Dehonianos

Catello Imperato

«Árboles sin raíces y solo madera, eso es lo que se produce aquí». Así canta Enzo Gragnaniello en Cercando il sole (1994), describiendo la experiencia de quienes, desde el sur de Italia, buscan pan y trabajo en el norte. Es la experiencia del desarraigo, del vacío que nace de vivir solo en el presente, de la imposibilidad de echar raíces en un trabajo que produce únicamente “madera”, materia inerte, carente de vida y de proyección hacia el futuro.

Esta imagen describe con fuerza lo que está ocurriendo hoy en la Iglesia. Los párrocos, llamados a ser pastores que acompañan y cuidan a sus comunidades, corren el riesgo de convertirse ellos mismos en «árboles sin raíces», funcionarios desarraigados del culto que administran estructuras en lugar de cultivar relaciones, que producen «madera» en lugar de hacer crecer vida, sepultados bajo compromisos administrativos y prácticas litúrgicas en lugar de anunciar la buena noticia del Evangelio.

Un caso que interpela a la conciencia eclesial

A partir del artículo de Luigi Oss Papot, publicado en l’Adige.it el 10 de septiembre de 2025 y titulado «Crisis de vocaciones: solo 79 sacerdotes para 452 parroquias en Trentino» [1], surge un caso emblemático que merece especial atención y que está generando el fenómeno de los llamados “superpárrocos”, es decir, presbíteros a los que se les ha confiado, mediante el nombramiento del obispo, el cuidado pastoral de decenas de parroquias.

La reducción de vocaciones y la edad cada vez más avanzada del clero han hecho cada vez más necesario confiar a un solo sacerdote la atención de múltiples comunidades parroquiales, de modo que los párrocos que tienen solo una parroquia se están volviendo cada vez más raros: lo extraordinario ligado a la emergencia se está convirtiendo en ordinario [2].

En Italia, como en el resto de Europa, se registran cifras en constante descenso de ordenaciones sacerdotales. Los números no son meros datos estadísticos: representan una cuestión que interpela la reflexión teológico-moral. No solo están en juego aspectos “pastorales-vocacionales” en sentido estricto, sino estilos de vida, decisiones concretas y, a menudo, la peligrosa falta de decisiones que influyen profundamente en el tejido de relaciones y en la forma de vivir el ministerio.

Dos iconos bíblicos para leer el presente

La Escritura ofrece dos grandes iconos para interpretar la emergencia de nuestro tiempo: la esclavitud en Egipto y el exilio en Babilonia.

En el libro del Éxodo, el pueblo de Israel experimenta la condición de esclavitud (cf. Ex 1,8-14): las personas se reducen a mera fuerza laboral, instrumentos de producción. «Les impusieron trabajos duros […] y su vida se volvió amarga a causa de una dura esclavitud» (Ex 1,13-14). Aquí la opresión es estructural: el trabajo no puede detenerse, y los ladrillos deben producirse a cualquier costo (cf. Ex 5,6-9). El ritmo de hacer y producir erosiona la calidad del tiempo y de la propia vida. Los contornos de la esclavitud están delineados por la lógica de un sistema que devora a las personas para sostenerse a sí mismo.

El exilio babilónico, en cambio, narra la experiencia del desarraigo y la pérdida (cf. 2Re 25; Sal 137,1-4): el pueblo es arrancado de la tierra prometida, lejos de sus puntos de referencia. Las estructuras colapsan, y la fe se mantiene viva en el recuerdo de Jerusalén. Las preguntas de los exiliados están cargadas de dolor: «¿Cómo cantaremos los cánticos del Señor en tierra extranjera?» (Sal 137,4). ¿Cómo rezar sin templo? ¿Cómo mantenerse fieles al Evangelio cuando las formas conocidas de la vida eclesial ya no se sostienen?

Por un lado, tenemos una “esclavitud estructural”, que pesa sobre los presbíteros, a menudo aplastados por un sistema que se ha vuelto insostenible; por otro, un “exilio pastoral”, en el que se ven obligados a vivir su ministerio en la rutina del presente, alejados del anuncio del Evangelio, casi olvidando los motivos que llevaron a los discípulos a afirmar: «No es justo que dejemos de lado la palabra de Dios para servir a las mesas» (Hch 6,2). No se trata simplemente de cumplir tareas. Está en juego el primado del anuncio del Evangelio, vinculante para todo bautizado, raíz sobre la que se funda el ministerio ordenado y todo servicio en la Iglesia.

La disolución del ministerio

El problema que surge al nombrar a un párroco para varias parroquias no es una cuestión meramente numérico-estadística, sino teológica. En la Primera Carta a los Corintios, el apóstol Pablo amplía el significado de «padre» para explicar la relación entre apóstol y comunidad (cf. 1Cor 4,14). «Padre» es quien tiene un vínculo, acompaña y cuida de la porción de Iglesia que se le ha confiado, pero también amonesta y corrige, lo que implica amor, autoridad, esfuerzo y entrega según el corazón de Cristo.

El párroco a menudo se compara con un «padre de familia», analogía que indica cuidado personal, relacional y pastoral [3]. Está llamado a participar del ministerio de Cristo, conocer a sus ovejas, llamarlas por su nombre (cf. Jn 10,3-4). Esto no niega la parte administrativa que también forma parte de la imagen paternal; lo que se cuestiona es la desproporción en perjuicio de la atención pastoral.

El párroco no puede reducirse a un mero instrumento jurídico destinado a «cubrir» parroquias «descubiertas» sin desnaturalizar los criterios fundamentales del derecho mismo y la dimensión constitutivamente relacional del ministerio.

Aquí surge una pregunta provocadora pero necesaria: si se puede ser párroco de diez parroquias (como se exige a muchos), ¿por qué no de cincuenta? ¿Por qué no de cien? ¿Cuál es el límite objetivo? Si el servicio del párroco se reduce a «cubrir jurídicamente» un vacío, entonces no hay límite en el número.

Ser párroco de una decena de parroquias –o incluso más–, en la práctica, significa no serlo en ninguna parte. Significa reducir drásticamente el ministerio a mero funcionario administrativo y dispensador de sacramentos. Se trata de una fragmentación que, en los hechos, se convierte en una verdadera y propia disolución del ministerio.

El costo humano: la crisis que no podemos ignorar

Hoy demasiados sacerdotes están deprimidos, sufren de burnout, carecen de motivación y abandonan el ministerio. Algunos, de manera trágica, se han quitado la vida. Ante esto, considero que ya no es posible apelar a la “resistencia” del individuo. Frente a esta realidad trágica, ¿queremos seguir hablando de las cualidades de cada persona? ¿Queremos seguir escondiéndonos detrás del pretexto de que las nuevas generaciones son “afectivamente débiles”? ¿Seguiremos ocultándonos tras la formación de los seminarios, como si bastara mejorar la preparación previa ignorando las estructuras?

El asunto es mucho más complejo. No podemos ignorar que un elemento importante de esta crisis es que el número de parroquias es demasiado alto en relación con los recursos humanos disponibles, y sobre todo en relación con la posibilidad real de ejercer un ministerio auténticamente pastoral.

No podemos poner entre paréntesis esta realidad pretendiendo que la solución sea simplemente pedir a los presbíteros que “resistan”, o espiritualizar el problema diciendo que hay que “tener más fe”, “rezar más” o “confiar en la Providencia”. La crisis de tantos sacerdotes es también, y sobre todo, una crisis de la estructura eclesiástica actual y del binomio párroco-parroquia. Afrontar esta realidad con fe significa confrontarse con los criterios ético-teológicos de la Palabra de Dios.

¿Administrar el deterioro o construir el futuro?

Ante esta situación, la Iglesia se encuentra en una encrucijada. Por un lado, existe la tentación de continuar administrando el deterioro: tapar los agujeros como se pueda, multiplicar las responsabilidades de los presbíteros que aún sobreviven, hacer pequeños ajustes para mantener el sistema un poco más. Por otro lado, existe la posibilidad de tomar decisiones valientes y proféticas, como lo fue el Concilio de Trento en su tiempo, cuando reformó profundamente las estructuras eclesiásticas para responder a los desafíos de su época.

Se trata de una cuestión profundamente ética, porque está en juego nuestra respuesta a la realidad, nuestra responsabilidad frente al cambio de época que estamos viviendo. La conciencia moral se juega en el espacio de libertad y de posibilidad concreta que la Iglesia tiene para responder a esta transformación. El Papa Francisco nos ha recordado en varias ocasiones que no estamos viviendo una época de cambios, sino un verdadero cambio de época [4].

El Evangelio nos recuerda que se debe poner vino nuevo en odres nuevos (cf. Lc 5,36-39). Nuevo es siempre el vino del anuncio del Evangelio, que es la Palabra de Dios siempre viva y siempre nueva. Pero nuestros odres – nuestras estructuras pastorales – se están rompiendo, ya no soportan el contraste con la realidad de nuestro tiempo. ¿Hasta cuándo ignoraremos el desperdicio de vino que corre a raudales? ¿Cuánto tiempo más seguiremos transportando el precioso vino del anuncio del Evangelio en recipientes que ya no son adecuados?

Quien paga el precio es nuestra propia identidad, no tanto la de los presbíteros, sino, ante todo, la de los bautizados. El anuncio del Evangelio exige conciencias dispuestas a responder en primera persona ante la realidad concreta, y esta realidad no podemos fingir que no la vemos ni espiritualizarla con frases consoladoras del tipo “Señor, manda santos sacerdotes”.

Las vocaciones no nacen cuando el ministerio está desnaturalizado y reducido a función administrativa. Es el anuncio auténtico del Evangelio, vivido en comunidades vivas y creíbles, lo que hace nacer y florecer las vocaciones. Cada árbol da sus frutos; si reducimos el ministerio presbiteral al de un funcionario, no podremos esperar, en el mejor de los casos, más que otros funcionarios.

Algunas vías concretas para una posible respuesta

Ante este análisis, algunas vías concretas pueden ser objeto de reflexión y discusión, pero no indefinidamente: si la Iglesia no elige proféticamente frente a la realidad, entonces será la propia realidad la que elija por nosotros; en ese caso seremos solo actores pasivos, carentes de impulso evangelizador.

Aquí algunas propuestas:

  • Fortalecimiento de las uniones pastorales: a partir de la consolidación del consejo de unidad pastoral, es posible pensar en una verdadera unificación de los recorridos pastorales y replantear juntos el anuncio del Evangelio en un territorio más amplio.
  • Reducción del número de parroquias: se necesita tener el valor de reducir parroquias, fusionarlas, de manera que el párroco pueda ser realmente pastor y no mero administrador funcionario. Esto no significa abandonar los territorios, sino que es un inicio para repensar la presencia eclesial en formas nuevas.
  • Reducción del número de misas: es necesario superar la especie de bulimia eucarística de la que estamos afectados, valorizando la Liturgia de la Palabra, preparada, cuidada y celebrada con dignidad por la propia comunidad de bautizados. No se trata de empobrecer la vida litúrgica, sino de valorar la riqueza de la Palabra y de la Eucaristía, para que sean realmente “fuente y culmen” [5] de la vida comunitaria.
  • Explorar nuevas formas de evangelización: ya no hay nada que perder –si es que alguna vez hubo algo–; en el redil ha quedado una sola oveja. Noventa y nueve están en otra parte (cf. Mt 18,12-14; Lc 15,3-7). Más vale que la oveja que queda salga en busca de las otras, en lugar de quedarse haciendo lo mismo de antes esperando que las otras regresen solas. No se trata de inventar ninguna extravagante iniciativa pastoral; ya existen en la Iglesia nuevas formas de evangelización, que primero deben ser reconocidas, acogidas y acompañadas, permitiendo que el Espíritu actúe en el corazón de las personas.
  • Valoración del ministerio bautismal: es necesario invertir seriamente en la formación y en la implicación de todo el pueblo de los bautizados, no como “relleno” para suplir la falta de clero, sino como expresión de la naturaleza ministerial de la Iglesia, donde el sacerdocio común de los fieles se expresa de manera madura y responsable.
  • Un sereno y profundo replanteamiento del ministerio ordenado: no basta con actualizar la formación en los seminarios; se requiere una “revisión sustancial” [6]. Es una invitación a abrir con valentía el debate, sin temor a cuestionar tradiciones consolidadas.

Todo esto no pretende ser la receta para resolver la cuestión. Es necesaria, como nos recuerda el Papa Francisco, una verdadera conversión, de una pastoral de conservación a una pastoral de evangelización [7].

No podemos ser ingenuos. Este cambio no ocurre automáticamente solo cambiando las estructuras; de hecho, se puede reducir el número de parroquias y seguir permaneciendo en una lógica de conservación y repliegue sobre uno mismo.

Sin embargo –y este es el punto ético fundamental–, toda conciencia que busque auténticamente el Evangelio no puede ignorar la realidad concreta y las estructuras en las que vivimos. La espiritualidad no es huida de la realidad, sino encarnación en la historia. La conversión pastoral pasa sobre todo por las conciencias, pero las estructuras no son neutrales.

El tiempo que vivimos es tiempo de éxodo y de exilio: tiempo de liberación de esclavitudes estructurales que oprimen y tiempo de replanteamiento radical en una tierra nueva. La propia realidad es “signo de los tiempos” [8]: el colapso de las estructuras no es el fin, sino un nuevo inicio para una conversión más ajustada al Evangelio. Estamos llamados a caminar con esperanza y actuar con visión profética, porque es precisamente en esta tierra nueva, aún desconocida, donde nuestra fe podrá florecer de nuevas maneras para llevar al mismo Cristo, que es y permanece el mismo, ayer, hoy y siempre (cf. Heb 13,8).

[1] L. Oss Papot, «Crisi di vocazioni: solo 79 sacerdoti per 452 parrocchie in Trentino», en l’Adige.it (10 de septiembre de 2025), artículo consultado el 10/11/2025.

[2] «El párroco ha de tener la cura de una sola parroquia; sin embargo, por escasez de sacerdotes u otras circunstancias, se puede confiar a un mismo párroco la cura de varias parroquias cercanas» (CIC 1983, Can 526 – §1).

[3] «El párroco es el pastor propio de la parroquia que se le confía, y ejerce la cura pastoral de la comunidad que le está encomendada bajo la autoridad del Obispo diocesano, en cuyo ministerio de Cristo ha sido llamado a participar, para que en esa misma comunidad cumpla las funciones de enseñar, santificar y regir, con la cooperación también de otros presbíteros o diáconos, y con la ayuda de fieles laicos, conforme a la norma del derecho» (CIC 1983, can 519).

[4] Cf. Papa Francisco, Discurso al Convegno di Firenze (10 de noviembre de 2015); Discurso a la Curia Romana (21 de diciembre de 2019).

[5] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, n.10.

[6] G. Guglielmi, «L’immutabile che rassicura. Per una semantica dei tempi storici», en Il Regno 18 (2025), 541.

[7] «Espero que todas las comunidades procuren poner los medios necesarios para avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están. Ya no nos sirve una «simple administración».». […] La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad. […] La parroquia no es una estructura caduca; precisamente porque tiene una gran plasticidad, puede tomar formas muy diversas que requieren la docilidad y la creatividad misionera del Pastor y de la comunidad» (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, nn. 25-28).

[8] Cf. Concilio Vaticano II, constitución Gaudium et Spes, n. 4.

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