Celebramos, en este 1 de enero, el final de la octava de Navidad. Tal y como nos marca el relato, a los 8 días del nacimiento cumplen con la tradición, siguiendo la ley judía, de circuncidarlo y ponerle el nombre de Jesús.
Con la imposición del nombre, encargo del Gabriel tanto a José como a María, el niño no solo es reconocido como legítimo descendiente de David, sino que se reconoce la misión que conlleva esta denominación: Dios salva.
En efecto, estamos llamados a reconocer en esta pequeña criatura a aquel que, en palabras del ángel a los pastores, es “el Salvador, el Mesías, el Señor”
Es toda una paradoja, que exige de nosotros un acto de fe, en la desproporción de títulos y la señal que encontraron al llegar a su presencia: un padre, una madre y un recién nacido recostado en un pesebre.
Precisamente, iniciamos el año de la madre de este niño, a quien reconocemos como madre de Dios, Theotokos, la única que parece aceptar la necesidad de profundizar en el misterio que estamos viviendo, pues como nos dice el autor sagrado, guardaba todas estas cosas en su corazón.
Así, de la mano del Señor Jesús y de María, su santísima madre, iniciamos este nuevo año 2026.
Ante nuestros ojos se abren 365 posibilidades de encontrar su rostro. Sólo Dios sabe lo que nos depara esta aventura. Una cosa es cierta, cada día que vivamos de este año no debe caer en la rutina ni en el saco roto del tiempo malgastado, sino que se convierte en una oportunidad maravillosa de amar y ser feliz, o lo que es lo mismo, pero con un lenguaje diferente, alcanzar la santidad.
Para poder conseguir esta meta, el Señor nos regala su bendición. Es un relato precioso esta breve forma litúrgica con la que Aarón y sus hijos, por medio de Moisés, bendecirán al pueblo. No importa quien pronuncie estas palabras, ya sea Aarón, sus descendientes, Francisco de Asís o cualquier cristiano, lo importante es que las promesas que contiene proceden del Señor.
El destinatario de esta bendición de Dios es todo el pueblo, el Señor nos regala esta preciosa condensación de su amor para cada uno de nosotros.
Entre sus promesas está la concesión de la paz. El término hebreo shalom es algo mucho más fuerte que la ausencia de violencia, sino que comprende todas las realidades que implican el bienestar de la persona.
En este primer día del año, que desde 1968 está consagrado por san Pablo VI como la Jornada Mundial por la Paz, pidamos al Príncipe de la paz que nos conceda la conversión del corazón para que podamos hacer de nuestro mundo lo que Él ha soñado: el reino de la paz y la justicia, de vida y verdad.