Raúl del Val Reizábal, scj
La Palabra de Dios, en este Vº Domingo de Tiempo Ordinario, nos anima a profundizar en la Jornada mundial contra el hambre y que todos los años nos ofrece Manos Unidas. En esta ocasión el lema de la Jornada adquiere la fuera de esta invitación: “¡Declara la guerra al hambre!”. El lema se inspira en el Papa Francisco, cuando nos animó con valentía y determinación a “usar los recursos disponibles para ayudar a los necesitados, a combatir el hambre y a promover iniciativas que impulsen al desarrollo. Estas son las “armas de la paz”, recalcó.
Lo que nos sorprende del mensaje de las lecturas de hoy es cuánto confía Cristo en nosotros, incluso más que nosotros mismos. Él nos confía la misión de ser luz que ilumina el mundo, sal que preserva y da sabor al mundo con el aroma del evangelio, la misión de ser una ciudad de luz que atraiga a todos a Dios. ¡Qué responsabilidad! Hoy, pidamos a Jesús que encienda su luz en nosotros y declaremos la guerra al hambre siendo LUZ y SAL en este mundo.
En la primera lectura nos dice el profeta que Dios estará cerca de tí y tu iluminarás con su luz si estás cerca de los necesitados.
En la segunda lectura de San Pablo a los Corintios nos dice que él da testimonio de Cristo Crucificado. San Pablo reflexiona sobre su misión: no es filosofando o haciendo discursos como predicó a Cristo sino dando testimonio del Señor crucificado.
En el Evangelio nos habla de la sal y la luz del mundo. De acuerdo con Jesús nuestra tarea en el mundo es vivir en coherencia con el Evangelio de manera que la luz de Dios ilumine al mundo.
Hoy, el Evangelio nos hace una gran llamada a ser testimonio de Cristo. Y nos invita a serlo de dos maneras, aparentemente, contradictorias: como la SAL y como la LUZ.
La SAL no se ve, pero se nota; se hace gustar, saborear. Hay muchas personas que “no se dejan ver”, porque son como “hormiguitas” que no paran de trabajar y de hacer el bien. A su lado se puede saborear la paz, la serenidad, la alegría.
La LUZ no se puede esconder. Hay personas que “se las ve de lejos”: y como estamos en el mes de febrero recuerdo a San Blas, Santa Águeda, San Pablo Miki y compañeros mártires, el Papa Leon XIV, o el Párroco de un pueblo. Ocupan puestos importantes por su liderazgo natural o por su ministerio concreto. Están “encima del candelero”. Como dice el Evangelio de hoy, «en la cima de un monte» o en «el candelero» (cf. Mt 5,14.15).
Todos estamos llamados a ser SAL y LUZ. Jesús mismo fue “sal y luz” durante treinta años de vida oculta en Nazaret.
A veces estamos llamados a ser luz. Lo somos de una manera clara cuando profesamos nuestra fe en momentos difíciles. Los mártires son grandes lumbreras. Y hoy, según en qué ambiente, el solo hecho de ir a misa ya es motivo de burlas. Ir a misa ya es ser “luz”. Y la luz siempre se ve; aunque sea muy pequeña. Una lucecita puede cambiar una noche.
Pidamos los unos por los otros al Señor para que sepamos ser siempre sal. Y sepamos ser luz cuando sea necesario serlo. Que nuestro obrar de cada día sea de tal manera que viendo nuestras buenas obras la gente glorifique al Padre del cielo (cf. Mt 5,16).