Hoy nuevamente leemos el Evangelio del día de Navidad, el prólogo de San Juan.
Quizá sea bueno recordar el credo que nos regaló el Concilio de Nicea (año 325), porque el año pasado celebramos su 1700 aniversario. Tal fue sido el motivo del primer viaje apostólico del Papa de León XIV, a Turquía. Y Nicea, en su sabiduría, proclamó con profunda certeza:
«Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre».
Estas palabras no son solo un dogma, sino una luz que nos guía para entender quién es aquel nace en un pesebre. Y sí. Dios es un misterio. No lo podemos negar. Y hay muchas tesis doctorales que buscan escudriñan la verdad sobre Dios. ¡Bienvenidas todas ellas! Pero hoy, en el segundo día de navidad, se nos invita a profundizar en quién es aquel que aún calienta las pajas del pesebre.
La Palaba se hizo carne…
A mitad del Evangelio, está la afirmación: «La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.». La primera verdad teológica que podemos afirmar es que Dios no ha permanecido callado, encerrado para siempre en su misterio. Nos ha hablado. ¡Ojo!, pero no se nos ha revelado por medio de conceptos teológicos y doctrinas sublimes. La Palabra de Dios se ha encarnado en la vida tierna, sencilla y entrañable de Jesús. Y con un fin claro, para que la puedan entender y acoger hasta los más sencillos. ¡Gracias oh Dios!
Busquemos también en nuestras vidas la cercanía, ternura y sencillez para con los demás. Si Dios ha buscado la sencillez, ¿por qué tantas veces nos complicamos y complicamos la vida a los demás? ¿Por qué tantas veces imponemos criterios, buscamos la razón, miramos por encima del hombre? Quizá nos falte mirar un poco más a quien está tendido en unas pajas y muestra la sencillez de la vida.
Luz verdadera, que alumbra …
La luz permite ver, abre la oscuridad de la noche, permite que nos veamos y revela lo que somos. Ese es el reflejo de la Palabra hecha carne. Brilla en un pesebre, atrae a pastores y reyes, ilumina un sencillo refugio. Y es que la Palabra definitiva que Dios nos ha dado en su Hijo no ciega, ni deslumbra; no opaca ni embelesa. Es posible abrir los ojos y contemplar al Hijo de Dios «lleno de gracia y de verdad».
Y ser reflejo de esa luz que trasforma. Acoger la luz es apostar por una vida nueva. Acoger la verdad, la bondad y la belleza divinas. Abrazar la ternura y transmitir el fuego y vida que solo de Dios procede.
A Dios nadie lo ha visto…
Al final del Evangelio se nos dice otra gran afirmación: «A Dios nadie lo ha visto jamás. Dios Unigénito (el Hijo único), que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.» Como dije al principio, hay muchas tesis doctorales sobre Dios y muchos discursos, pero ningún teólogo lo ha visto jamás. Yo mismo estoy haciendo un excurso sobre Dios, pero ni yo, ni los que me leéis, ni nadie a lo largo de la historia, ha visto su rostro. Solo Jesús —el Hijo único del Padre—, nos ha contado cómo es Dios, cómo nos quiere, qué quiere de nosotros y cómo busca construir un mundo más humano para todos. Solo viendo a Jesús, podemos ver al Padre. Así nos lo recuerda Jesús cuando contesta a Felipe: «el que me ha visto a mí, también ha visto al Padre» (Jn 14, 9).
Y entonces nosotros, creyentes, a quienes van dirigidas estas palabras, ¿qué transmitimos con nuestras vidas? ¿Qué reflejo damos del Dios en el que creemos? Siempre a inicio de año, nos colocamos nuevos propósitos, o quizá habría que decir manidos propósitos: dietas, gimnasio, lectura, cursos, etc. ¿Por qué no subimos el listón y nos proponemos ser reflejo de Dios Hijo, en el que creemos, para ser eco de Dios Padre? Permitidme sugerir como lectura un libro muy pequeño de Antonio Pagola titulado «Volver a Jesús». Seguro que una lectura viva de los Evangelios sería suficiente, pero nunca están demás las ayudas. Y como dice Pagola en el prólogo el objetivo primordial es volver a Jesús. Impulsar esta conversión a Jesús, el Cristo, en nuestras parroquias y comunidades. Pero, sobre todo, para hacer fecunda nuestra vida, y como cristianos, ser fermento en la masa, luz a nuestro alrededor. Solo en Jesús se nos ha revelado la misericordia y la ternura de Dios. Por eso, hemos de volver a la fuerza transformadora del primer anuncio evangélico, recuperando la Buena Noticia de Jesús.