Dehonianos

Renato Borrelli

Nada es más volátil que las palabras y la música: en el momento en que suenan ya han desaparecido, reemplazadas por otras frases, y así sucesivamente. Sin embargo, ambas se siguen y se retienen si forman un recorrido lógico que atrae la atención y deja huella en quien escucha.

La música de Mozart, Beethoven, Mendelssohn y Brahms sigue un hilo lógico expresado a través del respeto a las reglas propias de la forma sonata, en una sucesión concatenada y recurrente de temas, episodios, desarrollos y variaciones, todo ello con melodías cantables.

Durante y después de la escucha de su música se percibe un sentido de plenitud y alegría, porque se ha vivido una experiencia espiritual: su genio y su alma han hablado a nuestro corazón, que encuentra satisfacción plena en un discurso sensato y lineal, con unidad temática, orden claro y conexión lógica entre las frases, lo que permite disfrutar de esas agradables sorpresas musicales que alguien ha definido como “especias”: cambios repentinos pero bien razonados de ritmo y dinámica, intercambio inteligente de planos sonoros e intervenciones estratégicas de familias instrumentales.

El canto litúrgico, si surge de una auténtica inspiración y se compone y ejecuta respetando las reglas, conduce a la misma experiencia. Todos, la asamblea y los ministros en sus distintos roles, deben ser ayudados a entrar en contacto espiritual con el Señor, aunque sea a través de signos. El signo, sin embargo, debe ser verdadero, auténtico, no artificial ni de bajo perfil.

Cumple una función ministerial: elevar el alma a Dios facilitando la oración y el júbilo. Quien ejerce un ministerio en la liturgia con creatividad inteligente y respeto por los fundamentos, debe ser poco visible, no debe acaparar la escena poniendo excesivamente de sí mismo: basta la liturgia con la noble sencillez de sus ritos.

¿Regreso a la sacralidad?

Se trata de encontrar un equilibrio adecuado que combine fidelidad y creatividad, la capacidad de no confundir sacralidad con solemnidad, sin olvidar las urgencias del momento y la situación de quienes participan: “Abre nuestros ojos para que conozcamos las necesidades de los hermanos; inspíranos las palabras y las obras

para confortar a los que están cansados y agobiados” (PE para diversas circunstancias IV).

Al respecto, encuentro muy pertinentes las observaciones de Louis-Marie Chauvet: “A pesar de sus graves ambigüedades, la sacralidad es ineludible, en el cristianismo como en cualquier otra religión. Sus manifestaciones, especialmente en la liturgia, pueden ser la expresión de una bella relación personal y comunitaria con el Dios del evangelio. Hay que evitar excesos: encajes e inciensos, gestos y actitudes hieráticas o cantos dominados por el yo en primera persona, cuyas palabras carecen de la debida distancia respecto al misterio; un rechazo “purista” que lleva inevitablemente a liturgias planas, incluso pobres. A la frialdad de un ceremonial considerado demasiado restrictivo, se sustituye entonces el “calor” de una subjetividad que cae pronto en la banalidad de la familiaridad o en la explosividad de una liturgia gritona. Las desviaciones en esta dirección que se han dado en el pasado revelan que el cuidado puede ser peor que la enfermedad” (cf. La Messa detta altrimenti. Ritornare ai fondamenti, p.16 y siguientes).

Se va desde querer remarcar la sacralidad con cantos predominantemente polifónicos, pero cargados por una ejecución lenta y una silabación a veces poco espontánea —como si las sílabas estuvieran pegadas unas a otras—, hasta cantos alineados con los clichés estándar de la música ligera.

Aficionismo

En el ámbito del canto, cabe notar un detalle entre muchos: si una sinfonía fluye porque, salvo las pausas, no hay interrupción entre compases, la línea melódica es clara, bella y cantable; con demasiada frecuencia, sin embargo, se escuchan cantos en los que falta justamente la ‘cantabilidad’, y la continuidad del discurso musical se interrumpe por compases desconectados —como géiseres autónomos— y pausas arbitrarias.

Sería necesario dejarse educar por la escucha de los Lieder de Schubert, ejemplo de una unión inteligente entre música y palabras. Una ejecución fruto de una reflexión cuidadosa sobre la partitura y las palabras sabrá encontrar el tiempo adecuado respetando las reglas elementales del canto y el buen gusto, y hará que el canto resulte ennoblecido, conservando su identidad, vivacidad y fluidez. Con demasiada frecuencia, en cambio, prevalece la improvisación, especialmente respecto al repertorio musical y su ejecución.

Pero —aceptemos la comparación— en los laboratorios de biología, química farmacéutica, física y en el uso de instrumental sanitario, existen reglas precisas, fórmulas y procedimientos a seguir. La liturgia se realiza a través de ritos que educan porque tienen un sentido preciso y un trasfondo teológico. La Ordenación General del Misal Romano (OGMR) da indicaciones rituales que se deben seguir con creatividad inteligente y equilibrada, sin olvidar que todo está orientado a crear condiciones para entrar espiritualmente en sintonía con el misterio pascual.

En la liturgia no se necesita perfeccionismo ni estetismo, como señala acertadamente Th. O’ Loughlin: “Gran parte de nuestra liturgia puede parecer atractiva no porque nos hable de Dios, sino porque satisface nuestro sentido de orden y belleza. Nos reunimos en una asamblea litúrgica para ser proféticos y alimentar nuestro discipulado, no para vivir una experiencia estética” (Quale mensa per noi tu prepari, p.54).

No se puede encerrar la liturgia en una armadura blindada de reglas. En la Última Cena, aparte de las reglas de la Pascua judía, había poco de “etiqueta”; y menos aún en el Calvario. Sin embargo, si esos eventos se hacen contemporáneos para nosotros a través de los ritus et preces que con el tiempo han tomado su forma, es necesario que quien ejerza un ministerio tenga conciencia de ello, evitando también el exceso opuesto: la espectacularidad que apaga el misterio e impide percibir que el evento sacramental viene de Dios. La liturgia sea seria, simple y bella, vehículo del misterio, y al mismo tiempo inteligible, lugar educativo y revelador de la fe” (CEI, Il volto missionario delle parrocchie in un mondo che cambia, n.8).

La liturgia no es lugar de exhibición personal ni de búsqueda estética, sino el momento de presentarnos en toda nuestra verdad ante el Señor, porque en la mesa de la Palabra y del Pan nos dejamos transformar. “El propósito de la liturgia y de su reforma no es la gratificación de los distintos ministros, ni atraer ‘clientes’ deseosos de novedades espectaculares, sino la reforma de nuestra manera de ser cristianos” (Sirboni). Los ritos, canto incluido, en la medida en que se viven con decoro, son signos performativos.

Manipulaciones

Si el canto está estrictamente ligado a la liturgia para cumplir su ministerialidad, debe ejecutarse bien, sin aditivos arbitrarios.

Mogol, respecto a la música ligera, dice a sus alumnos que alterar la melodía y las notas de una canción representa una falta de respeto hacia autores y compositores. La melodía es parte integral e indivisible de la obra, fruto de un acto creativo: debe respetarse en su forma original, porque cualquier modificación sustancial, según él, desnaturaliza su esencia. El gran Fabrizio de André sigue siendo un modelo válido de interpretación hecha con precisión en la pronunciación, fidelidad a la partitura e inteligente identificación con la obra. Tanto más esto vale para el canto litúrgico.

Sin embargo, frecuentemente se ven músicos con grandes carpetas llenas de cantos solo con las palabras y acordes, indicio claro de que se depende de la memoria de la melodía: como consecuencia, se escuchan notas cambiadas o agregadas arbitrariamente. Esto puede entenderse en un contexto de revival televisivo nostálgico, pero la liturgia no es momento de revival ni de exhibición subjetiva con gestos sentimentales exagerados por parte del solista.

El maestro Riccardo Muti, denunciando lo que él llama “el mal hábito de tocar en la iglesia cancioncillas banales, acompañadas por ‘rasgadores’, con textos vacíos de significado donde sería mejor el silencio para hablar con Dios”, muestra una evidente y comprensible intolerancia hacia ciertos instrumentos.

Se trata, en ausencia de otra cosa, de saber usarlos: conozco un joven animador del canto litúrgico que adapta inteligentemente el acompañamiento con guitarra al carácter del canto. Dependiendo del tipo, alterna arpegios y rasgueos (strumming), de modo que la ejecución instrumental no supere las palabras ni cambie la naturaleza de la canción. Un canto contemplativo se ejecuta con arpegios delicados; uno alegre y vivaz requiere un strumming inteligente.

Si la percusión en las orquestas sinfónicas no condiciona el ritmo sino que subraya con autoridad y dignidad los momentos y pasajes fuertes, la percusión incorporada en los teclados lo arruina todo. Se debe tocar con educación musical y atención al canto que debe ser oración. “Tocad la cítara y cantad himnos con arte” (Salmos 32 y 47).

A veces se escuchan cantos de Frisina acompañados con guitarra: esas melodías adquieren deformaciones rítmicas, casi desarticuladas, ajenas a la intención del autor.

En muchas diócesis existen escuelas o institutos de música sacra para la formación adecuada y no improvisada de organistas, directores de coro, guitarristas y cantores.

El órgano sigue siendo, en todo caso, el instrumento musical de elección para la liturgia: “En la Iglesia latina se tendrá en gran honor el órgano… cuyo sonido puede añadir esplendor a las ceremonias y elevar poderosamente los ánimos a Dios y las cosas celestes. Otros instrumentos se pueden admitir en el culto divino…, siempre que sean adecuados al uso sagrado o se puedan adaptar, convengan a la dignidad del templo y favorezcan verdaderamente la edificación de los fieles” (SC 120).

Buenos días tristeza

Recientemente, conversando con un amigo teólogo sobre los cantos de iglesia, le comentaba mi sensación de que ciertos cantos son casi todos iguales y envueltos en un velo de melancolía. Para mi sorpresa, me confesó sentir lo mismo. Tal vez también a él le pasa participar en misa con la familia esperando pacientemente que termine el canto de turno”, como decía el maestro Carlo Maria Giulini, para volver a vivir la liturgia sin distracciones.

Tal vez exagero y generalizo, sin considerar muchas realidades donde el canto litúrgico llevado a cabo correctamente guía la mente y el corazón a Dios. De todas formas, E. Brignano, en uno de sus monólogos, imitó con exactitud la manera lenta y melancólica con que se ejecuta el bello y vivaz Aleluya de Taizé, incluyendo el inevitable strumming de guitarra.

El júbilo

El Salmo 99, en la versión para canto de Gelineau, a partir del estribillo de Stefani, es un canto de alegría: “Venid al Señor con cantos de alegría. Toda la tierra, aclama al Señor, servid al Señor con alegría, venid a su presencia con cantos jubilosos”.

¿De dónde surge la alegría en la celebración? Ciertamente del “clima festivo de la celebración motivado por la conciencia del encuentro con el Resucitado. El banquete eucarístico nutre también la esperanza del encuentro definitivo con el Esposo. Para que la fiesta se viva así, la asamblea debe reconocerse en el Señor como su cabeza. La asamblea crea la fiesta, porque al encontrarse fraternamente puede ser fuente de una alegría mayor (San Jerónimo); pero también, a la inversa, la fiesta crea la asamblea, porque celebrar la muerte y resurrección del Señor es anticipar hoy la futura fiesta, la de los últimos tiempos” (Enzo Lodi, Liturgia della Chiesa, p. 118-119).

En muchos cantos se nota una alegría afectada y un cierto tono jovial que a menudo parece en contraste con “el dolor infinito del que está lleno el mundo” (San Quinzio) y el grito de los oprimidos. Otra cosa es el júbilo como experiencia espiritual de la presencia de Dios, fruto espontáneo y no artificial de melodías y palabras que, hablando al corazón de la asamblea, crean un clima de “cantos gozosos”.

Una idea de júbilo musical se puede tener escuchando la Tocata, Adagio y Fuga de Bach (BWV 564), justo después del solo de pedal en el primer movimiento, o sus 5 conciertos para piano y orquesta.

Muchos cantos ejecutados en el tiempo adecuado (no de manera floja que elimina las síncopas) crean un clima festivo sin forzar nada y, aunque algo antiguos, tienen capacidad de hablar al corazón.

Podemos pensar en los cantos ‘de siempre’ desde la reforma conciliar… Son cantos que, con el tiempo, siguen siendo actuales y emblemáticos por su pertinencia ritual y por su capacidad intrínseca, musicalmente, de involucrar a todos en un clima alegre y sin forzamientos.

Un toque de humor

Manuel Belli, teólogo y liturgista, experto con los jóvenes e inigualable en sus “bromas de cura”, ofrece criterios para un buen canto litúrgico, comenzando con afirmaciones banales que obviamente cuestiona: “Basta que sea un canto nuevo, que sea muy ‘guitarrable’, rítmico y que guste a los jóvenes”. Enumera otros tres principios o criterios erróneos: “Si es nuevo, está bien; nuevo es bello; guitarra contra órgano, gana la guitarra”. En cambio, “nuevo sí, pero con estilo” (y ciertamente no es estilo gritar los finales de manera estridente). Manuel denuncia, finalmente, una forma de consumismo e invita a “gastar menos energía (y dinero) buscando todos los cantos nuevos que se encuentran en YouTube (o en el prolífico mercado editorial), y en cambio tratar de afinar el oído para un canto sacro de mayor garra. Educarse en la música sacra para profundizar en la liturgia”. Invita finalmente a refinar el gusto escuchando ciertos cantos de Taizé y… el gregoriano”.

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