Lorenzo Prezzi
¿Qué motiva hoy a un joven, hombre o mujer, a entrar en la vida consagrada? ¿Qué sostiene un paso tan exigente y “anómalo”?
Una investigación sociológica promovida por Isabelle Jonveaux, activa en el Instituto de Sociología Pastoral de la Suiza francófona y en la Universidad de Friburgo (Suiza), ha tratado de discernir las motivaciones y el contexto de las nuevas vocaciones a la vida religiosa masculina y femenina.
Entre los novicios/as y profesos/as suizos, austríacos y, sobre todo, franceses, se recibieron 157 respuestas. Demasiado pocas las suizas (9) y no muy numerosas las austríacas (16), mientras que las francesas (128) resultan significativas.
En los tres países se lamenta una disminución importante en el número total. En Suiza hay 2.057 sacerdotes (1.342 diocesanos y 715 religiosos). Los religiosos y religiosas son 4.063. En Austria los sacerdotes son 3.320, los religiosos 340 y las religiosas 2.721. Las pocas respuestas austríacas disponibles indican, sin embargo, un ingreso en la vida religiosa a una edad cada vez más adulta. Si en 1965 la edad media de los novicios era de unos 21 años, hoy ha pasado a 33 años.
Los datos y tendencias son más claros en las respuestas francesas. En ese país hay 17.300 religiosas y monjas, 4.820 religiosos y monjes, y 643 pertenecientes al ordo virginum. De los 12.000 sacerdotes, 3.000 son religiosos. De las 128 respuestas, un tercio procede de novicios/as y dos tercios de profesos temporales. El 9,6% pertenece a comunidades monásticas, el 52% a órdenes y congregaciones apostólicas y el 34,4% a las “nuevas comunidades”, especialmente Chemin-Neuf.
Fraternidad y espiritualidad en el primer puesto
Fraternidad y espiritualidad son las palabras clave que motivan la elección. La alegría, más que la ascesis, acompaña la búsqueda de quienes se acercan a la vida consagrada. Los ritmos de vida marcados por la oración y el servicio, la opción por el celibato y cierta “diferencia” respecto a la lógica del mundo expresan un deseo de radicalidad y de absoluto.
A diferencia de generaciones que invirtieron mucho en el compromiso social, las más recientes prestan más atención a la vida común y al crecimiento interior. No se entra en una familia religiosa por las actividades de enseñanza, sanitarias, misioneras u otros servicios. Hoy el religioso o la religiosa no representan ya un estatus social reconocido, y el eventual compromiso profesional no se inscribe dentro de la lógica de las “obras”. Esto ha hecho resaltar la dimensión espiritual y la vida fraterna.
Destaca también el “carisma” ligado a la figura de los fundadores. Cuanto más reconocible y claro es, más responde a las expectativas de los jóvenes. Un punto importante es el conocimiento: aquello que no se conoce, no motiva ninguna elección. Un carisma claramente definido es más fácilmente compartido. Esto vale también para propuestas de corte tradicionalista.
La investigación de Isabelle Jonveaux llega veinte años después de otra similar realizada en Francia por Julien Potel (2004). Entonces hubo 224 respuestas en territorio francés y algunas tendencias ya se intuían. Ya se percibía que la elección del instituto o familia religiosa estaba guiada por un discernimiento prudente y prolongado, con un recorrido más personal y profundo que en décadas anteriores. La “institución total” que acompañaba desde la niñez hasta la madurez ya había quedado atrás.
La mayoría de los que hoy han respondido insisten en la importancia de haber tenido tiempo para el discernimiento, en particular para elegir entre vida consagrada y matrimonio. Los nuevos ingresados suman una experiencia vital, profesional y relacional significativa. Esto puede enriquecer las comunidades, pero también abrir posibles tensiones: la exigencia de realización personal es hoy más fuerte, y no siempre se armoniza fácilmente con la vida comunitaria e institucional.
Crucial el encuentro personal
La edad media de entrada en la vida religiosa es de 26 años para las “nuevas comunidades”, 28,7 para las congregaciones apostólicas y 30,2 para las órdenes monásticas.
Las familias religiosas de más larga tradición suelen animar a tener experiencias de vida antes de aceptar una vocación. Antes de entrar, el 50% trabaja en puestos profesionales de buen nivel, el 36% en profesiones intermedias, el 6% en labores administrativas, el 3% en el mundo obrero y otro 3% en oficios artesanales, y el 1% en agricultura. La formación es media-alta, algo que ya aparecía en la investigación de Potel en 2004.
El encuentro y el conocimiento personal son decisivos. Para el 27% la pregunta vocacional nace de un encuentro personal Para el 9% se produce a través de contactos en Internet. Visitas, estancias y conexiones por amigos o familiares son también vías habituales para una información más precisa.
La mayoría procede de familias católicas practicantes. El 85% fue bautizado antes de los 3 años y el 67% confirmado antes de los 16, lo que muestra un fuerte lazo religioso familiar. El 76% recuerda haber sido acompañado a misa cada domingo. La asistencia a escuelas confesionales es hoy menos determinante que antes.
La calidad de la religiosidad familiar se refleja en el compromiso parroquial y asociativo: el 37% fue monaguillo o servidor litúrgico, el 36% participó en los scouts, el 48% en grupos juveniles parroquiales, el 6% en la Acción Católica y un 18% en otros movimientos confesionales. En 2004 las referencias eran: parroquia 29%, scout 16%, capellanías estudiantiles 16%.
Una novedad importante es el papel de Internet, tanto para el primer acercamiento como por su uso cotidiano. En las casas de formación surge con frecuencia la cuestión: ¿cuál es el buen uso del ordenador? Es evidente que no se puede renunciar a él, pero sí hace falta regularlo y orientarlo al anuncio y la misión.
Los jóvenes novicios y religiosos, hombres y mujeres, prestan atención al lado estético de la liturgia, la música y la vida comunitaria. Con exigencia de creatividad e innovación.
Las “nuevas comunidades” siguen siendo sugestivas. Se benefician de un circuito virtuoso: la presencia de jóvenes atrae a otros jóvenes. Las comunidades apostólicas tradicionales tienen menos capacidad de atracción, mientras que el mundo monástico conserva el interés por los lugares de oración, contemplación y retiro del mundo. También es novedoso el papel del ordo virginum, no contemplado en la investigación anterior.