Dehonianos

Raúl del Val Reizábal, scj

Hoy, en este IIº Domingo de Tiempo Ordinario coincide con la celebración de la
Jornada de la Infancia Misionera y nos recuerda que cada uno de nosotros, desde
nuestro bautismo, tiene una vocación única. El lema de este año es «Tu vida, una
misión»
.


En este segundo domingo del tiempo ordinario, una vez concluido el Adviento y la
Navidad, la iglesia nos vuelve, otra vez, a poner un pasaje donde Juan Bautista es,
aparentemente, el protagonista. Y digo aparentemente porque todas sus palabras
son para ensalzar la figura de Jesús.


A la luz de la Palabra de Dios vemos en la primera lectura, como el profeta nos
recuerda que Dios nos ha llamado personalmente. Él confía en nosotros y nos envía
a ser luz para el mundo,“… te hago luz de las naciones, para que mi salvación
alcance hasta el confín de la tierra”
.


Y san Pablo, en la segunda lectura, nos enseña a responder a la misión a la que
cada uno estamos llamados,“…llamados santos con todos los que en cualquier
lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo…”
.


En el Evangelio, Juan el Bautista señala a Jesús como el Cordero de Dios. Los
primeros discípulos descubren que seguir a Jesús da sentido a su vida. También
nosotros, si escuchamos su llamada, encontraremos nuestra misión.


Hoy hemos escuchado a Juan que, al ver a Jesús, dice: «He ahí el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). ¿Qué debieron pensar aquellas gentes?
Y, ¿qué entendemos nosotros? En la celebración de la Eucaristía todos rezamos:
«Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros / danos
la paz». Y el sacerdote invita a los fieles a la Comunión diciendo: «Éste es el
Cordero de Dios que quita el pecado del mundo…».


No dudemos de que, cuando Juan dijo «he ahí el Cordero de Dios», todos
entendieron qué quería decir, ya que el “cordero” es una metáfora de carácter
mesiánico que habían usado los profetas, principalmente Isaías, y que era bien
conocida por todos los buenos israelitas.


Por otro lado, el cordero es el animal que los israelitas sacrifican para rememorar
la pascua, la liberación de la esclavitud de Egipto. La cena pascual consiste en
comer un cordero.

Y aun los Apóstoles y los padres de la Iglesia dicen que el cordero es signo de
pureza, simplicidad, bondad, mansedumbre, inocencia… y Cristo es la Pureza, la
Simplicidad, la Bondad, la Mansedumbre, la Inocencia.


Todos queremos vivir una vida con sentido. Y hoy la Iglesia nos recuerda algo muy
grande: nuestra vida no es casualidad, es misión. Cada uno de nosotros, desde el
bautismo, hemos sido pensados y enviados por Dios.


Para el Señor no somos uno más entre la multitud: Dios nos conoce, nos quiere
como somos y cuenta con nosotros. Cada vida es irrepetible, y cada uno tiene un
lugar en el corazón de Dios y en el mundo.


El Espíritu reparte dones distintos. Unos saben escuchar, otros animar, otros
ayudar, otros cuidar, otros enseñar… Todos esos dones son regalos de Dios para
compartir, no para guardarlos en un cajón.


Juan el Bautista señala a Jesús: «Este es el Cordero de Dios». Los primeros
discípulos escuchan y lo siguen. También nosotros tenemos que aprender a señalar
a Jesús con nuestra vida. Esa es la vocación de todo cristiano: ser misionero,
anunciar con la vida el amor de Jesús allí donde está.


El lema «Tu vida, una misión» de esta Jornada de la Infancia Misionera nos invita
a descubrir que lo importante es vivir cada día con amor.


Hoy pedimos a Dios que nos dé un corazón misionero para reconocer nuestros
dones y ponerlos al servicio de los demás. Así podemos empezar a ser misioneros
aquí y ahora, en lo pequeño, en lo cotidiano.