Raúl del Val Reizábal, scj
Hoy, en este IIIº Domingo de Tiempo Ordinario coincide con la Conversión de San Pablo y termina el Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos, que comenzó el pasado 18 de enero bajo el lema: «Un solo Espíritu, una sola esperanza».
A lo largo de estos días, de la mano del apóstol san Pablo, hemos contemplado y rezado con la imagen de la Iglesia como cuerpo de Cristo, buscando la unidad en la fe a través de un conocimiento cada vez más profundo de Jesucristo que transforma la vida y nos lleva a renovar nuestra mente y a hacerlo vida. Es decir, amar como él ama, servir como él sirve y ser reflejo de su persona.
En este tercer domingo del tiempo ordinario vemos en la Palabra de Dios como Jesús es la LUZ para todos nosotros.
En la primera lectura, del profeta Isaías, nos dice que las promesas de Dios son LUZ para su Pueblo. En los días oscuros de opresión y deportación, Dios promete a su pueblo la LUZ de la alegría y la salvación.
En la segunda lectura, de San Pablo a los Corintios, les recuerda que estén unidos a Cristo. Los cristianos de Corinto están divididos, cada uno dando culto a la personalidad de los que les predicaban el evangelio. Pablo les dice: ¡No dividáis a Cristo; vivid unidos en él!
En el Evangelio, de Mateo, nos recuerda que Cristo es la luz para todos los que viven en oscuridad. Jesús cumple la profecía de Isaías: Él es la LUZ prometida, porque nos trae la Buena Noticia de Salvación.
«Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt 4,23). Ni las amenazas, ni el miedo al qué dirán o las posibles críticas pueden retraernos de hacer el bien. Quienes estamos llamados a ser sal y luz, hacedores del bien y de la verdad, no podemos ceder ante el chantaje de la amenaza, que tantas veces no pasará de ser un peligro hipotético o meramente verbal.
Y ante esta realidad hoy Jesús sigue llamando: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”. Y como entonces, hoy sigue llamando a muchos a colaborar con él. La invitación de Jesús a esos primeros discípulos encierra cierto misterio. Dice el texto que aquellos hermanos pescadores respondieron de forma radical: dejaron todo y lo siguieron. Hoy sabemos que el camino no fue tan sencillo. Ir tras Jesús, seguirle, implica conocerle, escucharle, configurarse con él, tener sus mismos sentimientos, preferir a los mismos que él prefirió, tener la misma relación con el Padre que él tuvo, padecer como él padeció…
Sólo entonces podremos ser pescadores de hombres, evangelizadores que anuncian el Reino de Dios con palabras y con hechos, capaces de portar LUZ y esperanza, y liberar de todo mal y dolencia en este momento de la historia.
Una fortaleza que parece olvidarse, a veces, es que este camino de discípulos y apóstoles no lo realizamos solos. Siempre lo vivimos con otros hermanos, lo recorremos en comunidad.
Que el Señor nos abra el oído y el corazón para escucharle, como lo hizo con San Pablo, y transforme nuestras vidas para mostrarle.