Dehonianos

Fulvio Ferrario

En 1933, al día siguiente de la toma del poder por parte de Adolf Hitler, alguien pregunta al teólogo Karl Barth cómo, siendo desde siempre políticamente socialista y precozmente consciente de las potencialidades disgregadoras del nazismo, también en lo que respecta a la Iglesia, piensa reaccionar.

La respuesta suena más o menos así: seguiré haciendo teología junto con mis estudiantes, «como si nada hubiera ocurrido […]. De la misma manera en que los benedictinos de la cercana [a Bonn, donde Barth enseña] abadía de Maria Laach continúan normalmente, también en el Tercer Reich, el rezo de las horas canónicas, sin dudar, sin interrumpirse ni distraerse».

Muchas de las personas que, en la Iglesia, esperan de Barth una palabra de orientación en una coyuntura dramática, no ocultan su decepción: el teólogo se encierra en la proverbial «torre de marfil», disertando sobre Trinidad e encarnación mientras el mundo está en llamas. La historia se encargará de mostrar que los nazis comprendieron las palabras de Barth mejor que sus adversarios.

En el torbellino de la historia, cuando la violencia se desata sin ningún freno, alimentada también, en términos electorales, por la estupidez de las multitudes que aplauden, la primera tarea de la Iglesia es aferrarse a la Biblia, para no ser arrastrada al remolino: y puesto que una lectura disparatada incluso de la Biblia es perfectamente posible, y de hecho muy practicada, la teología mantiene una tarea ciertamente modesta, pero indispensable.

Ya esta es una forma de resistencia, nada carente de repercusiones visibles, ante todo en el plano de la formación de las conciencias y en el de la ayuda inmediata a las víctimas de la brutalidad del poder. El carácter político (o, como hoy se suele decir, “público”) de la fe, y también de la teología, reside en primer lugar en vivir el Evangelio que atemorizó a Herodes («y a toda Jerusalén con él») y a Pilato.

Escribo estas líneas el 4 de enero de 2026, el día siguiente a la intervención estadounidense en Venezuela y no tengo la menor idea de qué podrá suceder en el mundo desde aquí hasta que sean leídas. ¿Trump se habrá anexionado Groenlandia? ¿Habrá culminado la entrega de Ucrania a Putin, restableciendo el tipo de paz invocado por un amplio frente que va de la derecha extrema a la izquierda extrema, incluyendo ecuménicamente amplios sectores eclesiales? ¿Habrá comenzado la deportación de los habitantes de Gaza (los que, se entiende, aún no han sido exterminados), para «reconstruir» la Franja? ¿China, visto que el juego funciona así, habrá invadido Taiwán?

En cualquier caso, estas u otras catástrofes serán justificadas ideológicamente mediante la mentira sistemática, hoy llamada «posverdad»: puede disfrazarse muy bien con palabras y argumentos «cristianos», lo vemos todos los días. Este tipo de engaño no tiene miedo de llamar a la opresión «paz», a la manipulación de las masas «democracia», al odio racial «patriotismo».

Discutir con la mentira programática significa entregarse a ella, porque el necio primero te arrastra a su terreno y luego te vence con la experiencia. Pero entonces, ¿qué queda? Según el IV Evangelio, Jesús afirma: «La verdad os hará libres». La verdad es, naturalmente, Jesús mismo, no esta o aquella tesis política. El gran teólogo Eberhard Jüngel cuenta, sin embargo, que esta palabra lo atrajo a la fe: vivía en la RDA, un país fundado sobre la mentira y la opresión, y pensó que el mensaje cristiano de verdad y libertad era, más o menos, lo contrario de la RDA.

Pues bien, por la misma razón, también es lo contrario de la locura del mundo de Trump, Putin y Xi. Contar la historia de Jesús, tal como nos la testimonian los escritos bíblicos, es encender una luz en las tinieblas de estos años. La luz del Evangelio no actúa de modo mágico, a menudo es débil y precaria: por esa razón el poder la ridiculiza y la Iglesia misma no le da crédito. Sin embargo, no se deja apagar.

En lugar de lanzarme, en estos tiempos espantosos, a análisis o denuncias, prefiero por tanto contar esa historia a quien tenga ganas de escuchar, y si puedo también a las demás y los demás. Como si nada hubiera ocurrido.

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