Ilaria Cicatelli-Danilo Di Matteo
Para Aristóteles, la educación es un modo de convertir la virtud en un hábito. Y el hábito se concibe como posibilidad de cambio más que de conservación: si realmente quiero innovar, debo intentar transformar la nueva conducta en una práctica habitual. Este concepto puede resultar útil, por ejemplo, en psicoterapia.
Pensemos en las muchas formas de descontrol de los impulsos, en sentido amplio: desde los actos (acting out) autolesivos hasta las compras compulsivas, facilitadas enormemente por internet. Cada vez más a menudo, de hecho, nos encontramos ante personas —y pacientes— que, en lugar de dar voz a sus estados de ánimo, los traducen inmediatamente (sin mediación verbal) en gestos, en actos. Es un fenómeno de observación común entre los adolescentes, si bien concierne a todas las franjas de edad.
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¿Cómo situarnos ante este fenómeno, como terapeutas? Un posible camino consiste en intentar crear las condiciones para que el sujeto consiga poco a poco expresarse: con palabras, claro está, con sueños, con el juego, con la creación artística, etc. (en ello puede percibirse el eco de la idea romántica y posromántica de la autoexpresión, de la expresión de sí mismo).
Sin olvidar que, como enseñan los manuales tradicionales de psicología y psiquiatría, existen tres grandes esferas en nuestra vida: la afectiva, la cognitiva y la volitiva. Esta última, en efecto, la dimensión de la voluntad, no pocas veces es casi ignorada. ¿Es posible una especie de educación de la voluntad? Podemos interpretar esta expresión, al mismo tiempo, como un “genitivo subjetivo”: la voluntad puede educar, orientar; y como un “genitivo objetivo”: la voluntad, la dirección de nuestras elecciones y comportamientos, puede ser educada, orientada.
Donde, naturalmente, por “educación” no se entiende una suerte de “adiestramiento”, sino un crecimiento consciente del sujeto, activamente implicado en la relación terapéutica (y, por supuesto, en las otras relaciones que caracterizan su existencia). Una ocasión, para él, de dirigirse hacia lo que de verdad desea, hacia su propio bienestar (la “traducción”, en términos contemporáneos, si queremos, de la “virtud” aristotélica). Podríamos incluso decir que, de este modo, gradualmente, el bienestar psicológico puede convertirse en un hábito.
Si, como hemos dicho, al ser humano pueden atribuirse tres dimensiones —la intelectual, la sensible y la volitiva—, conviene subrayar que dichas facultades deberían actuar en sinergia y colaboración.
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En lo que respecta a la esfera afectiva o sensible, esta concierne al proceso de sentir y, por tanto, tiene que ver con nuestras emociones, instintos, deseos y pulsiones. Una falta de regulación en esta área implica un desorden a nivel emocional y conductual, traduciéndose en comportamientos impulsivos y disruptivos, determinados más por el instinto y la emotividad que por la racionalidad y el conocimiento verdaderos.
¿Pueden considerarse estos comportamientos como una libre expresión de sí? Parecerían expresión inmediata de algo. ¿Inmediata y por tanto libre? Debemos responder que no. En efecto, los actos impulsivos, los comportamientos explosivos y toda acción instintiva representan la expresión de la esfera sensible del individuo y no pueden considerarse ciertamente una expresión del ser humano en su totalidad.
Y he aquí que volvemos a elogiar la valiosa aportación de la voluntad, que representa, si se quiere, la última y fundamental pieza de este proceso, regulando los impulsos emocionales y sensibles y orientando así nuestras acciones hacia lo que realmente es nuestro bien. Para poder hacerlo de manera eficaz, la voluntad necesitará un entrenamiento y, por tanto, ser educada. Juegan un papel determinante las virtudes, de las que ya hablaba Aristóteles, o también la más actual regulación emocional.
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También dentro del contexto de la psicoterapia, en la relación terapéutica, es posible entrenar la voluntad. Como decíamos antes, por ejemplo, creando las condiciones para que la persona pueda expresarse, es decir, garantizando un contexto de acogida y no de juicio, favoreciendo la verbalización de las vivencias en lugar de los actos conductuales, promoviendo un espacio de reflexión sobre uno mismo y sobre los propios comportamientos; espacio que, de externo, se convierte cada vez más en espacio interno, desarrollando autoconciencia y metacognición.
En este proceso (que podríamos definir no solo como “terapéutico”, entendido como curación y cuidado de un síntoma o un trastorno psicopatológico, sino también como proceso “de crecimiento”, que conduce al desarrollo sano y armonioso de la persona) la figura del terapeuta representa un elemento clave. Él, con la exquisitez de su humanidad, se presenta ante el paciente como un modelo de funcionamiento ordenado, sabiendo orientar hacia el bien y hacia el crecimiento continuo.
Para concluir estas reflexiones terapéuticas, después de haber subrayado el valor de la dimensión relacional, queremos terminar remarcando que cada individuo, independientemente de su historia, sigue siendo dueño de su vida y el cambio siempre le será posible, dependiendo este último única y exclusivamente de su voluntad.