Bruno Desidera
Tras el primer papa latinoamericano, he aquí el primer papa norteamericano. Se podría decir, sin embargo, que es un papa «panamericano».
El estadounidense Francis Robert Prevost, de 69 años, agustino, en el momento de la muerte del papa Francisco prefecto para los obispos, en el Vaticano, fue elegido papa, en la cuarta votación, y tomó el nombre de León XIV.
Si el papa Francisco había utilizado varias veces la imagen del «poliedro» para describir a la Iglesia, los cardenales eligieron a un papa que es un «poliedro vivo»: nacido en el corazón de Estados Unidos, en Chicago, de padre francés de origen italiano, y madre española, tras estudiar en su país y madurar su vocación, ingresando en la orden agustina, estudió en Roma, y continuó su experiencia religiosa y pastoral en Perú. Luego, la dirección de su orden, como prior general, con la mirada puesta en todo el mundo; otra experiencia peruana, como obispo de Chiclayo, en el norte del país; finalmente, el cargo en el Vaticano, muy delicado, también en este caso con una dimensión «mundial», al haber sido llamado a «ocuparse» de los obispos.
De nuevo, muchas veces el papa Francisco ha instado a «construir puentes», no muros. Y nos encontramos ante un «puente vivo», una figura que, por su biografía, así como por su pensamiento, une las «dos Américas», precisamente en un momento en que la política de muros y deportaciones querría, en cambio, separarlas.
El menos estadounidense entre los estadounidenses, el más latinoamericano entre los no latinoamericanos
Antes del Cónclave parecía difícil que, después de Francisco, aún le tocara el turno a un papa latinoamericano. Pero tampoco era fácil pensar en un papa estadounidense, apenas unos meses después de la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Un hombre proclive a utilizar la religión como instrumentum regni, y que no había dudado en hacer sentir de alguna manera su «presión» sobre los cardenales llamados a elegir al nuevo papa. En un contexto que algunos habían calificado de «neoimperial», incluso «carolingio».
Al final, fue elegido el «menos estadounidense» entre los estadounidenses, y el «más latinoamericano» entre los no latinoamericanos. De esta manera, desapareció también otra preocupación: la de que con el fin del pontificado de Francisco, el rico camino de la Iglesia hecho en América Latina, el más decidido, tal vez, el más original en la interpretación del Concilio Vaticano II, terminara en un «callejón sin salida».
Por el contrario, a la luz también de la biografía del papa, parece verosímil que esta herencia permanezca en el centro de la vida de la Iglesia mundial, de un modo diferente y complementario. Dentro, precisamente, de un poliedro que devuelva las diferencias a la unidad.
¿“Elegido” por Francisco?
Se podría pensar que esta continuidad ideal se ha formado y alimentado precisamente en la relación personal entre Francisco y su sucesor. Bergoglio y Prevost ya se conocían, cuando el primero era arzobispo de Buenos Aires y el segundo prior de los agustinos.
Al día siguiente de convertirse en papa, Francisco había conocido al padre Robert en la sacristía, en la iglesia de Santa Ana. Desde aquel día, no se han perdido de vista, y todos los «ascensos» posteriores de Prevost son elecciones precisas de Francisco: administrador apostólico de Chiclayo, en Perú, en 2014, obispo de la misma diócesis al año siguiente, prefecto para los obispos en 2023, cardenal unos meses después.
Hace apenas unas semanas, poco antes de su muerte, se produjo el último nombramiento, que escapó a la mayoría, pero que fue «pillado» por quienes debían captarlo: el «ascenso» de cardenal del orden de los presbíteros a cardenal del orden de los obispos, con el título de obispo de la diócesis suburbicaria de Albano.
Veinte años en la tierra «de todos los linajes»
Mientras que, por lo tanto, todo el mundo intenta, en muchos aspectos inútilmente, adivinar qué decisiones tomará el papa, qué línea seguirá, qué personas elegirá, es mejor comprender qué sacerdote y qué obispo ha sido.
Y se llega, necesariamente, a Perú, país del que Robert Francis Prevost posee la ciudadanía. Su larga experiencia en la tierra «de todos los linajes» -por citar la célebre definición del escritor y antropólogo José María Arguedas-, unos veinte años, en dos momentos clave de su vida, como joven sacerdote y como obispo, fue decisiva en su trayectoria humana, sacerdotal y pastoral.
Según la biografía oficial, tuvo su primera experiencia en Perú, en Chulucanas, en la región de Piura, entre 1985 y 1986, cuando aún no había terminado sus estudios. Luego, en 1988, se incorporó a la misión de Trujillo, como director del proyecto de formación común para aspirantes agustinos de los vicariatos de Chulucanas, Iquitos y Apurímac.
A lo largo de once años desempeñó los cargos de prior de la comunidad (1988-1992), director de formación (1988-1998) y maestro de profesos (1992-1998) y en la archidiócesis de Trujillo de vicario judicial (1989-1998) y profesor de derecho canónico, patrística y moral en el Seminario mayor «San Carlos y San Marcelo».
Al mismo tiempo, también se le confió el cuidado pastoral de Nuestra Señora Madre de la Iglesia, más tarde parroquia con el título de Santa Rita (1988-1999), en la periferia pobre de la ciudad, y fue administrador parroquial de Nuestra Señora de Monserrat de 1992 a 1999.
Regresó a Perú en 2014. El papa Francisco lo nombra, el 3 de noviembre de 2014, administrador apostólico de la diócesis peruana de Chiclayo y, al mismo tiempo, obispo titular de Sufar. El 26 de septiembre de 2015 es nombrado obispo de Chiclayo. En 2020, es administrador apostólico del Callao, al tiempo que es nombrado vicepresidente segundo de la Conferencia Episcopal Peruana.
Fe de pueblo en un país «fracturado»
Difícilmente puede imaginarse un «aprendizaje» latinoamericano más fascinante y complejo. En un país que es, quizás más que ningún otro, diverso y estratificado, histórica, geográfica, religiosa, cultural, social, étnica y lingüísticamente.
Perú, unos 80 años antes de la llegada de los europeos, era Tahuantinsuyo, es decir, un conjunto de regiones y civilizaciones unificadas por una de ellas, los incas, en forma de «imperio»; de ahí que Lima, epicentro de la conquista española, acabara sustituyendo a Cuzco como capital, y mantuviera una viveza cultural, literaria y académica sin parangón en el subcontinente.
La profunda fe popular, que une a descendientes de los españoles, «criollos», una mayoría de «mestizos», y a las numerosas poblaciones nativas, nació, sin embargo, tanto del «trauma» de una conquista violenta, aunque no exenta de alianzas y acuerdos, que tiene, a través de una formidable inversión, no en los supuestos evangelizadores, sino en los pueblos que iban a ser evangelizados, los primeros mártires y crucificados.
Una fe arraigada y popular, la de los peruanos, rica en santos (el papa Francisco llamó a Perú «tierra ensantada», «tierra impregnada de santidad»), «apoyada» en la figura de Jesús, que en el país es sobre todo el «Señor de los milagros», el icono que llevan en procesión, cada año, en octubre, millones de fieles. Una fe que, si se vive con coherencia y valentía (lo que no siempre ocurre, o ha ocurrido, por desgracia), representa probablemente el único elemento de unidad, tal vez de esperanza, en este país que hace tiempo que ha perdido el rumbo, y sigue enredado en el fango de la corrupción generalizada -tanto que todos los presidentes de los últimos treinta años, con una excepción, han conocido los juzgados y, casi siempre, las cárceles-, de la violencia, de la explotación arbitraria de los increíbles recursos naturales y minerales. Un país fracturado, todavía dividido en castas, con un porcentaje de pobres que supera el 30% de la población y va en aumento.
Un país donde hay un «centro», Lima precisamente, en cuya enorme área metropolitana se concentra un tercio de la población de Perú, y una gran periferia, ya sea a lo largo de la costa del Pacífico, o en los valles y mesetas de los Andes, o en la enorme extensión de la selva amazónica.
Imagínense el desconcierto, casi el «escándalo», cuando el papa Francisco, en 2018, llega al país, procedente de Chile, y elige visitar, como primera parada, no la capital, sino la pequeña localidad de Puerto Maldonado, en plena Amazonía, obligando a las autoridades a realizar un inesperado «traslado» a una tierra herida y olvidada.
En contacto con experiencias de evangelización «liberadora»
En este país complejo y fascinante, el «gringo» Robert Prevost desembarca, por primera vez como jovencísimo sacerdote, a mediados de los años ochenta. Su carisma agustiniano, basado, entre otras cosas, en la primacía de la unidad y la armonía de los amores, afronta, desde la periferia, las fracturas, las heridas, las injusticias, que he mencionado.
Además de éstas, en Perú, el joven Prevost encuentra también prácticas pastorales y populares verdaderamente evangélicas, portadoras de una «liberación» que quiere ser integral y encarnada en la historia.
Encuentra un pensamiento teológico, desarrollado por el padre Gustavo Gutiérrez, combatido en Occidente, por ser sospechoso de simpatías marxistas y revolucionarias, mientras que, en cambio, es el fruto maduro de una fe vista con los ojos de los últimos, desde el «reverso de la historia», como escribe el propio Gutiérrez.
Décadas después, puede decirse que, en Perú, el quehacer teológico de Gutiérrez se desarrolló y surgió de experiencias de base en distintos ambientes, y acompañó esas mismas experiencias, contribuyendo a su desarrollo pastoral concreto. Su ordenamiento teórico no es una especulación en un escritorio, ni una «escuela teológica», sino un esfuerzo serio de reflexión fiel al Evangelio y al magisterio social al servicio de la pastoral, similar a lo que hizo en Argentina el grupo de sacerdotes «villeros» acompañados por Lucio Gera y Juan Carlos Scanone con la «teología del pueblo», de la que fue deudor el papa Bergoglio.
La actividad pastoral del padre Prevost en Chulucanas coincidió con su compromiso con el proyecto pastoral agustino de insertarse en la vida campesina de la provincia de Piura, cercana a Chiclayo, en coherencia con la «nueva imagen de la diócesis», sobre la que trabajaba y reflexionaba en ese momento.
Esta es una de las fuentes fecundas de experiencia que el papa León XIV supo aprovechar. En algunos aspectos, se podría hablar de una anticipación de aquel estilo sinodal que surgió en estos años y se propuso a toda la Iglesia.
El padre Robert Prevost, aunque sólo conoció directamente al padre Gutiérrez en su última etapa de vida, llegó a un Perú ya rico en su espiritualidad y enfoque cultural y cristiano, pero también fuertemente tocado por una realidad eclesial que se desarrollaba como respuesta al Concilio e inspirada por las Conferencias generales de Medellín y Puebla, en la dirección de una «evangelización liberadora».
El religioso agustino es «conquistado» por esta tierra, por su fe popular, por sus pobres, y por la actitud pastoral en las distintas diócesis, y por las congregaciones religiosas misioneras, muy presentes en el país, comenzando por los agustinos.
Todos los testimonios de estos días son unánimes en destacar su atención a la gente, muchas fotos le muestran a caballo, llegando a remotos pueblos andinos. Todo ello combinado con un estilo suave, pero firme ante las injusticias, siempre atento, precisamente, a crear unidad, a «tender puentes».
Por el contrario, otra forma cerrada e identitaria de vivir el cristianismo no arraiga en su experiencia, aunque haya ido escalando en Perú desde los años 90, simbolizada por el nombramiento de numerosos obispos conservadores, en su mayoría cercanos al Opus Dei, y por el auge del Sodalicio de Vida Cristiana, cuya disolución fue una de las últimas decisiones oficiales del papa Francisco.
Obispo atento a la gente y a la colegialidad
Cuando, en 2014, el obispo Robert Prevost regresó al país sudamericano, a Chiclayo, en el norte, era un hombre maduro. Y encaja tan bien en la diócesis y en la Iglesia peruana que no parece un extranjero. Los rasgos son los que ya conocemos: estilo sencillo, atención a la unidad y a la comunión, cercanía a la gente, especialmente a los pobres.
Estamos al inicio del pontificado de Francisco y, en su diócesis, es pionero de la colegialidad y la sinodalidad. Pide a un laico, amigo suyo desde siempre, César Piscoya, que anime la pastoral diocesana, apuesta por una formación seria y cualificada de los laicos.
Unas semanas antes de dejar Perú, llamado por el Vaticano, un terrible ciclón azota el norte del país, y especialmente Chiclayo. No dudó en meterse en el barro, con las botas puestas, para ayudar en primera persona.
Antes, en 2020, Chiclayo había sido la ciudad de Perú más afectada por el Covid-19 después de Lima, con numerosas víctimas. En aquellos días, le había entrevistado y, con serena claridad, me había explicado bien el impacto de la pandemia en los pobres y los graves fallos del sistema sanitario local. «Ha habido casos de pacientes trasladados de urgencia al hospital que murieron en taxis mientras esperaban a ser aceptados. Y falta personal sanitario en los centros médicos», se quejó. E, incluso en esa coyuntura, la diócesis, con Cáritas, estaba en primera línea.
La plaga de los abusos y la supresión del Sodalicio
No es un obispo que eleve el tono, no se pone en el centro de los focos, pero sus cualidades le hacen destacar incluso dentro de una Conferencia episcopal a la que no le faltan ciertamente personalidades fuertes, a veces incluso opuestas. Es elegido vicepresidente segundo de los obispos peruanos. También aquí trabaja por la unidad y la comunión.
El reto que sacude a los obispos es el de la lacra de los abusos, la cuestión de la Sodalicio de vida cristiana aterriza en sus mesas. El arzobispo de Lima, Carlos Castillo, aborda el tema con valentía y transparencia. Sobre la mesa, la supresión del Instituto, todavía, sin embargo, dotado de fuerza económica, conexiones y protección, en la Iglesia y en la política.
El arzobispo de Piura, José Antonio Eguren, miembro del Sodalicio, ha demandado al periodista Pedro Salinas, quien, con su colega Paola Ugaz, ha denunciado en libros e investigaciones los abusos del fundador, Luis Figari, y de otros directivos. No todos los obispos están de acuerdo en proceder a la supresión, pero, lentamente, va avanzando.
Los puntos de no retorno son la misión oficial a Lima de mons. Scicluna y mons. Bertomeu, en nombre del Dicasterio de doctrina de la fe, y la renuncia impuesta al arzobispo Eguren.
Sin duda, mons. Prevost, presidente de la Comisión de escucha contra los abusos de la Conferencia episcopal peruana, junto con mons. Castillo, ahora cardenal, y el cardenal Pedro Barreto, se han puesto decididamente del lado de la disolución del Sodalicio, que finalmente llegó en los últimos días del pontificado del papa Francisco. Con el visto bueno, esta vez desde el Vaticano, en el papel de prefecto de los obispos, del cardenal Prevost.
No es casualidad que, antes del cónclave, se filtraran falsas acusaciones a Prevost, de «falta de vigilancia», cuando, en verdad, fue uno de los obispos que más contribuyó a la búsqueda y sanción de estos delitos. Una campaña de prensa que pronto se reveló infundada.
Publicado el 23 de mayo de 2025 en Settimananews con el título «Leone XIV, il papa “panamericano”» en www.settimananews.it