Marcello Neri
Este texto nace porque dos comunidades parroquiales del área metropolitana de Milán han decidido no sufrir pasivamente su agregación en lo que la diócesis milanesa llama «comunidades pastorales». Y este es ya un primer paso, quizás más importante de lo que ellas mismas puedan imaginar, para resistir a la inercia administrativa con la que se procede en muchas diócesis de Europa.
No me parece que la burocracia eclesiástica de agregación de parroquias haya producido hasta ahora una pastoral diferente de la practicada anteriormente. Se traslada el paquete de un contexto a otro, se racionaliza algún servicio pastoral (generalmente horarios y número de misas… sic!), se concentran algunas actividades como la catequesis, y así sucesivamente… en fin, después de la agregación es como si no hubiera pasado nada.
Y esto tranquiliza al burócrata eclesiástico que está a la cabeza de esta operación antinatural respecto al sentido originario de la parroquia, en su vínculo con el territorio y con la gente que, de un modo u otro, pertenece a él. Pero esta tranquilidad de las curias diocesanas tiene un alto coste: por un lado, el de la desilusión de la multitud que constituye la parroquia (la gente, los fieles, los laicos y las laicas —llamadlos como queráis), que sienten ser sustancialmente invisibles respecto a los mecanismos pastorales cuyos hilos se manejan en otra parte; y, por otro, la pérdida de las últimas motivaciones y entusiasmos de los curas —cuyo malestar de clase nace, a mi juicio, más por razones internas a las Iglesias locales que por la pérdida de relevancia social de su rol (si alguien, hace treinta años, entraba en el seminario convencido de que el ministerio ordenado implicaba un aura de honor civil, había que frenarlo desde el principio; si, en cambio, se le inculcó durante la formación, entonces los seminarios deberían cerrarse inmediatamente).
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Y, sin embargo, la latencia sutil de este inconsciente eclesial de agregación de parroquias, donde se trastoca la vida de una comunidad precisamente para que nada cambie, corre el riesgo de imponerse incluso cuando la gente y los sacerdotes intentan construir caminos para ser protagonistas de este viaje hacia la comunidad que vendrá. Aquella que no es el mero clon extragrande de lo que había antes, sino la invención de un nuevo modo de ser convocados por el Espíritu para hacer circular la Palabra en las calles de la gran ciudad.
Esta latencia se manifiesta, por lo general, según dos registros: los ajustes y las cosas que se deben seguir haciendo porque no se pueden dejar de hacer.
Empiezo, muy brevemente, por la segunda actitud. ¿Existe realmente algo que deba hacerse absolutamente en una parroquia, o este sentimiento de obligación nace más bien de una imposición generada por el hecho de que siempre se ha hecho así y, por tanto, no es posible otra cosa?
Me atrevería a decir que el único mandamiento evangélico para una comunidad cristiana es celebrar la memoria del Señor el domingo y rezar juntos —me cuesta encontrar otros. Todas las demás cosas que consideramos obligaciones son, en su mayoría, acumulación de prácticas pastorales y formas de control autoritario eclesial. Dado que, con la agregación de parroquias, es precisamente la autoridad eclesiástica la que va contra el deseo de Jesús de ser recordado cada domingo en cada comunidad cristiana, entonces cada comunidad (y dentro de ellas sus sacerdotes) puede sentirse sumamente libre: la comunidad que vendrá no está obligada por nada, salvo por una creativa fidelidad al deseo evangélico del Dios de Jesús.
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La primera actitud es la de los ajustes de lo existente a la nueva condición de ser una comunidad de ex-parroquias. Hay algo verdadero y sagrado encerrado en esta tentación —algo que llamaría fidelidad a la propia historia de comunidad, sobre lo que volveremos. Pero aquí, el límite entre fidelidad y apego insano es casi imperceptible; y los ajustes son a menudo el camino fácil que conduce a la repetición del statu quo —es decir, a dejar todo como estaba, con gran alivio para la burocracia administrativa de la curia. Poner remiendos nuevos en un vestido viejo no solo es antievangélico, sino que también significa perder un kairós comunitario que, a diferencia de nuestras prácticas pastorales, no se repetirá.
Propondría, entonces, percibir el hecho contingente de la agregación de parroquias como un acontecimiento del tiempo mesiánico: tiempo que rompe la cadena de causalidad, pero también tiempo que subvierte los ordenamientos religiosos y desactiva prácticas que presumían ser índice de la fidelidad del pueblo a Dios. Las razones por las que se obliga a comunidades parroquiales a agregarse, sin pedirles nada, son totalmente contingentes, banales, casi irrespetuosas para con la dignidad que una comunidad de fe tiene ante los ojos del Señor: hay pocos sacerdotes (¿pero una comunidad cristiana —y católica en este caso— necesita un sacerdote para existir como pueblo convocado por el Espíritu en la ciudad de mujeres y hombres?).
Para las comunidades implicadas, partiendo de la conciencia de que son dignas de ser y permanecer como tales ante los ojos de Jesús, aunque la autoridad eclesiástica no lo tenga en cuenta, se trata de captar esta razón minimalista, de burocracia administrativa de la fe, y transformarla en una oportunidad evangélica —donde se destapan techos, se derriban muros y se contradice incluso el Sábado con tal de hacerse prójimo de Jesús, de hacer encontrar la vida humana tal como es con la promesa de Dios que es el cuerpo del Señor.
Tanto la vida de Jesús, como la de las primeras comunidades mesiánicas en su nombre, e incluso el ministerio de Pablo, están llenos de episodios contingentes —más aún, podríamos decir que están hechos de ellos de arriba abajo; porque solo así se puede estar realmente dentro de la historia de nuestra común humanidad. Pero supieron captar y leer esta inmersión en la contingencia de la vida humana de un modo sapiencial; y así convirtieron las ocasiones contingentes en una fuerza generadora.
El evangelio está lleno de estos hitos; basta pensar en el encuentro de Jesús con la mujer sirofenicia: donde la fe de una extranjera, una no perteneciente, trastorna el programa pastoral de Jesús y lo obliga a una reformulación radical respecto al destino de su estar «en medio de nosotros». Jesús es su propia destinación y, por tanto, aprende aquí de una mujer, una extranjera, el sentido mismo de su ser —no poca cosa para una contingencia.
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Este es el modo en que las comunidades parroquiales implicadas deberían leer y manejar la ocasión contingente de su agregación. El primer paso es imaginarse como comunidad (en singular) en estado naciente —y no como comunidades (en plural) en transición burocrática. Como en los evangelios y en las cartas, una comunidad que quiere ponerse en estado naciente no es una comunidad que reniegue de su historia, no es una creación ex nihilo sin pasado ni memoria —porque está hecha de la memoria poderosa de haberse reunido durante años y décadas para celebrar la memoria del Señor.
La comunidad en estado naciente inserta la historia que la ha hecho y moldeado en una situación nueva y distinta, la interpreta desde esta última (que incluye también las enormes mutaciones profundas del «territorio» que representa el referente constitutivo del ser parroquia), e imagina un nuevo modo de ser. Pablo me parece una referencia iluminadora y potente para acompañar a una comunidad naciente a cultivar una fidelidad generativa a la historia que la ha formado.
Percibir la agregación de parroquias como un acontecimiento del tiempo mesiánico significa convertir la fidelidad a la propia historia de comunidad en una fuerza generadora, y no en un resentimiento nostálgico por algo que ya no podremos ser. Generar es el gesto más íntimo y arriesgado de una fidelidad a la propia historia, aquel que se atreve a soñar un futuro como espacio de libertad entregado a historias que ya no serán la nuestra —pero que no existirían si la nuestra no hubiera existido. Creo que esta debe ser la mentalidad de fondo y la disposición práctica que caracterizan a una comunidad que quiere pasar de una condición de estabilidad a la posición de estar en estado naciente —y experimentar así la alegría y la embriaguez de una nueva mañana de su historia.
Pero ¿qué significa todo esto en concreto? Intentemos imaginar juntos los pasos de una comunidad generativamente fiel a la historia que la ha llevado a ser lo que es hoy; pasos que la hagan pasar de una condición de repetitividad estable a una de imaginación de la comunidad que vendrá.
Una fidelidad en situación a la propia historia
El primer paso es reapropiarse de la propia historia de manera evangélicamente crítica; porque solo así lo que hemos sido no dominará ni gobernará lo que deseamos llegar a ser y lo que podremos llegar a ser. Esto significa releer la historia de la propia comunidad no tanto desde ella misma, sino más bien con los lentes de la concreción del territorio que rodea las parroquias llamadas a agregarse entre sí.
Nuestras parroquias actuales son como supermercados de la oferta religiosa, donde la máquina pastoral exige que se haga de todo: desde la catequesis para niños hasta los funerales de los ancianos; desde el grupo bíblico hasta los eventos para jóvenes, y así sucesivamente. Tenemos una pastoral parroquial que es dispersa, además de agotadora en términos de fuerzas invertidas —una pastoral así no solo no sirve, sino que es sutilmente perversa. Es urgente pasar de ser comunidades de acumulación de prácticas pastorales a una comunidad que se concentre en algo esencial. Y este es el modo de releer la propia historia comunitaria, para encontrar en ella aquella práctica en la que no solo uno pueda reconocerse, sino que también haga reconocible a la comunidad en las calles y casas del territorio «circundante».
Una comunidad naciente es aquella que sabe reducir drásticamente el menú de cosas (pastorales) que se hacen, que sabe cocinar bien un primer plato (y quizás un segundo, pero no más), dándole un sabor que no se encuentra en otro lugar, porque está preparado según una receta de fe cultivada y actualizada con ingredientes de una historia que solo esa comunidad tiene a sus espaldas.
En el camino, y en la conflictividad necesaria para identificar esta práctica distintiva, que encierre en sí toda la originalidad de una larga historia comunitaria, hay que tener presente otro factor: debe tratarse de una práctica pastoral de fe que falte en otros lugares, tanto en lo religioso como en lo socio-cívico.
Releer evangélicamente la propia historia comunitaria significa entonces identificar aquella práctica de fe y ese sentido de vínculo social que no está disponible en los espacios y lugares “circundantes”. Entre los muchos y dispersos referentes evangélicos que fluyen en el cuerpo de las comunidades que se agregan, hay que elegir algunos, pocos, mejor uno solo, que sepa expresar una fidelidad situacional y generativa a la propia historia comunitaria, haciendo síntesis de ella, y que al mismo tiempo sea capaz de encontrar las necesidades de un territorio que ha cambiado profundamente en su modo de ser, mientras nosotros y nuestras parroquias seguimos siendo los inmutables que se repiten en su identidad.
Porque en la historia de nuestras comunidades parroquiales se ha inoculado también este virus perverso de la misma repetición, junto al de la acumulación estratificada de prácticas pastorales yuxtapuestas unas con otras (sin una verdadera dirección ni razón de ser). El ejemplo más evidente es la catequesis para la iniciación cristiana que, de hecho, es una práctica pastoral que produce abandono; y, en lugar de cuestionarla, simplemente hemos adelantado su inicio (pronto convocaremos a los bebés que aún están en la cuna, si seguimos así) —sin que esto produzca ningún efecto concreto positivo.
Empezamos antes, drenamos más fuerzas, agotamos a educadores y educadoras, hacemos enloquecer a los sacerdotes en la búsqueda de algún voluntario sacrificial de último momento, para llevar a chicos y chicas a tomar rápidamente la puerta de salida de nuestros oratorios. Y a los que quedan tenemos muy poco que ofrecer, salvo prácticas retóricas y algún moralismo de ocasión. Y, al mismo tiempo, no hemos generado una idea pastoral dirigida a los abandonantes que ya están “lejos” de los muros de nuestras parroquias (salvo esperar y esperar que “vuelvan” por sí mismos, a pesar de nosotros).
Detrás de esta tragedia cómica de nuestra pastoral está el hecho de que no somos capaces de decir el Evangelio a la gente de nuestro tiempo tal como es; y no nos damos cuenta con alegría de que la Palabra, en cambio, circula eficazmente por los meandros de la vida de nuestra ciudad —de hecho, incluso estamos un poco resentidos por ello. Y, de todas formas, no hacemos nada o muy poco para seguirla en estas divagaciones. Creo que, en parte, esto se debe a la desconexión que se ha creado entre el territorio (y sus mutaciones) y la manera de concebir y vivir la parroquia.
Porque el territorio, referente que da sentido y constituye esa invención del Concilio de Trento que llamamos parroquia, ha cambiado profundamente —mientras la parroquia se ha quedado atrapada en el espejo encantado de la misma a sí misma.
Si la manera de vivir el territorio cambia y la parroquia no sigue estos movimientos ondulantes, esta queda completamente desconectada de las vidas que lo atraviesan. De esta forma, la parroquia pierde su sentido de ser y se convierte en un relicto arqueológico de la fe que fue (que ha pasado inexorablemente aunque se viva hoy). Todos los intentos de ir más allá de la parroquia, sin embargo, han fracasado (tipo pastoral ambiental, sobre todo porque se concibió y actuó como pastoral de ocasión para reconducir a la parroquia) o han desembocado en un comunitarismo de afinidades electivas (tipo movimientos).
Hoy no tenemos un modelo alternativo para dar forma a una comunidad cristiana hecha de parcialidades no totalizantes, donde coexistan modos diferentes de sentir el catolicismo, con conflictos que deben ser mediados y negociados, no eliminados en la presunta armonía de un carisma que une a todos. Por lo tanto, debemos refundar la parroquia y las comunidades cristianas partiendo de los cambios de ese territorio del vivir humano que constituye su razón de ser.
Sobre cómo ha cambiado la relación entre territorio y gente existen bibliotecas enteras —y también aquí debemos elegir, entre las muchas interpretaciones, aquella que pueda acompañar de manera más efectiva el camino generativo de una comunidad cristiana en estado naciente.
Arriesgando una síntesis extrema, se podría decir que el cambio más profundo del territorio ha sido el paso del habitar al transitar.
El territorio se ha convertido en un lugar de paso, un momento transitorio en la vida de la gente —no ha desaparecido, sino que se ha deslocalizado y se vive, frecuenta y siente como tal (por eso, antes, puse la palabra “circundante” entre comillas al hablar del territorio). El territorio circundante a la parroquia ya no es un espacio geográfico de la ciudad (o no solo eso), sino que se ha ampliado, expandido, ha dejado atrás los marcadores físicos del espacio, y se ha convertido en el cruce de un ir y venir existencial, fragmento de una de las muchas localizaciones (reales-virtuales) donde se desarrollan hoy las historias de las personas, de nuestra gente.
Una comunidad naciente (parroquial o pastoral) es una comunidad que sabe seguir estos movimientos de “su” territorio, que sabe jugar con la dislocación y ofrecer oportunidades de resistencia a sus efectos anti-humanistas. Que no se piensa como un gran vientre que engulle las vidas de otros, sino como un útero que genera vidas que estarán en otro lugar.
De-marcadores comunitarios: la sabiduría de indicar a otra parte
Una comunidad naciente que se concentra en uno, o pocos, denominadores evangélicos de reconocimiento y reconocibilidad de su sentido de ser entre la gente de los barrios de nuestras ciudades, por un lado, y que se modela adaptándose a la dislocación del territorio por donde transitan las multitudes, requiere la disponibilidad para aprender a conectarse en red con otras realidades religiosas (no solo parroquiales, no solo cristianas) y socio-cívicas.
El denominador de una comunidad cristiana se practica así como un indicador hacia otros sujetos con los que se trabaja conjuntamente a favor de la vida de la gente y por el bien de las multitudes. Y es precisamente esta función de indicación la que actúa como de-marcador de la comunidad parroquial (es decir, desactiva aquellos marcadores comunitarios que la encerraban en sí misma, haciéndola impermeable a lo que ocurre en el territorio, del cual es un elemento constitutivo). De este modo, el de-marcador comunitario permite ensanchar la malla del tejido conectivo de la comunidad cristiana, haciéndola capaz de deslocalizarse también ella.
Así, ya no será necesario que una parroquia/comunidad pastoral tenga que asumir la carga de todos los servicios pastorales y litúrgicos de la fe, y será capaz de distribuirlos sin celos ni envidia entre una pluralidad de referentes posibles presentes dentro de un territorio dislocado en sí mismo. Concentrándose en una práctica pastoral, en el sentido que mencionábamos antes, como de-marcador comunitario, la comunidad cristiana indica más allá de sí misma, para acompañar a la multitud hacia el “otro lugar” donde podrá encontrarse con otras prácticas pastorales. Pero no solo eso.
En el territorio dislocado, la red conectiva de la comunidad cristiana debe tejerse también con sujetos socio-cívicos (desde las escuelas hasta el barrio, desde los servicios sociales hasta el tercer sector, etc.), porque el humanismo evangélico de la fe sabe que el mandato del Señor fluye en las necesidades humanas de las personas: dondequiera que estén y quienesquiera que sean. De este modo, la parroquia deslocalizada logrará considerar “suyos” también a aquellos que realizan gestos evangélicos en otros lugares (es decir, en la dislocación); y sentirá como “suyas” también a las personas que transitan por esos otros lugares hacia los cuales su de-marcador/indicador comunitario las ha dirigido y acompañado.
Este cambio de paradigma en la autocomprensión de la parroquia se hace ahora, en un momento como este, en que dos comunidades están llamadas a unirse, o no se hará nunca más —porque el tiempo útil ya ha quedado atrás. Si no se entra en una mentalidad de comunidad naciente, deslocalizada y capaz de indicar más allá de sí misma, el sentido pastoral de la parroquia se extinguirá, y de ella solo quedará la vestimenta canónico-administrativa.
Convenir para orar juntos
Una comunidad en estado naciente también debe identificar una forma de oración, un momento de celebración del tiempo y de su transcurso, que alimente espiritualmente la práctica pastoral alrededor de la cual se concentra. Y la comunidad que se reúne para rezar juntos es un sujeto que la autoridad eclesial no puede ni debe disolver, agregar o deslocalizar. Más allá de cualquier nombre técnico o canónico, esta comunidad en oración es la parroquia (en su sentido evangélico) y debe permanecer como tal —es decir, debe continuar existiendo como comunidad cristiana.
Celebrar bien los tiempos de la liturgia y los de la vida de la gente es un arte que siempre hay que reaprender —porque incluso la celebración de y en la comunidad cristiana debe ser capaz de seguir la deslocalización del territorio atravesado tanto por la multitud como por los discípulos y discípulas del Señor. También en este punto, es necesario que la comunidad naciente haga un esfuerzo de concentración, tratando de responder a la pregunta: ¿cuál es la manera de reunirse en oración que expresa y anima lo específico del de-marcador comunitario, del estilo de ser comunidad?
No necesariamente debe ser la misa diaria, de hecho —si es cierto que donde «dos o tres están reunidos en su nombre», allí la presencia de Jesús es segura y real. Aquí no se trata de inventar, sino de interrogar la experiencia de la comunidad y del territorio en situación deslocalizada para discernir qué manera de reunirse en oración define su ser comunidad. Pero es necesario elegir y practicar cuidadosamente, con atención y disponibilidad. Celebramos bien en lo cotidiano una cosa (el nacer, el morir, la lectio, las vísperas o las laudes), hagámoslo con pasión y convicción, y para lo demás indicamos hacia otros desplazamientos territoriales del orar juntos.
Y si pensamos la comunidad cristiana como una red deslocalizada, y no como una identidad obsesivamente cerrada en sí misma, entonces seremos capaces de generar una red litúrgica y espiritual difusa, de la cual la comunidad forma parte precisamente en la parcialidad limitada de nuestro reunirse en oración, que atraviesa el territorio y sus múltiples tránsitos de la vida humana.
Sobre las competencias profesionales de la fe y sus lugares
Como último aspecto, quisiera subrayar la urgencia de una valorización pastoral no solo de las competencias profesionales de los miembros de una comunidad parroquial, sino también y sobre todo de los lugares civiles y laicos en los que estas competencias se ejercen cotidianamente. Estos lugares, deslocalizados en el “otro lugar” de la ciudad (a veces del mundo), son lugares propios de una comunidad parroquial en estado naciente —es decir, no son su dispersión, sino la posibilidad de su eficacia pastoral en el otro lugar de la deslocalización. Lugares que se convierten en territorio de la parroquia si esta sabe pensarse más allá de su mera ubicación geográfica.
Cuando se trabaja cada día, no se está “fuera” de la parroquia, no se hace otra cosa que cuidar la fe, sino que se está en el corazón palpitante de la pastoral parroquial y en los espacios/tiempos de su destino a la ciudad. Escuelas, bancos, oficinas, tiendas, farmacias, dondequiera que estén en la gran ciudad, deben ser comprendidos como territorios de la comunidad parroquial que sabe atravesar la deslocalización del vivir típica de nuestro tiempo (no creo que sea difícil imaginar cuánta atención pastoral es posible trabajando en una farmacia, cuánto tiempo se pasa con los jóvenes acompañándolos en la vida y en la formación humana enseñando en la escuela…).
Imaginemos la fuerza y el impacto de hacer de la parroquia el espacio/tiempo en el que esta deslocalización de las competencias profesionales de su cuidado pastoral se convierte en posibilidad de entrelazarlas, de aprender unas de otras, de confrontarse sobre lo específico de cada una dentro del horizonte de un destino pastoral de la fe que las une. Se abrirían así escenarios que no serían posibles sin esta interconexión parroquial de las competencias profesionales de la fe, cultivadas en el signo de un común humanismo evangélico.
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Este es el trabajo que se abre cuando las comunidades cristianas no se limitan a sufrir su agregación administrativa, sino que la convierten en una oportunidad evangélica, una entrada en la urgencia del tiempo mesiánico que Jesús siempre lleva consigo. Este trabajo hay que empezarlo y llevarlo a cabo —en el tiempo que queda. Después, es bueno seguir la palabra de Jesús: tomar el arado sin volver la mirada atrás.