Dehonianos

Raúl del Val Reizábal, scj

La Palabra de Dios, en este VI º Domingo de Tiempo Ordinario, nos anima a profundizar sobre las leyes, ordenamientos, mandamientos, ¿a quién le gustan? ¿No acaban con nuestra libertad? Vemos cómo Jesús, repetidamente, elige libremente, como en su bautismo, en las tentaciones, durante su agonía en el Monte de los Olivos. Elige a Dios, elige su misión, para eso es su vida. Él vive en nosotros; en nosotros y con él nos invita a elegir la vida y el amor y a seguirle más allá de los mandamientos. De esta manera seremos realmente libres.

Para muchos cristianos la fe es una serie de mandamientos que hay que obedecer y practicar para ser fieles. Hoy, el mensaje de Jesús es para muchos más que reglas y normas impuestas desde fuera. Nuestra fe está dentro de nosotros, en nuestros corazones, y esa fe nos dice qué hacer; el Espíritu nos inspira. Pero recuerda que no podemos hacer nada sin Jesús. Él es nuestro modelo y nuestra fuerza y estamos unidos a Él.

En la primera lectura nos dice el libro del Eclesiástico que hay que elegir entre la vida y la muerte. El profeta nos dice hoy: Dios estará cerca de ti y te iluminará con su luz si estás cerca de los necesitados.

En la segunda lectura dice San Pablo a los Corintios que el sabio plan de Dios nos conduce a la felicidad. Si amamos a Dios, si respondemos a sus deseos. Con la ayuda del Espíritu, llevamos a adelante si plan; él nos conducirá a la felicidad.

En el Evangelio, Jesús nos invita a hacer una opción radical. Jesús nos invita a ir más allá de los mandamientos para buscar la voluntad de Dios y el bien de los demás.

Hoy, Jesús nos dice «No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). ¿Qué es la Ley? ¿Qué son los Profetas? Por Ley y Profetas, se entienden dos conjuntos diferentes de libros del Antiguo Testamento. La Ley se refiere a los escritos atribuidos a Moisés; los Profetas, como el propio nombre lo indica, son los escritos de los profetas y los libros sapienciales.

En el Evangelio de hoy, Jesús hace referencia a aquello que consideramos el resumen del código moral del Antiguo Testamento: los mandamientos de la Ley de Dios. Según el pensamiento de Jesús, la Ley no consiste en principios meramente externos. No. La Ley no es una imposición venida de fuera. Todo lo contrario. En verdad, la Ley de Dios corresponde al ideal de perfección que está arraigado en el corazón de cada hombre. Esta es la razón por la cual el cumplidor de los mandamientos no solamente se siente realizado en sus aspiraciones humanas, sino también alcanza la perfección del cristianismo, o, en las palabras de Jesús, alcanza la perfección del reino de Dios: «El que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos» (Mt 5,19).

«Pues yo os digo» (Mt 5,22). El cumplimiento de la ley no se resume en la letra. Es en este sentido que Jesús empeña su autoridad para interpretar la Ley según su espíritu más auténtico. En la interpretación de Jesús, la Ley es ampliada hasta las últimas consecuencias: el respeto por la vida está unido a la erradicación del odio, de la venganza y de la ofensa; la castidad del cuerpo pasa por la fidelidad y por la indisolubilidad, la verdad de la palabra dada pasa por el respeto a los pactos. Al cumplir la Ley, Jesús «manifiesta con plenitud el hombre al propio hombre, y a la vez le muestra con claridad su altísima vocación» (Concilio Vaticano II).

El ejemplo de Jesús nos invita a aquella perfección de la vida cristiana que realiza en acciones lo que se predica con palabras.