Lorenzo Prezzi, scj
En su primer discurso al cuerpo diplomático (9 de enero), el papa León, en el marco de una argumentada exposición geopolítica, no ahorra críticas a la cultura occidental. No para despedirse de ella, y mucho menos para dar alas a las derechas «seudo-religiosas», sino más bien para que pueda desempeñar un papel en el futuro cultural y geopolítico mundial. Al igual que el papa Francisco, expresa la urgencia de que un renovado ordenamiento mundial sea coherente con las demandas de los «nuevos pueblos», más allá de las relaciones de fuerza y de las pretensiones de las ideologías colonizadoras.
Forzosamente, la intervención de este año acusa el mayor peso de la Secretaría de Estado y se sitúa dentro de los temas, el lenguaje y las preocupaciones de las últimas décadas. Pero no faltan consideraciones más específicamente ligadas al pontífice: desde la referencia fundada en Agustín hasta el tema de los viejos y nuevos derechos, desde la cuestión de las persecuciones hasta la exigencia de un lenguaje compartido.
De civitate Dei y los derechos
La referencia agustiniana remite a De civitate Dei (La ciudad de Dios) y a la urgencia de responder a la acusación dirigida a la fe cristiana de ser el origen de la decadencia imperial. «Como entonces, estamos en una época de profundos movimientos migratorios; como entonces, estamos en un tiempo de profundo reajuste de los equilibrios geopolíticos y de los paradigmas culturales; como entonces, estamos —según la conocida expresión del papa Francisco— no en una época de cambio, sino en un cambio de época».
De la profunda mutación en curso forma parte el debate sobre los viejos y los nuevos derechos. A partir del impulso dado por la ampliación de los derechos fundamentales de 1948 (del niño, de la mujer, del anciano, del medio ambiente, de la paz, etc.), se ha llegado a los «derechos sexuales», a los «derechos reproductivos», a la «salud reproductiva», es decir, a la afirmación de «derechos individuales» que, en relación con los «derechos fundamentales» (libertad personal, de pensamiento, de movimiento, etc.), no toleran ningún límite y transforman la «no discriminación» de condición para afirmar el derecho en un derecho en sí mismo. Estos, en ocasiones, se superponen a los primeros, anulándolos de hecho, y crean las condiciones para su progresiva irrelevancia y eliminación.
El Papa se refiere a un «paquete» que incluye, entre otros, la legislación sobre la familia, el cuidado de la vida naciente (aborto), la maternidad subrogada, y la muerte entre cuidados paliativos y eutanasia. En el contexto actual «se está produciendo un verdadero cortocircuito de los derechos humanos. El derecho a la libertad de expresión, a la libertad de conciencia, a la libertad religiosa e incluso a la vida, sufren limitaciones en nombre de otros llamados nuevos derechos, con el resultado de que el propio entramado de los derechos humanos pierde vigor, dejando espacio a la fuerza y a la prepotencia. Esto sucede cuando cada derecho se vuelve autorreferencial y, sobre todo, cuando pierde su conexión con la realidad de las cosas, con su naturaleza y con la verdad».
Las persecuciones y las palabras
No menos explícita es la denuncia de las resurgentes persecuciones antirreligiosas, particularmente contra el cristianismo. El 64 % de la población mundial las sufre, y entre ella hay 380 millones de cristianos afectados, uno de cada siete. Se hace una referencia explícita a Bangladés, a las regiones africanas del Sahel, a Nigeria, a Oriente Medio y a Mozambique.
En paralelo, señala «una sutil forma de discriminación religiosa contra los cristianos que se está difundiendo también en países donde son numéricamente mayoritarios, como en Europa o en las Américas, donde a veces se ve limitada la posibilidad de anunciar las verdades evangélicas por razones políticas o ideológicas, especialmente cuando defienden la dignidad de los más débiles, de los no nacidos o de los refugiados y migrantes, o promueven la familia». Aún es imprecisa la conexión entre persecución y lo que puede llamarse «cristianofobia»: tanto en su consistencia como en sus respectivas razones.
La posibilidad de un diálogo para superar los crecientes conflictos requiere «que las palabras vuelvan a expresar de manera inequívoca ciertas realidades». Un debilitamiento de la palabra se reivindica paradójicamente en nombre de la misma libertad de expresión, mientras que «la libertad de palabra y de expresión está garantizada precisamente por la certeza del lenguaje y por el hecho de que cada término está anclado a la verdad. Duele, en cambio, constatar cómo, especialmente en Occidente, se van reduciendo cada vez más los espacios para la auténtica libertad de expresión, mientras se va desarrollando un nuevo lenguaje, de sabor orwelliano, que en el intento de ser cada vez más inclusivo acaba excluyendo a quienes no se adaptan a las ideologías que lo inspiran».
El conjunto de observaciones críticas alimenta una interpretación filo-derechista e incluso una asonancia con las palabras del vicepresidente estadounidense J. D. Vance en la conferencia de Múnich (febrero de 2025), olvidando la punzante respuesta del entonces cardenal Prevost al fantasioso recurso del político estadounidense al ordo amoris de Agustín para justificar las leyes antiinmigración.
Multilateralismo y derecho humanitario
Más previsibles, pero decisivos, son dos referencias esenciales a la convivencia entre los pueblos: el multilateralismo entre los Estados y el vínculo del derecho humanitario en caso de conflicto.
La Santa Sede denuncia la progresiva e insensata erosión de las instituciones internacionales. «A una diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso de todos se la está sustituyendo por una diplomacia de la fuerza, de individuos o de grupos de aliados. La guerra ha vuelto a estar de moda y un fervor bélico se está extendiendo. Se ha quebrantado el principio establecido tras la Segunda Guerra Mundial que prohibía a los países usar la fuerza para violar las fronteras ajenas».
Se pretende una paz gloriosa a través de la guerra. «Es precisamente esta actitud la que condujo a la humanidad al drama de la Segunda Guerra Mundial, de cuyas cenizas nacieron después las Naciones Unidas, cuyo 80.º aniversario se ha celebrado recientemente».
La carrera armamentística y hacia nuevos instrumentos bélicos cada vez más devastadores cuenta hoy con una justificación poco reflexiva. Una advertencia grave que va acompañada de la apremiante exigencia del respeto del derecho humanitario para al menos mitigar los efectos devastadores de la guerra. «No se puede silenciar que la destrucción de hospitales, de infraestructuras energéticas, de viviendas y de lugares esenciales para la vida cotidiana constituye una grave violación del derecho humanitario». No existe ninguna exigencia estatal o militar superior a la inviolabilidad de la dignidad humana y a la sacralidad de la vida.
Es evidente la doble referencia al presidente estadounidense Trump y al ruso Putin. Al primero se le reprocha la voluntad de destruir el multilateralismo, de ignorar los derechos de los migrantes y de no respetar la voluntad del pueblo venezolano. Al segundo, la agresión a países independientes como Ucrania, el desprecio del derecho humanitario y la supresión del respeto a los detenidos, especialmente a los políticos. Solo marginal es la alusión a la China de Xi Jinping, con la sugerencia de un enfoque pacífico y dialogante ante las disputas.
184 Estados
Vuelven de manera insistente los llamamientos a la defensa de los pobres, de los migrantes, de los detenidos, de las familias, de los niños, de las personas con adicciones y de los moribundos. Es esencial pero preciso el listado de los principales conflictos aún abiertos: desde Ucrania a Tierra Santa, desde el Caribe (Venezuela) a Haití, desde la región de los Grandes Lagos a Sudán, desde Myanmar hasta Asia Oriental.
El consenso y el apoyo a la ONU van acompañados de la necesidad de su reforma sin perseguir ideologías de tipo colonialista. El Papa señala también elementos positivos como la vigencia de los Acuerdos de Dayton, la declaración de paz entre Armenia y Azerbaiyán y la disposición a acuerdos por parte de Vietnam. Palabras singularmente positivas se dirigen a Italia por el nuevo acuerdo sobre la asistencia espiritual a las fuerzas armadas, por la planta agrivoltaica de Santa Maria di Galeria, por la cordialidad de las relaciones con el Quirinal y por la gestión del jubileo recién concluido.
En total son 184 los Estados que mantienen relaciones diplomáticas con el Vaticano y en 93 casos las misiones diplomáticas tienen su sede en Roma. Además de los Estados, también organismos supranacionales cuentan con su representación: desde la Unión Europea hasta la Liga Árabe, desde la Organización Internacional para las Migraciones hasta el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.