Cardenal Carlo Maria Martini, sj
«Tres recomendaciones para el futuro» es el texto de la Lectio divina realizada en la centésima sesión del Consejo Pastoral Diocesano en Triuggio (Villa Sagrado Corazón), el 26 de mayo de 2002, por el entonces Arzobispo de Milán, el Cardenal Carlo Maria Martini. Hoy, en el 99º aniversario de su nacimiento, queremos recordarlo retomando el texto con el que el Cardenal se despedía de su Consejo pastoral tras más de veinte años de guía de la Diócesis de Milán, durante los cuales la ciudad vivió los años de plomo del terrorismo y los acontecimientos del caso judicial de «Manos Limpias». El texto se conserva y se puede consultar en el archivo digital de la Fundación Carlo Maria Martini, a la que agradecemos el permiso para su publicación. Agradecemos también al profesor Marco Vergottini, entonces secretario del Consejo pastoral, por la valiosa sugerencia.
Deseo ante todo agradecer a todos ustedes que participaron en la Vigilia de oración en el Filaforum de Assago para alabar a Dios conmigo por mis 50 años de sacerdocio; gracias también a quienes participaron en la Misa del Domingo de Pentecostés.
El Secretario del Consejo, invitándome a realizar una lectio divina, me señaló cortésmente un texto del Nuevo Testamento que, a su juicio, «se presenta como un extraordinario repertorio de ideas y lecciones de estilo, en el género literario “últimas recomendaciones a la comunidad”».
Se trata del pasaje de Hebreos 13,7-19, y el secretario agrega: «Leyéndolo y releyéndolo, he encontrado en él una carga conmovedora en la memoria de los padres en la fe; un coraje fascinante al indicar la calidad de la relación que debe unir a la comunidad de creyentes con la autoridad; un fuerte radicalismo al exhortar a la oración y a la acción evangélica; finalmente, una consolación pacificadora al recordar cómo las relaciones de paternidad/filialidad en la fe, consolidadas en el pasado, no podrán faltar en el futuro».
Obviamente, tales características me atrajeron y decidí meditarlas con ustedes.
Antes, sin embargo, quisiera expresar de todo corazón un vivísimo agradecimiento por el diligente compromiso del Consejo, por lo que ha realizado hasta la sesión centésima. Pertenece a la magia de los números bíblicos el hecho de que la de hoy sea la centésima sesión vivida conmigo. Pienso, por tanto, en quienes me precedieron y en quienes han contribuido a esta significativa experiencia de Iglesia que he podido vivir con ustedes. Menciono al menos al profesor Vergottini, el secretario, que ha sido el alma y el corazón del Consejo, ayudándolo a ser realmente una realidad familiar intensa. Agradezco también cordialmente a Su Excelencia Monseñor Coccopalmerio, mi competente delegado, que siempre ha amado, estimado y promovido sus reuniones.
No es el caso de hacer un resumen profundo del camino recorrido. Me limito a leer algunas palabras de Vergottini, que comparto: «La experiencia de este Consejo Pastoral Diocesano enseña que, por claridad de análisis, conocimiento de causa y capacidad de argumentación, las intervenciones en aula de los consejeros laicos no dejan nada que desear, incluso en las cuestiones más tradicionalmente asignadas a la competencia del clero. Por otra parte, esta atenta asunción de los desafíos eclesiales no ha menoscabado el interés y la pasión de los consejeros por los acontecimientos históricos y el testimonio civil de los creyentes. Más aún, el Consejo ha mostrado la potencialidad de convertirse en un lugar emblemático de encuentro y alianza entre los diferentes ministerios, carismas y estados de vida, de modo que favorezca un modelo de Iglesia participativa, verdadera palestra de diálogo y confrontación en vista de la renovación del tejido eclesial bajo la guía del Obispo».
En este punto traigo mis palabras de hace diez años para una síntesis decenal, que puedo repetir tal cual hoy: «Personalmente me he sentido profundamente interpelado, estimulado, sostenido y verificado por el contacto constante con todos los miembros del Consejo, a quienes agradezco vivamente por la dedicación y el espíritu eclesial con que han colaborado en el camino de la diócesis».
Después de esta premisa, que me parecía necesaria, nos dedicamos a la lectio divina.
Lectio de Hb 13,1-7.16-18
Del pasaje de la carta a los Hebreos, tomado del capítulo 13, analizaremos sobre todo los primeros siete versículos y, posteriormente, los vv. 16-18, que son más pertinentes a nuestro tema.
Las ediciones de la Biblia dan uno o más títulos a este capítulo 13. La Biblia de Jerusalén titula los primeros 18 versículos «Consejos para la vida cristiana», y los últimos – del 19 al 24 – «Dos conclusiones: saludo y deseo de gracia».
Otra edición prefiere un solo título: «Últimas recomendaciones», y a esto nos inspiramos, porque de hecho, cronológicamente, son las últimas recomendaciones que les confío, la última lectio con la que nos ponemos juntos en escucha de la Palabra.
Al señalarme el texto, el secretario aludía a textos análogos que contienen discursos de despedida o últimas recomendaciones o formas de casi testamento espiritual. El texto más conocido y ciertamente más hermoso es Jn 13-17, el llamado «discurso después de la cena»; es el testamento espiritual de Jesús. Sin embargo, hay otro, que comentaré el próximo martes en el encuentro con los presbíteros: el llamado «discurso de Mileto» (Hch 20,17-35), discurso de Pablo a los ancianos de Éfeso, cuando está a punto de dejarlos.
Como saben, este género literario está ampliamente difundido en la Biblia: pensemos en las últimas recomendaciones de Moisés (Gn 49), en algunos capítulos del libro de Samuel, donde se recogen las recomendaciones del profeta, en el testamento de David (1Re 2,1ss). También es un género literario apócrifo, como vemos en el «Testamento de los doce patriarcas».
Respecto a los textos citados, nuestro pasaje es más breve y menos exigente: una serie de recomendaciones finales al término de la carta a los Hebreos.
División del pasaje
El pasaje está compuesto por dos exhortaciones, una inicial y una final, que enmarcan una enseñanza solemne central. No contiene solo últimas recomendaciones, sino siete recomendaciones iniciales, tres finales (siete más tres hacen diez) y, en el centro, un texto de gran proclamación kerigmática: «¡Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre!» (v. 8). A la proclamación siguen algunas reflexiones cristológicas y eucarísticas, podríamos decir forzando un poco el texto. A nosotros nos interesan las primeras siete y las últimas tres exhortaciones.
La proclamación central
«Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre». Es como el sello de esta nuestra última sesión, el sello que une pasado, presente y futuro. Todos ustedes conocen la importancia que tiene, ya que fue el lema del Jubileo. Así escribía el Papa en la carta apostólica Tertio Millennio Adveniente, de 1994: «El año 1997 estará por tanto dedicado a la reflexión sobre Cristo, Verbo del Padre. Es necesario poner de relieve el carácter eminentemente cristológico del Jubileo… El tema general propuesto para este año es: Jesucristo, único Salvador del mundo ayer, hoy y siempre».
El texto que proclama la centralidad de Cristo Jesús ha sido retomado ampliamente también después. Cito de la Novo Millennio Ineunte, el documento del 6 de enero de 2001, que relanza el camino de la Iglesia: «Grande ha sido este año la alegría de la Iglesia, que se ha dedicado a contemplar el rostro de su Esposo y Señor». Y al inicio del capítulo 1, titulado «Un rostro por contemplar», dice: «Nuestro testimonio sería insoportablemente pobre si nosotros mismos no fuéramos contempladores de su rostro». Por tanto, estamos llamados a contemplar la centralidad de Cristo.
La invitación del Papa es retomada por el documento programático de la CEI – «Comunicar el Evangelio en un mundo que cambia» –, y la retomaremos en la homilía, porque también está en el centro de los textos litúrgicos la proclamación del nombre de Dios y de Cristo. Quisiera recordar que esta tensión de contemplación de la centralidad de Cristo dominó la última semana de la Asamblea de la CEI, concluida el viernes pasado. La iniciamos precisamente con una reflexión sobre el tema: «El anuncio de Jesucristo, el único Salvador y Redentor, y la misión de los creyentes en un contexto de pluralismo social y religioso».
De la ponencia principal, realizada por Monseñor Marcello Bordoni, profesor emérito de la Universidad Lateranense, me gusta citar una página que subraya ese «mañana, siempre»:
«El anuncio del primado de Cristo debe realizarse no solo revelando su cumplimiento a lo largo de la historia – Cristo ayer, Cristo hoy –, punto de convergencia y de llegada de las más elevadas expectativas de toda la humanidad y de los anuncios proféticos, sino también en su carácter de anticipación escatológica – siempre –, por lo que la presencia del hoy de Dios cumplido en Jesucristo se proyecta hacia un ulterior cumplimiento que se realizará en el momento final parusíaco, en el que esta plenitud y definitividad se revelará en todo su esplendor en las dimensiones de una humanidad que habrá alcanzado la plenitud de la redención de todo, junto con el cosmos transfigurado».
Por tanto, la importancia de mirar también al Cristo futuro, al Cristo que viene y que cumple. Podemos entonces comprender también algo del significado salvífico de otras religiones, respecto a la plenitud de la revelación definitiva de Cristo. Y Monseñor Bordoni continúa: «La importancia de esta real dimensión anticipadora del evento cristológico ya cumplido se encuentra en que respeta todo el valor del camino de la historia. Es una plenitud creciente la del tiempo de la Iglesia, que se proyecta en el anuncio de Cristo como el Venido que viene y acompaña a su Iglesia Esposa hacia la parusía, momento último de la consumación».
La afirmación central del pasaje de la carta a los Hebreos corresponde también a aquello sobre lo que la Iglesia está reflexionando en este inicio del tercer milenio.
Las exhortaciones finales
Ahora quisiera retomar brevemente las llamadas recomendaciones finales, comenzando por las primeras siete:
«Perseverad en el amor fraterno».
«No olvidéis la hospitalidad; algunos, practicándola, han recibido ángeles sin saberlo».
«Acordaos de los presos, como si fuerais compañeros de prisión, y de los que sufren, siendo también vosotros en un cuerpo mortal».
«Que el matrimonio sea respetado por todos y el lecho conyugal sea sin mancha. Los fornicarios y los adúlteros serán juzgados por Dios».
«Vuestra conducta sea sin avaricia; contentaos con lo que tenéis, porque Dios mismo ha dicho: No te dejaré ni te abandonaré. Así podemos decir con confianza: El Señor es mi ayuda, no temas. ¿Qué podrá hacerme el hombre?».
«Acordaos de vuestros dirigentes, que os anunciaron la palabra de Dios».
«Observando atentamente el resultado de su modo de vida, imitad su fe».
Se trata de recomendaciones relativas al amor fraterno, la hospitalidad, la atención a los presos, la santidad del matrimonio, el cuidado de no caer en la avaricia, y concluyen con: «recordad a vuestros dirigentes e imitad su fe».
* Profundicemos en el v. 7, donde Pablo invita a recordar.
− Este «recordad» se refiere a personas humanas, no al Señor. En la Biblia la exhortación a recordar a Dios aparece con frecuencia, pero a veces también se recuerda a personas humanas. Pienso en el discurso de Mileto: «Velad, recordando que durante tres años, día y noche, no dejé de exhortaros entre lágrimas a cada uno de vosotros». Pablo invita a recordarlo a él. En el discurso de Matatías a sus hijos (1 Mac 2), el recuerdo va más lejos: «Recordad las hazañas de vuestros padres en su tiempo y obtendréis gran gloria y nombre eterno. ¿No fue Abraham hallado fiel en la prueba y no se le contó como justicia?». Luego exhorta a recordar a José, a Josué, a Caleb, a David, a Elías, a Daniel (vv. 49ss). Es interesante cómo este discurso lo retoma Flavio Josefo en el libro de las Antigüedades, cuando Matatías en su lecho de muerte dice: «Yo me voy, hijos míos… Recordad los sentimientos de aquel que os dio la vida y os educó».
La invitación a la memoria es bastante común en los textos bíblicos y pertenece por tanto a una actitud cristiana.
− ¿A quién recordar? De los dirigentes, egoumenoi, de aquellos que tuvieron alguna responsabilidad. Deben ser recordados porque anunciaron la palabra de Dios.
Estos líderes probablemente son quienes fundaron la comunidad: quizás Pedro, quizás Marcos, quizás Pablo, si el autor de la carta no es él.
«Porque anunciaron la palabra de Dios». Cuando leo este versículo siempre pienso: espero poder ser al menos un poco recordado por haber anunciado realmente la Palabra.
− De esta memoria surge un apoyo a la perseverancia: «observando atentamente el resultado de su modo de vida, imitad su fe». Se trata, por tanto, de personas ya fallecidas, presumiblemente mártires, que murieron en la perseverancia de la fe, y que son motivo para nosotros de recuerdo e imitación.
Podemos pensar en nuestros padres en la fe, desaparecidos recientemente: el Cardenal Montini, el Cardenal Colombo, don Luigi Serenthà, don Giovanni Moioli, el padre Baj y muchos otros. Personas que nos proclamaron la palabra de Dios y cuya fe debemos imitar, conservada hasta el final.
* Significativas e importantes son también las tres exhortaciones de los vv. 16-18.
− «No olvidéis la beneficencia y compartir vuestros bienes con los demás, porque de tales sacrificios se complace el Señor» (v. 16). Una recomendación que retoma las interrumpidas en el v. 7 para dar paso a la gran proclamación – «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» – y continúa su desarrollo: Jesús se sacrificó, santificó a su pueblo con su sangre, y también nosotros debemos salir con él del campamento e ir hacia él, por medio de él ofrecemos un sacrificio de alabanza a Dios, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.
A partir del primado de Jesús, se pasa al primado del sacrificio espiritual, mediante el cual la vida rinde alabanza a Dios. Y en el v. 16 somos exhortados a insertarnos en este sacrificio espiritual, con dos actitudes: «beneficencia y compartir los propios bienes con los demás»; en griego, dos palabras sencillas: eupoiia (hacer el bien) y koinonia (compartir).
Nos indica que hacer el bien y compartir es sacrificio de alabanza, grato a Dios, es thusia, acción sacrificial aceptada por Dios. Estoy seguro de que también la experiencia del Consejo Pastoral Diocesano fue experiencia de compartir, en la que nos ayudamos unos a otros.
− Segunda exhortación (v. 17): «Obedeced a vuestros dirigentes y estad sujetos a ellos». Vuelve la palabra egoumenoi, que ya aparecía en el v. 7, pero mientras entonces eran dirigentes fallecidos, aquí son vivientes.
Tres razones por las que se debe obedecer y estar sujetos a los propios dirigentes:
Primera: «porque velan por vosotros, como quienes han de rendir cuentas». En griego este «velan por vosotros», se preocupan de vosotros, es agrypnein, agrypnousin. No se usa el verbo gregorein, que indica velar, y la diferencia también se señala por la raíz. Gregorein viene de egheiro (perfecto egregora); egheiro significa despertarse, levantarse, resurgir, estar despierto; mientras que para los dirigentes se requiere un poco menos, justamente agrypnein.
Agrypnein, según el significado etimológico, quiere decir «dormir en el campo», es el dormir de los pastores o de quienes vigilan la cosecha para que no sea robada durante la noche; por lo que decimos: se duerme con un solo ojo abierto. No es la vigilancia total de la oración, sino ese dormir con cuidado, como la madre con el niño cerca, que duerme pero está lista ante el primer llanto, el primer gemido. Por tanto, la acción de quienes tienen responsabilidad es estar día y noche sensibles y vigilantes a las necesidades de quienes les han sido confiados: «velan por vosotros como quienes han de rendir cuentas».
Segunda razón: «obedeced para que lo hagan con alegría y no con gemidos». Por respeto a los líderes, por amor a ellos. Aquí aparece la percepción de que quien cuida de otros puede hacerlo también con quejas; los problemas, las fatigas, los bloqueos y resistencias son tales que uno avanza a fuerza de suspiros. Para que esto no ocurra, Pablo hace esta exhortación.
Tercera razón: «No os sería ventajoso». Hacer sufrir o incomodar a quien tiene responsabilidades no beneficia tampoco a los subordinados. El texto griego tiene una palabra poco común: alysiteles, no paga el gasto. Hacer sufrir al responsable no rinde, mientras que cuando el responsable está de buen ánimo, todo es más fácil para quien está sujeto.
Quizá la naturalidad con que Pablo pide obediencia y sumisión está lejos de nuestra mentalidad. Para nosotros hoy la sumisión es el Islam, los sometidos totalmente, servilmente; nos gusta más hablar de diálogo, colaboración, compartir. No por casualidad la experiencia del Consejo Pastoral es de consejo, de compartir responsabilidades. Permanece, obviamente, el momento en que quien tiene responsabilidades debe, a su riesgo, ejercerlas y decir: he escuchado y ahora pido que se haga así, asumo la responsabilidad ante Dios.
− La tercera exhortación (v. 18) es una invitación de Pablo (o del autor de la carta, quien sea) a orar por él: «Orad por nosotros». Una invitación conmovedora: después de haber expuesto en la carta conceptos altísimos, aún difíciles de comprender hoy, con mucha humildad pide ser recordado en las oraciones.
Añade las razones que lo motivan a ello.
Primero: «porque creemos tener buena conciencia, deseando comportarnos bien en todo». Por eso considera merecer las oraciones de la comunidad. En el discurso de Mileto (Hch 20) Pablo se expresa más ampliamente: no me he rehusado a deciros toda la voluntad de Dios, día y noche os he exhortado también con lágrimas a convertiros a Dios y a Jesucristo, no he deseado ni oro, ni plata, ni ropa de nadie. Por esta buena conciencia pide: orad por mí.
Otra razón la encontramos en el v. 19: «Con mayor insistencia os exhorto a hacerlo, para que pueda ser pronto devuelto a vosotros». Palabras algo misteriosas. Quizá Pablo está en prisión, en cualquier caso, está lejos, y pide que, a través de la oración, sea liberado (en el v. 24 dice: «nuestro hermano Timoteo ha sido puesto en libertad»), y de todos modos se le dé ocasión de ver de nuevo a la comunidad.
Meditatio del texto
Tras el momento de la lectio, momento en que hemos intentado comprender con qué afecto, intensidad y sinceridad Pablo dirige las últimas recomendaciones a su comunidad, me pregunto qué sugerencias surgen del pasaje.
(1) Leo en este pasaje sobre todo un examen de conciencia para mí.
* ¿Cómo he anunciado la Palabra?
«Recordad a vuestros dirigentes, que os anunciaron la palabra de Dios». ¿La he anunciado con fuerza, con claridad, con nitidez? ¡Cuántas veces me he encontrado, frente a la Palabra, impotente y balbuceante, consciente de cuánto inmensamente más decía! ¡Cuántas veces he tenido la impresión, después de una reflexión o homilía, de que debía decir más, profundizar más! Surge en mí entonces una petición de perdón por la insuficiencia ante la palabra de Dios.
* ¿Cómo he velado por vosotros?
«Obedeced a vuestros dirigentes y estad sujetos a ellos, porque velan por vosotros como quienes han de rendir cuentas». ¿Con qué cuidado me he acordado de todos, de las situaciones, de las necesidades, de las prioridades, de las realidades que debían ser promovidas y de aquellas que debían ser eliminadas? Los motivos de arrepentimiento y remordimiento que siento, los pongo en los brazos de la misericordia divina. Siempre me viene a la mente el verso de Dante: «Pero la bondad de Dios tiene brazos tan grandes que toma lo que se le dirige». Ciertamente, esto viene a la mente cuando me confronto con las palabras de Pablo: «Velan por vosotros como quienes han de rendir cuentas».
* Sobre todo, en un tercer punto de examen de conciencia, me pregunto: ¿con cuánta alegría he trabajado?
«Para que lo hagan con alegría y no gimiendo».
Si observo la experiencia de algunos de mis grandes predecesores, me doy cuenta de que les costaba tener esa alegría. Todos conocemos el dicho del Cardenal Ferrari, que repetía varias veces: «ser obispo es aerumnarum abyssus», un abismo de tribulaciones. Él sentía su ser obispo como un peso, y lo vivía gimiendo.
Puedo confesar que, probablemente debido a mi superficialidad, no he percibido el peso del ministerio. Ciertamente es exigente, pero gracias a mis colaboradores, gracias a vosotros y a quienes representáis, he vivido hasta hoy sin gemir demasiado. A veces me avergüenzo de esto y me digo: quizá debería haber gemido más. Por eso pido perdón al Señor si esto se debe a mi superficialidad, a no haber tomado a pecho las situaciones. Sin embargo, no habría podido perseverar tantos años si no hubiera vivido con algo de alivio y serenidad, buscando ver el mucho bien a mi alrededor, incluso en el trasfondo de las negatividades propias de nuestro tiempo.
Al respecto, y concluyendo el examen de conciencia, quisiera releer algunas palabras dirigidas a los sacerdotes en los tres cursos de Ejercicios sobre el Evangelio de Juan: Me parece que, aunque estamos rodeados por la secularización, la indiferencia y la incredulidad, nuestra situación es menos dramática que la de la comunidad joánica, que era una pequeña luz en medio de inmensas tinieblas, y sin embargo tenía fe, alegría y una profunda serenidad. Si somos obedientes al Espíritu, la gracia del hoy nos permite reencontrar la luz de las primeras comunidades surgidas del hecho cristiano, y leer en el Nuevo Testamento riquezas extraordinarias de optimismo vivido en condiciones difíciles y oscuras. Estoy convencido de que la gloria de Dios puede manifestarse en nosotros hoy incluso más que en el pasado. Me atrevo a decir incluso más que en el tiempo del Nuevo Testamento, en el sentido de que la fuerza de la Palabra nos permite hoy leer aún más a fondo el carácter providencial de las pruebas que estamos atravesando. Ellos estaban al inicio y todo aquello era una gran prueba para ellos, ya que no tenían nada detrás que explicara el sentido de lo que estaban viviendo. A nosotros se nos da interpretar con más abundancia, con mayor amplitud de horizontes, de historia, de tradiciones (pensamos en los santos, incluso recientes), la riqueza de este tiempo, mucho más de lo que podían hacer las pobres y modestas comunidades del Nuevo Testamento, hombres y mujeres desconocidos en medio de un mundo poderoso y lleno de mundanidad. ¿Por qué entonces no deberíamos dejar traslucir la alegría y la serenidad que han irradiado?
Es la invitación a no traicionar la fuerza que el Nuevo Testamento ha introducido en la historia, a ser esa pequeña semilla, pequeña levadura, pequeño rebaño al que Dios ha dado el Reino.
(2) Por último, expreso tres breves recomendaciones que os entrego a conclusión de esta lectio divina.
* La primera la obtengo de la característica de los dirigentes de anunciar la palabra de Dios: no descuidéis la Palabra, amad la Palabra, profundizad en ella, alimentaos de la Palabra. Ciertamente, como he explicado en la Misa del Jueves Santo, la Palabra proclamada en la liturgia alcanza su plenitud en la liturgia; pero también debe ser leída y meditada como Palabra escrita en las páginas de los evangelios y de la Escritura.
* La segunda recomendación la tomo del v. 18: «Orad por nosotros». Cuento con vuestras oraciones para que me acompañen en la nueva experiencia de vida que comenzará hacia la mitad o final del verano; una experiencia nueva para mí, el llamado tercer tiempo de la existencia humana, como he explicado estos días refiriéndome a un proverbio indio. El proverbio habla de cuatro tiempos de la vida: en el primero se aprende; en el segundo se enseña; en el tercero se va al bosque (lugar de silencio, recogimiento, reflexión y oración; y yo también rezaré por vosotros en el bosque); en el cuarto tiempo de la vida se aprende a mendigar. El culmen de la ascética hindú es, de hecho, la mendicidad, ir por el mundo con el cuenco en la mano para recibir el pan diario. Para nosotros, el tiempo de la mendicidad tiene un significado más concreto, que verifico cada vez que visito a sacerdotes ancianos o residencias: depender de otros. Formar parte de la vida implica tener que depender, y hay que prever ayudarse también en esto, justamente con la oración.
* La tercera y última recomendación me la sugiere nuevamente el v. 17: «Obedeced a vuestros dirigentes y estad sujetos a ellos… obedeced, para que lo hagan con alegría y no gimiendo: esto no sería ventajoso para vosotros».
Acoged con alegría al nuevo Obispo, acogeos a él con el mismo espíritu de fe, disponibilidad, colaboración, compartir, apoyo, perdón y paciencia que habéis mostrado conmigo. Será ventajoso para él, que así no tendrá demasiado esfuerzo, y para vosotros.