Sergio Ventura
«Profesor, disculpe, pero su defecto es ser demasiado optimista». Así me dijo una estudiante hace muchos años, y también lo repiten de vez en cuando algunos colegas y amigos. Y, en efecto, tienen razón, con la precisión de que aquello que ellos llaman optimismo, yo lo definiría como esperanza —a veces, contra toda esperanza (Rm 4,18).
De todos modos, el pasado viernes no tuve tiempo de manifestar (aquí) una esperanza mía respecto al documento final del camino sinodal italiano que, al cabo de unas horas, se vio inmediatamente desmentida. A última hora de la tarde nos llegó a los delegados diocesanos el texto final de la asamblea sinodal italiana (que se celebrará el 25 de octubre), fruto de la larga revisión efectuada tras la «reprobación» del texto propuesto a finales de marzo.
Tuve tiempo de leerlo durante el fin de semana, y he aquí la amarga sorpresa: a pesar de que la revisión ya no fue llevada a cabo únicamente por la Presidencia del Comité Nacional del Camino Sinodal, sino también por el propio Comité, a su vez ampliado con los facilitadores de los grupos de la asamblea sinodal de finales de marzo que había «rechazado» el documento propuesto; y a pesar de que llegaron a dicha Presidencia muchas propuestas de revisión por parte de los delegados sinodales reunidos en asambleas regionales durante el mes de septiembre.
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Dicho esto, el texto final es un buen texto, mejor aún, más que bueno. Refleja fielmente el camino recorrido. Contiene propuestas adecuadas a nuestro tiempo, algunas incluso proféticas. Por ello, en conjunto, contará con mi voto positivo. Luego, obviamente, hay mucho que podría haberse expresado mejor, y me imagino que otros se encargarán de señalarlo. Pero, sobre al menos dos puntos que considero fundamentales, quisiera asumir yo mismo esa ingrata tarea. También porque este no es un texto cualquiera.
Ciertamente, no tiene el valor jurídico-canónico de un texto conciliar o sinodal (sea universal o local), pero tampoco es un documento que, como otros, pueda acabar fácilmente en el olvido. No debemos idolatrarlo, por supuesto, pero tampoco mirarlo con desconfianza, sobre todo en una estructura como la Iglesia católica, en la cual los llamados «puntos fijos» —pensemos tan solo en las constituciones dogmáticas conciliares— tienen valor incluso solo como memoria subversiva, al margen de su (nula o lenta, lentísima) aplicación. En cualquier caso, es un texto que quiere expresar lo que el Espíritu ha dicho a la Iglesia italiana en los últimos años y que, tras el discernimiento y la decisión final de los obispos, inspirará la dirección hacia la cual la Iglesia italiana querrá caminar en los próximos años.
Por ello, merece nuestra simpatía y, cuando sea necesario, también nuestra crítica. La primera crítica, inevitable, se refiere a la palabra —o más bien a la categoría— de acompañamiento, que, a pesar de mis «optimistas» expectativas contrarias, está presente en el texto de manera, si se me permite, casi «delirante» [1]. De este modo, el Documento traiciona el mayor equilibrio alcanzado en los Lineamenti (y en las Fichas de trabajo) entre dicha categoría y la de compañía o colaboración. Las razones lingüísticas, políticas, bíblicas, teológicas y, por último (con la llegada de León XIV), magisteriales, por las cuales esta última categoría es con mucho preferible a la primera (que convendría mantener, o mejor dicho, contener, en su cauce espiritual), las he explicado ampliamente en el pasado y de manera resumida recientemente.
Ahora quisiera resumirlo solo con una pregunta: En un camino sinodal que ha escuchado, debatido y discernido con los pobres, los jóvenes, los laicos y las laicas, las «personas homoafectivas», los solteros o las parejas, cuando emerge como voz del Espíritu la necesidad de permitir que todas estas personas vivan su camino de fe y su relación con la comunidad eclesial de modo maduro e integrado, autónomo y en pie de igualdad —incluso enseñando además de aprender, guiando además de seguir—, ¿cómo es posible, llegados a este punto, no darse cuenta de que la categoría de acompañamiento desentona, chirría terriblemente con esa finalidad? ¿Y que, en cambio, hablar de compañía o colaboración resultaría más adecuado y respetuoso de la dignidad de todas esas personas?
Comprendo que, durante el pontificado de Francisco, haya sido fuerte la tentación de dejar desbordar la primera categoría, ya que es mucho más jesuítica y, por tanto, más próxima a la sensibilidad del anterior pontífice; y, sin embargo, pese a ello, los mismos pastores de la Iglesia italiana resistieron a esa tentación.
Ahora, en el magisterio del agustino León XIV, se retoma el uso preciso de la segunda categoría, limitando la primera solo a las relaciones asimétricas y privilegiando, no por casualidad, términos como discreción, desaparecer, etc. ¿Por qué, entonces, el Documento no sigue en esto al nuevo obispo de Roma? Mientras que, en cambio, ha dejado caer muy rápidamente las muchas y posibles citas de la Evangelii gaudium de Francisco, a pesar de que, según León XIV, dicha exhortación «ha recordado y actualizado magistralmente los contenidos» del Concilio Vaticano II.
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Precisamente la figura de León XIV, en relación con el Documento en cuestión, es el punto de inflexión que me permite pasar a la segunda crítica. Creo que no se hace daño a nadie al recordar que el camino sinodal italiano ha tenido lugar bajo el pontificado de Francisco. El Documento de síntesis resume dicho camino, y por tanto habría sido totalmente legítimo no sentir la necesidad de citar al nuevo obispo de Roma. Sin embargo, por motivos evidentes y comprensibles, esto sí ha ocurrido; pero entonces —me pregunto—, ¿por qué no se cita a León XIV en su totalidad? ¿Por qué el Documento de síntesis no lo cita respetando su complejidad?
Esa «censura» no se ha producido solo en lo referente a la categoría de compañía/colaboración frente a la de acompañamiento, sino también respecto a otra categoría teológicamente fundamental que atañe a nuestra relación con el Resucitado. En el Documento se hace ostentación de la expresión «Jesús en el centro», indudablemente querida por León XIV. Y, en consecuencia, también en este caso se vuelve omnipresente otra categoría: la del anuncio/testimonio del Resucitado [2].
Pero hay un pequeño nota bene: Desde el comienzo de su pontificado, León XIV ha hablado de un Cristo que “nos precede” (8 de mayo) en «lugares inexplorados», y que «ama visitarnos y sorprendernos» en «toda criatura», porque «el pueblo de Dios es más numeroso de lo que vemos. No definamos sus fronteras» (31 de mayo). Por tanto, el cristiano es ciertamente un testigo de la Resurrección, pero al mismo tiempo es alguien que está siempre en búsqueda del Resucitado, que sabe que debe ponerse siempre sobre Sus huellas, que debe indagar, buscar para encontrar el Reino de Dios (6 de septiembre) [3].
De todo este complejo magisterio de León XIV, en el Documento final solo queda un eco tenue al final, en el párrafo 12. Pero ese eco resulta insuficiente: primero, porque no logra hacerse notar en toda su importancia; y segundo, porque no basta para fundamentar adecuadamente los párrafos del Documento en los que se habla de una Iglesia que, por ello, debe convertirse y hacerse capaz también de recibir de los demás (por ejemplo, los párrafos 21 y 71, que citan GS 44). Una Iglesia que no necesita buscar ni escarbar para encontrar, sino que solo debe evangelizar, anunciar y testimoniar lo que ya ha encontrado: ¿qué evangelización permanente de sí misma debe recibir entonces?, ¿en qué dirección debe transformarse?, ¿qué conversión debe realizar?, ¿qué puede aprender del otro o del Otro? [4]
Vale la pena notar, además, que también en este caso el Documento de síntesis ha perdido el equilibrio entre anuncio/testimonio y búsqueda del Resucitado que se había alcanzado en los Lineamenti. Asimismo, como consecuencia de esta aparente extroversión/salida de la Iglesia, tampoco se siente la necesidad mínima de señalar, al menos, la conveniencia de que en los organismos de participación haya también miembros capaces de habitar el umbral [5].
En realidad, el verdadero problema que se me plantea ahora es el siguiente: ¿aprobar o no aprobar los párrafos individuales que no reflejan el sentido del camino recorrido? El problema se convierte en dilema en el caso de los párrafos relativos al acompañamiento, porque, en caso de no aprobación, sería difícil atribuir la oposición a la cuestión que planteo y no, en cambio, a la buena voluntad que esos párrafos expresan al intentar integrar y valorar a toda una serie de personas que en el pasado han sido marginadas en y por la Iglesia. Teniendo además en cuenta cuán combatida es esta buena voluntad —basta ver aquí cómo se habla del párrafo sobre las «personas homoafectivas»—, reaparece con fuerza la pregunta: ¿Qué hacer? ¿Aprobar o no aprobar?
[1] Cf. los párrafos 27; 30-31; 39; 43-44; 50; 53; 55-56; 69; 72.
La expresión «al lado» aparece solo en el §27 (relativo a los pobres), mientras que la de «compañera» únicamente en el §8 (en referencia a la Iglesia). Es significativo que la expresión «junto a» y «colaboración» haya sido elegida para el §32, que trata sobre el drama de los abusos. Como si al menos se hubiera percibido el sentido menos paternalista y potencialmente menos violento y abusivo de dicha expresión, en comparación con la que se asocia a «acompañamiento». Esta última, si lo pensamos bien, implica respecto a las otras una mayor cercanía física y psicológica, lo cual conlleva inevitablemente mayores riesgos de abuso y violencia. Es una lástima, sin embargo, que tal percepción no haya llegado a hacerse plenamente consciente, permitiendo una modificación sistémica de las expresiones utilizadas.
[2] Cf. los párrafos 1; 9; 12-16; 19-20; 40; 56; 63; 69. Esta elección no puede parecer ni pretender ser neutral si recordamos que, desde el inicio del pontificado de Francisco, el acento puesto en la necesidad sinodal de escuchar antes de evangelizar —casi como una exhortación a calmar cierta ansiedad eclesial por evangelizar— o incluso de ser evangelizados antes de evangelizar, ha sido cuando menos incomprendido, si no acogido con mal disimulado fastidio.
[3] En la diócesis de Roma, quizás por la herencia de Francisco, está presente una atención decidida a este aspecto de la relación con el Resucitado, fundamental para poder pensar y vivir plenamente la extroversión/salida/ad extra de la misión eclesial (cf. p. 12 del Programa pastoral 2025-2026 y homilía del cardenal Reina en la Vigilia diocesana por la Jornada Misionera, min. 30:00–35:15).
[4] Esta problemática constituye el centro de mi obra Aprender del viento, EDB, 2024. En ella se explica también con claridad a qué equívocos nos ha llevado y nos sigue llevando hoy —incluso en lo que debería ser una Nueva Brújula Cotidiana— la carencia occidental de neumatología.
[5] También este aspecto, en cambio, se ha intentado «aterrizar» en la diócesis de Roma, a partir de la composición de los consejos pastorales parroquiales (cf. art. 10 del Estatuto del CPP).
21 de octubre de 2025