Dehonianos

P. Ángel Alindado Hernández, scj.

Te propongo, para adentrarte en la Palabra de Dios de este domingo, recorrer algunos verbos, tres, que pueden servir de hitos en nuestro caminar cuaresmal.

El primer verbo irrumpe en la primera lectura que se proclama en este segundo domingo de Cuaresma: “SAL”. Dios pide a Abrán salir de la comodidad de lo conocido: la tierra propia, la familia, la seguridad de un espacio que infunde confianza. Dejar atrás el territorio vital para adentrarse en una nueva historia marcada por una promesa se torna, a nuestros ojos, en un riesgo innecesario. Salir de uno mismo, aventurarse a vivir en la intemperie de la duda y la incerteza no es apetecible. Sólo la voz de Dios que bendice otorga la fortaleza necesaria a nuestra cortedad (de miras, de experiencias, de “nombre”) para ensanchar nuestro corazón haciendo espacio al proyecto de Dios. De Abrán podremos pasar a ser Abrahán, ampliando nuestro horizonte con los horizontes del Señor.

El segundo verbo que te propongo es “LLAMÓ”. Lo encontramos en la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo, referido a la llamada de Dios a una vida y vocación santas. Salir de la propia tierra es la consecuencia de una invitación de Dios a establecer nuestra vida en torno a una nueva relación con Él y con los otros. Llamados a la santidad, los cristianos somos conminados a reflejar con nuestras obras el suave “brillo” de Dios. La nueva tierra a la que Dios nos invita no tiene tanto que ver, así, con una tierra física, sino con las “tierras” de salvación que estamos llamados a construir por su acción misericordiosa en nosotros. Sus ojos, como ha cantado el salmo 32, “están puestos” en nosotros que, al mismo tiempo, esperamos su misericordia, auxilio y protección. Una misericordia que nos lanza a liberar vidas, a reanimar a nuestros hermanos saciados de mucho, pero con hambre de verdad y esperanza.

El tercer y último verbo es “SUBIÓ”. Los apóstoles suben al monte y contemplan una escena que supera toda expectativa: la contemplación de la gloria de Dios transforma su modo de relacionarse con Jesús, confirma la divinidad del Maestro, llena de temor de Dios el lugar. La experiencia eleva su mirada y ven a Jesús de un modo nuevo, tal vez intuido y vivido parcialmente en el camino recorrido con Él, pero ahora sentido en plenitud: en un nuevo Sinaí Dios cambia el modo de comprender su relación con la humanidad, Dios hecho carne se entrelaza con nuestra historia, el temor de Dios se torna en presencia confiada. En nuestra vida vivimos momentos de “subida”, de encuentro fundamental con Dios, de experiencia intensa de su presencia en nosotros y nuestra historia. Pero esta subida se hace real, sobre todo, en la “bajada” a la cotidianidad, donde lo divino se vuelve más difícil de entrever, su presencia a veces es duda interior y los actos corren el riesgo de desgajarse de su vínculo con la fe y vaciarse de contenido religioso. Conscientes de esta realidad, recuperemos las fuerzas en la Eucaristía, nuestro particular monte “de cada día”, donde Jesús vuelve a hacerse presente, real, trasfigurado, para levantarnos del temor y descender con su luz a nuestras vidas.

Termino. Otros muchos verbos jalonan este domingo: levantar, temer, hacer, resplandecer, brillar, manifestar, esperar, amar… Podríamos decir que nuestra vida, es cuestión de verbos, de acción, pero a mí me gusta pensar que nuestra razón de ser tiene más que ver con un Verbo: el Verbo, Jesús, que se muestra ante nosotros, nos llama, nos invita a salir de la comodidad de nuestras tierras de seguridad, y elevar nuestra mirada para habitar nuevos horizontes donde Él sea todo en todos. Que así sea.