solemnidad de Todos los Santos y en la Proclamación como «Doctor de la Iglesia» de san John Henry Newman, 1 de noviembre de 2025.
[6] La oración a la que se refiere el Papa lleva fecha de 16 de junio de 1833: fue escrita mientras Newman estaba navegando por el Mediterráneo; en este contexto, debía afrontar una tempestad y una enfermedad que lo pusieron a prueba y las que reaccionó con palabras marcadas por el abandono y la confianza en Dios (cf. W. Ward, The Life of John Henry Cardinal Newman based on His private Journals and Correspondence, I, Longmans, Green and Co., London 1912, 55).

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