Dehonianos

P. Ángel Alindado Hernández, scj.

Un lugar paradisíaco, casi sin una primera huella humana. Arena blanca. El suave mecer de las olas acaricia la orilla, rompiendo con un murmullo el silencio del lugar. De repente, una carrera, un grito desgarrado y la confirmación de que el amor ha sido vencido por el engaño, el egoísmo y el placer aparente que produce desafiar los límites bordeando el error hasta caer en él, sin o con intención. La escena, repetida hasta la saciedad, terminó por hacerse viral. La “Isla de las Tentaciones”… y en su máximo esplendor.

El deseo de querer ser el otro, someter la voluntad de los que tenemos al lado o hacer prevalecer nuestra opinión por encima de circunstancias, lugares y personas nos desnuda. En el pecado experimentamos, y sufrimos, nuestra desnudez real: porque nos hace darnos cuenta del frío que produce vivir sin el otro, los otros, el Otro -nuestro Dios-, haciendo que la vida se torne, de paraíso en infierno, de lugar lleno de color en gris, de luz en oscuridad. La escena contemplada en la primera lectura nos habla de un pecado que se desliza suavemente a través del engaño y la persuasión para terminar en el miedo, la vergüenza y la ocultación, rompiendo el plan primigenio del Señor que había puesto su propio aliento en la pareja humana y con él la posibilidad de vida, futuro, inteligencia, eternidad. El pecado arrasa con todo, silencia nuestra existencia, nos hace habitar en la intemperie de una vida de lejanía. Como diría La Oreja de Van Gogh en “Diciembre” para cantar la soledad, la ausencia, la espera vacua: “el silencio es algo frío… y mis inviernos son muy largos”. El pecado asienta en nosotros el invierno de nuestra lejanía con Dios.

Pero Dios mismo conoce de qué van esos inviernos personales y la dureza de enfrentarse a ella. En Jesús esa tentación se hizo real. La lucha contra el pecado, en sus diferentes variantes, centra el Evangelio de este domingo. Así, frente a la tentación experimentada en el desierto (otro lugar apartado, como la famosa “Isla”) nos encontramos con la propuesta de recorrer un camino vital diferente en valores y convicciones: a la caída en el placer, el poder, el reconocimiento se proponen la escucha de la Palabra, la humildad, el saber ver a Dios y acoger su plan sobre nosotros. Dejarnos hablar por Él, reconocernos limitados y frágiles, entregar la vida con la confianza de que Él vela por cada uno de nosotros, lejos de producir en nosotros frialdad, nos hace más humanos y, por eso mismo, más de Dios en Cristo, el tremendamente divino, el tremendamente hombre. Por Él la Gracia, como “don gratuito” recordado por Pablo en la segunda lectura, se abre camino en medio de nuestras dudas y errores, “desbordada sobre nosotros”: no como meta alcanzada por nuestra voluntad, reconocimiento de Dios a nuestra moral y actitud, sino como realidad y posibilidad de salvación ofrecida sin medida, entregada a pesar de nuestro constante rechazo. Dios nos libra del pecado y de la muerte, de los inviernos de la vida y de la lejanía. Él ya ha dado un paso hacia nosotros. Irremediablemente gratuito.

Termino. Te invito a hacer propias, hoy, las palabras del Salmo 50: “lava… limpia… crea en mí… renuévame… no me arrojes… no me quites… devuélveme… afiánzame…”. Son, tal vez, la mejor oración para vencer la tentación de volver nuestra espalda a Dios y a los otros, independiente de cómo se dé este orden, y así poder de nuevo dirigirnos a Dios con el corazón puro, el espíritu firme y agradecer su generosidad. El pecado (y la muerte) no tendrán la última palabra. Amén.