Andrea Grillo
No hay duda de que muchos de los discursos del papa León se inspiran con frecuencia en el pensamiento de Agustín. Desde el principio ha aparecido, en toda su autoridad, ese lema tan típico del modo en que Agustín entiende la tarea del ministro: “Con vosotros cristiano, para vosotros obispo”.
No por casualidad Agustín procede de aquella Iglesia africana en la que Tertuliano y Cipriano han identificado ampliamente en el cristiano un “alter Christus”, aunque la expresión no parece aparecer literalmente en sus obras. En cualquier caso, el “título de salvación” no es la ordenación, sino el bautismo. Es el bautismo el lugar en el que todo hombre (y toda mujer) se convierte en alter Christus.
Solo mucho más tarde hemos visto surgir, en tiempos modernos, o incluso contemporáneos, un uso limitado y parcial de la expresión alter Christus cuya fuente más antigua parece ser una definición referida a Francisco de Asís. La asociación no con un fraile, sino con un presbítero/sacerdote se difunde en el siglo XIX, se convierte en un lugar común en el siglo XX (en Pío X, Pío XI, Benedicto XV y en Pío XII) y luego reaparece a finales del siglo XX con Juan Pablo II y con Benedicto XVI en el año sacerdotal 2009-2010.
Pero la expresión no tiene ninguna tradición antigua, aparece como una invención tardo-moderna, en la que una terminología para los cristianos y para los santos se aplica exclusivamente a los sacerdotes.
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Este es el horizonte en el que se sitúa la Carta que el papa León ha enviado a los presbíteros de Madrid. Sorprende que el contenido esté dividido en dos mitades y que de premisas razonables se llegue a consecuencias que no guardan ninguna relación con las premisas. Quisiera mostrar la tensión que atraviesa el texto.
He aquí una primera parte, según la cual el discernimiento del mundo actual es necesario:
“Esta lectura del presente no puede prescindir del marco cultural y social en el que hoy se vive y se expresa la fe. En muchos ambientes constatamos procesos avanzados de secularización, una creciente polarización en el discurso público y la tendencia a reducir la complejidad de la persona humana, interpretándola desde ideologías o categorías parciales e insuficientes. En este marco, la fe corre el riesgo de ser instrumentalizada, banalizada o relegada al ámbito de lo irrelevante, mientras se afianzan formas de convivencia que prescinden de toda referencia trascendente.
A ello se suma un cambio cultural profundo que no puede ignorarse: la progresiva desaparición de referencias comunes. Durante mucho tiempo, la semilla cristiana encontró una tierra en buena medida preparada, porque el lenguaje moral, las grandes preguntas sobre el sentido de la vida y ciertas nociones fundamentales eran, al menos en parte, compartidos. Hoy ese sustrato común se ha debilitado notablemente. Muchos de los presupuestos conceptuales que durante siglos facilitaron la transmisión del mensaje cristiano han dejado de ser evidentes y, en no pocos casos, incluso comprensibles. El Evangelio no se encuentra sólo con la indiferencia, sino con un horizonte cultural distinto, en el que las palabras ya no significan lo mismo y donde el primer anuncio no puede darse por supuesto”.
Esto nos recuerda que, para el sacerdote, no es tiempo de repliegue ni de resignación, sino de presencia fiel y de disponibilidad generosa. Todo ello nace del reconocimiento de que la iniciativa es siempre del Señor, que ya está actuando y nos precede con su gracia.
Con un salto lógico bastante brusco, que un lector atento no puede dejar de notar, la carta continúa por una línea totalmente distinta, en la que no hay nada que aprender o revisar, sino que todo puede proseguir tranquilamente al estilo decimonónico:
“Se va perfilando así qué tipo de sacerdotes necesita Madrid —y la Iglesia entera— en este tiempo. Ciertamente no hombres definidos por la multiplicación de tareas o por la presión de los resultados, sino varones configurados con Cristo, capaces de sostener su ministerio desde una relación viva con Él, nutrida por la Eucaristía y expresada en una caridad pastoral marcada por el don sincero de sí. No se trata de inventar modelos nuevos ni de redefinir la identidad que hemos recibido, sino de volver a proponer, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico —ser alter Christus—, dejando que sea Él quien configure nuestra vida, unifique nuestro corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que nos han sido confiadas.”
Que el núcleo del sacerdocio sea “ser alter Christus” es una hipótesis bastante audaz, sin una larga tradición, con un fuerte componente apologético típico de un estilo teológico de comienzos del siglo XX, superado por el Concilio Vaticano II y por la nueva visión del ministerio, que encuentra sus fundamentos en la teología antigua.
Cuando Agustín oía que el obispo era definido como “esposo”, se oponía. En todo caso, decía, es el amigo del Esposo. Que el sacerdote sea alter Christus es el fruto de una teoría sacral del ministerio que Agustín habría rechazado. El pastor no es ante todo sacralizado en una diferencia respecto del cristiano, sino que está unificado en su Cuerpo.
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A este discurso unilateral, en la Carta sigue también la descripción del sacerdote según el modelo de la “catedral”: se trata de un texto extraño, que parece forzado y reductivo tanto para la figura del presbítero como para la función de la catedral. Una interpretación autorreferencial de la catedral es un modo de no dar razón ni de la catedral ni del ministro ordenado (que es ordenado no para sí mismo, sino para el pueblo de Dios).
Que la catedral sea, sin embargo, un lugar “abierto a todos” se interpreta únicamente como dirigido a los sacerdotes: también aquí se malinterpreta gravemente el sentido de la iglesia catedral, que no es “para los presbíteros”, o para el obispo, sino para los cristianos.
¿Cómo interpretar esta divergencia entre la primera parte del texto y esta segunda, marcada tan profundamente por otra mano y por otra perspectiva? ¿Quizá algún antiagustiniano ha escrito la segunda parte de la carta, que no parece pertenecer al estilo y a la forma típica de un agustiniano como el papa León?
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Por ello resulta contradictoria y no coherente con lo que el papa León ha expresado hasta ahora, ni afín a lo que lo inspira tan profundamente en la relación viva con el pensamiento de Agustín, que nunca habló de alter Christus y solo escribió, en el De civitate Dei (XX,10), estas claras palabras:
“El pasaje del Apocalipsis: En ellos la segunda muerte no tiene poder; y la frase que sigue: Pero serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con él mil años, no se refieren solamente a los obispos y a los presbíteros, aunque ya en la Iglesia en sentido propio ellos son considerados sacerdotes. Sin embargo, así como a causa de la unción sacramental consideramos a todos los fieles ungidos del Señor, consideramos sacerdotes a todos los fieles porque son miembros del único Sacerdote. De ellos dice el apóstol Pedro: Estirpe santa, sacerdocio real. Con acierto, aunque de modo breve y de pasada, el Apocalipsis propone que Cristo es Dios con las palabras: Sacerdotes de Dios y de Cristo, es decir, del Padre y del Hijo. Sin embargo, en la condición de siervo, en cuanto Hijo del hombre, Cristo se ha convertido también en sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec. De este argumento he tratado varias veces en esta obra”.
Una Iglesia en la que alter Christus se refiere no a los bautizados o a los santos, sino a los ministros ordenados, es una Iglesia pensada como societas inaequalis y societas perfecta, según la tentación del catolicismo entre 1870 y 1950.
Ni siquiera para los presbíteros madrileños sería un gran logro volver a los tonos y a los estilos de aquellos tiempos.