Raúl del Val Reizábal, scj
Hoy, en este IVº Domingo de Tiempo Ordinario, y junto a los anteriores domingos, nos traslada a los comienzos del ministerio público de Jesús, iniciado después de su bautismo en el Jordán.
Hoy el evangelio nos lleva a la primera gran predicación de Jesús según el evangelio de Mateo. Se trata del texto de las Bienaventuranzas, que viene acompañado de otras dos lecturas con las que une bien a través del tema de la pobreza y la humildad como vías seguras, aunque sorprendentes, de felicidad presente y futura.
El mensaje de hoy, las Bienaventuranzas, es quizás la página más desconcertante, provocativa y desafiante de la Buena Noticia, del Evangelio de Jesús; es justamente el corazón del mismo Evangelio. Los ricos, los soberbios, los poderosos se sienten autosatisfechos: tienen lo que quieren. Pero se encuentran peligrosamente encerrados en sí mismos y en todo lo que tienen. Se ensalza a los pobres y a los que sufren, no porque posean poco o nada, o porque sean perseguidos, sino porque los pobres y humildes, los bondadosos y los que lloran, son conscientes de que no tienen nada más que a sí mismos para dar, y por eso son gente que espera, confiando totalmente en Dios y en los hermanos.
En la primera lectura destaca el profeta que Dios vive entre los pobres y humildes. El profeta Sofonías promete al pueblo de Dios que se salvará en el día del juicio si es pobre y humilde ante Dios poniendo toda la confianza en él.
En la segunda lectura vemos lo que dice San Pablo a los Corintios que Dios elige a los humildes. San Pablo les dice que, precisamente por su humildad, están abiertos a Dios y que Cristo es su fortaleza.
En el Evangelio de Mateo nos cabe resaltar esta gran pregunta: ¿Quiénes son los felices? Si tomamos conciencia de lo pobres y vacíos que somos, Dios nos hará felices.
La felicidad, seguramente, es la meta principal que todos buscamos en la vida. Y si preguntásemos a la gente cómo buscan ser felices, o dónde buscan su propia felicidad, nos encontraríamos con respuestas muy distintas. Algunos nos dirían que en una vida de familia bien fundamentada; otros que en tener salud y trabajo; otros, que en gozar de la amistad y del ocio…, y los más influidos quizá por esta sociedad tan consumista, nos dirían que, en tener dinero, en poder comprar el mayor número posible de cosas y, sobre todo, en lograr ascender a niveles sociales más altos.
Estas bienaventuranzas que nos propone Jesús no son, precisamente, las que nos ofrece nuestro mundo de hoy. El Señor nos dice que serán «bienaventurados» los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que buscan la paz, los perseguidos por causa de la justicia… (cf. Mt 5,3-11).
Este mensaje del Señor es para los que quieren vivir unas actitudes de desprendimiento, de humildad, de deseo de justicia, de preocupación e interés por los problemas del prójimo, y todo lo demás lo dejan en un segundo término.
¡Cuánto bien podemos hacer rezando, o practicando alguna corrección fraterna, cuando nos critiquen por creer en Dios y por pertenecer a la Iglesia! Nos lo dice claramente Jesús en su última bienaventuranza: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa» (Mt 5,11).