Dehonianos

Maurizio Buioni

La pregunta no es neutral: ¿tiene todavía sentido la vida consagrada? No es un interrogante académico, sino un grito que recorre la Iglesia y la sociedad. En un tiempo en que la fe parece relegada a los márgenes, donde el individualismo devora las relaciones y la sociedad se muestra desencantada, la consagración puede parecer un anacronismo.

Sin embargo, justamente hoy se revela como una de las provocaciones más radicales y necesarias. No es un residuo del pasado, sino un signo profético que interpela al presente y abre al futuro (VC, n. 1; LG, n. 44). La vida consagrada no es un “lujo espiritual” para unos pocos, sino un grito que dice a todos: Dios sigue siendo el centro de la historia y el Evangelio permanece como fuerza viva y transformadora. Es un acto de resistencia frente a lo obvio, frente al cálculo, frente a la lógica de la eficiencia. Es la locura evangélica que osa decir: “Quien pierda su vida por causa mía, la encontrará” (Mt 16,25).

En un mundo que mide todo en términos de utilidad y productividad, la consagración es la elección de quien decide vivir para lo inútil a ojos del mundo, pero para lo esencial a ojos de Dios. Es la elección de quien cree que la vida no se posee, sino que se dona. Es la elección de quien se atreve a decir que la esperanza no es una ilusión, sino una fuerza capaz de cambiar la historia.

Vocaciones reducidas: crisis o purificación

La disminución de vocaciones suele interpretarse como un signo de crisis, como si la vida consagrada fuera un capítulo cerrado en la historia de la Iglesia. Pero mirar solo los números significa quedarse en la superficie. La caída de vocaciones también puede verse como un proceso de purificación, una invitación a volver a lo esencial.

No se trata de mantener estructuras, sino de mostrar vidas que brillen con autenticidad. Los jóvenes de hoy no buscan instituciones que defender, sino rostros que transmitan alegría, comunidades que respiren fraternidad, experiencias que demuestren que seguir a Cristo sigue siendo hoy una elección de libertad y belleza.

La consagración tiene sentido si se convierte en testimonio vivo, no en repetición mecánica. Es provocador afirmar que la escasez puede ser un don: nos obliga a preguntarnos qué hace creíble nuestra vida, qué hace atractiva la secuela de Cristo, qué conmueve el corazón de quien nos observa. Ya no es tiempo de “reclutamiento”, sino de testimonio radical. No bastan eslóganes o campañas vocacionales: lo que convence es la coherencia, la transparencia y la alegría de quien ha encontrado el tesoro escondido y lo guarda con gratitud (Mt 13,44).

En este sentido, la crisis se convierte en ocasión de profecía: menos números, pero más verdad; menos cantidad, pero más calidad. Es una invitación a volver al corazón del Evangelio, a mostrar que la vida consagrada no es un oficio, sino una locura de amor. Es un signo de que Dios sigue llamando y pide testigos más libres, más radicales, más luminosos. Entonces la pregunta se invierte: no “¿por qué hay menos vocaciones?”, sino “¿qué rostro de Dios estamos mostrando?”.

La crisis se convierte así en una oportunidad para purificar el lenguaje, dar fuerza al testimonio y mostrar con la vida que el Evangelio no es un peso, sino una promesa de felicidad.

Formación permanente: crecer siempre

La consagración no es un punto de llegada, sino un proceso continuo. La formación debe integrar espiritualidad, cultura, competencias pastorales y capacidad de diálogo (PC, n. 2). Hoy también significa aprender a leer los fenómenos sociales, a usar los lenguajes digitales, a cultivar sensibilidad ecológica. Una vida que no crece se apaga; una vida que se renueva se convierte en profecía.

Es constructivo pensar que la consagración no es un refugio, sino un laboratorio de futuro. Es provocador decir que la formación debe incluir también la capacidad de habitar las fragilidades: psicológicas, relacionales, comunitarias. Porque la consagración no es perfección, sino un camino de conversión continua.

Una comunidad que se forma continuamente se convierte en signo de vitalidad, y dice al mundo que la fidelidad no es inmovilismo, sino creatividad. La formación hoy debe incluir también la capacidad de dialogar con las culturas contemporáneas, de comprender las nuevas formas de espiritualidad, de enfrentar los desafíos de la justicia social y del cuidado de la creación.

No basta con saber; es necesario saber vivir juntos, saber escuchar, saber acompañar. Es provocador decir que la formación debe enseñar no solo a rezar, sino también a llorar con quien sufre, a alegrarse con quien espera, a compartir con quien no tiene nada. Es profético pensar que la formación no sea un recinto, sino un camino que dura toda la vida.

Comunidades intergeneracionales: parábolas de reconciliación

Las comunidades intergeneracionales son un banco de prueba. Ancianos y jóvenes juntos: memoria y entusiasmo, fidelidad y creatividad. No es fácil, pero es profético. En una sociedad que divide a las generaciones, la vida consagrada muestra que la comunión es posible (EG, n. 108).

Es provocador decir que precisamente el esfuerzo de la convivencia se convierte en testimonio: la fraternidad no es un sueño, sino una realidad que se construye día a día. Algunas comunidades han experimentado formas de “mentoría espiritual”, donde los ancianos acompañan a los jóvenes, y los jóvenes ayudan a los ancianos a mantenerse en diálogo con la cultura contemporánea. Es imagen de Iglesia sinodal, donde nadie está excluido y todos tienen algo que aportar.

La consagración se convierte así en parábola viviente de una humanidad reconciliada. Es provocador decir que la comunidad intergeneracional es un signo contra corriente: en un mundo que separa, ella une; en un mundo que aísla, ella acoge; en un mundo que olvida, ella recuerda. Es profético pensar que la comunidad no sea solo un lugar de vida, sino un laboratorio de fraternidad, un signo que muestra que la diversidad no es un obstáculo, sino una riqueza.

Secularización: el tiempo de la prueba

En una sociedad que percibe la fe como algo marginal, la vida consagrada está llamada a ser un signo contra corriente (Rm 12,2; EG, n. 2). No se trata de defenderse, sino de habitar el mundo con una mirada diferente.

La consagración tiene sentido porque recuerda que Dios no es una idea abstracta, sino una presencia viva. Es profético afirmar que, precisamente en la indiferencia religiosa, la consagración se vuelve más necesaria: un faro que ilumina la noche, un signo que dice que la fe no está muerta, sino que espera ser redescubierta.

Es provocador decir que la consagración no es huida del mundo, sino inmersión en él con ojos distintos. En un tiempo de desencanto, se convierte en encanto evangélico. Es profético pensar que la secularización no es el fin de la fe, sino el tiempo de la prueba, el momento en que la fe debe mostrar su fuerza, su capacidad de resistir, su belleza.

Es provocador decir que la secularización es una oportunidad: nos obliga a purificar el lenguaje, a devolver fuerza al testimonio, a mostrar que la fe no es un residuo del pasado, sino una promesa de futuro.

Diálogo y fraternidad: puentes de paz

La vida consagrada no cierra, sino que abre. No se encierra en conventos como fortalezas, sino que se convierte en umbral, puente, espacio de encuentro. En un tiempo marcado por el pluralismo y los conflictos, por miedos y desconfianzas, los consagrados están llamados a ser artesanos de fraternidad (FT, n. 87).

El diálogo no es un accesorio, sino la sustancia misma de la misión. No basta proclamar la verdad: es necesario vivirla en relación, en escucha, en confrontación.

Es provocador decir que la consagración es política, en el sentido más alto: no busca poder, sino que trabaja por la polis, por la ciudad de los hombres, por la convivencia pacífica. Es profético que las comunidades religiosas se comprometan en el diálogo interreligioso, en la mediación cultural, en la construcción de puentes entre mundos que parecen inconciliables. En un mundo que construye muros, la vida consagrada construye puentes. En una sociedad que alimenta divisiones, muestra que la fraternidad universal no es una utopía, sino una posibilidad concreta.

Es provocador afirmar que el consagrado debe ser un “signo de contradicción” (Lc 2,34): no para dividir, sino para mostrar que la verdadera unidad nace del respeto, de la escucha, de la acogida. Es profético pensar que la consagración está llamada a convertirse en laboratorio de paz, un lugar donde las diferencias no se niegan, sino que se transforman en riqueza.

No es fácil: el diálogo cuesta, la fraternidad requiere sacrificio, la comunión demanda paciencia. Pero justamente por eso es un testimonio creíble. En un tiempo de guerras y polarizaciones, la vida consagrada se convierte en un signo que dice: la paz es posible, la fraternidad es real, el diálogo es fecundo.

Es provocador decir que la consagración no es solo para la Iglesia, sino para el mundo: es un lenguaje que habla incluso a quienes no creen, porque muestra que la humanidad puede vivir junta sin destruirse. Es profético afirmar que el futuro de la Iglesia y de la sociedad depende de la capacidad de construir puentes, y que los consagrados, con su vida entregada, están llamados a ser los primeros arquitectos de esta fraternidad universal.

Compromiso social: sacramento de proximidad

La vida consagrada no es solo contemplación, sino acción concreta. Defender a los pobres, acoger a los migrantes, promover la justicia y la paz son parte integral de la misión (GS, n. 1; EG, n. 183). La consagración tiene sentido porque hace visible el amor de Dios en las periferias, allí donde la sociedad a menudo no quiere mirar.

Es provocador decir que, sin compromiso social, la consagración pierde credibilidad: no basta rezar, es necesario encarnar la oración en gestos de proximidad. Es profético ver a consagrados que eligen vivir junto a los últimos, no por filantropía, sino por fe.

Algunos institutos han abierto casas de acogida, escuelas fronterizas, centros de escucha: signos concretos de que el Evangelio se encarna en la historia. La consagración se convierte así en un “sacramento de proximidad”, un signo de que Dios no abandona a nadie. No es un privilegio, sino una responsabilidad: ser voz de quien no tiene voz, presencia de quien está olvidado, esperanza de quien no tiene esperanza.

Es provocador decir que la consagración es política en el sentido más alto: no busca poder, sino que trabaja por la polis, por la ciudad de los hombres, por la convivencia pacífica. Es profético afirmar que la consagración es un acto de resistencia frente a la indiferencia, un signo de que la dignidad humana no es negociable. En este sentido, la vida consagrada se convierte en un grito que interpela a la sociedad y a la Iglesia: ¿dónde estamos cuando los pobres sufren? La respuesta no puede ser teórica, sino encarnada.

Oración y alegría: la verdadera apologética

La oración es el corazón de la vida consagrada (Hch 2,42; VC, n. 38). Sin contemplación, toda actividad se vuelve estéril. De esta raíz nace la alegría evangélica (EG, n. 6). No es una alegría superficial, sino una esperanza profunda, capaz de resistir incluso en las noches de la fe. La consagración tiene sentido porque muestra que la alegría es posible incluso en la renuncia, que el tesoro escondido vale más que todo (Mt 13,44).

Es provocador decir que la alegría es la verdadera apologética de la vida consagrada: ningún argumento es más convincente que un rostro luminoso, una comunidad serena, una fraternidad que canta la alabanza a Dios. Es profético testimoniar que el Evangelio no quita nada, sino que lo da todo.

La alegría se convierte así en la primera misión, el signo de que la fe no es tristeza, sino plenitud. En un mundo marcado por crisis y miedos, la alegría de los consagrados se convierte en un signo contra corriente, una provocación que dice: la esperanza es real, la vida tiene sentido, Dios está presente.

Es profético afirmar que la alegría no es un opcional, sino la sustancia del testimonio. Sin alegría, la consagración se vuelve estéril; con alegría, se vuelve fecunda. Es provocador decir que la alegría es revolucionaria: cambia el corazón, cambia la comunidad, cambia la sociedad.

Sinodalidad y futuro: memoria y profecía

La vida consagrada está llamada a insertarse en el camino sinodal de la Iglesia (LG, n. 44; EG, n. 31). No como espectadora, sino como protagonista. Las comunidades pueden convertirse en laboratorios de fraternidad, capaces de mostrar nuevas formas de convivencia y solidaridad.

Es urgente comunicar con lenguajes modernos, contar la belleza de la consagración con palabras e imágenes que hablen al corazón. Es profético que el Espíritu suscite nuevas formas: laicos consagrados, comunidades mixtas, experiencias flexibles (PC, n. 5). Signos de que la consagración no ha terminado, sino que se renueva.

Es provocador decir que el futuro de la Iglesia depende también de la capacidad de la vida consagrada de reinventarse sin perder su radicalidad. La consagración está llamada a ser no solo memoria, sino profecía. Es memoria porque custodia la tradición, la fidelidad, la radicalidad evangélica. Es profecía porque se atreve a imaginar nuevos caminos, nuevas formas, nuevas posibilidades.

Es provocador decir que la vida consagrada debe aprender a comunicar con lenguajes modernos, a contar su belleza con herramientas contemporáneas, desde las redes sociales hasta nuevas formas de narración. Es profético pensar que la consagración no es un museo, sino un laboratorio de futuro. En este sentido, la vida consagrada todavía tiene sentido, y quizás más que ayer.

Conclusión: una profecía para el presente

La vida consagrada ha atravesado los siglos como un hilo rojo que une a la Iglesia con sus raíces y con su futuro. Ha conocido épocas de esplendor y de crisis, de abundancia y de escasez, de reconocimiento y de marginalidad. Sin embargo, nunca ha desaparecido, porque el Espíritu siempre ha suscitado nuevas formas, nuevas comunidades, nuevas experiencias. Desde los monjes del desierto hasta los mendicantes medievales, desde las congregaciones misioneras hasta las nuevas comunidades laicales, la consagración ha sabido reinventarse sin perder su radicalidad.

Esto es señal de que no es una invención humana, sino un don de Dios, una profecía que resiste. No es solo útil hoy, sino que es signo del Reino que viene: anticipación de una vida plena en Dios, testimonio de que la historia no se cierra en lo inmediato, sino que se abre a lo eterno.

Es provocador decir que la vida consagrada es inútil a los ojos del mundo, pero precisamente por eso es necesaria: porque muestra que la vida no se mide en términos de beneficio, sino de donación. Es profético afirmar que la consagración es un lenguaje cultural, un símbolo que habla incluso a quienes no creen: dice que la gratuidad es posible, que la fraternidad es real, que la esperanza no es una ilusión. En un tiempo de crisis, la vida consagrada se convierte así en un signo de resistencia y de futuro.

No es una carga, sino una posibilidad. No es un residuo, sino una promesa. No es un lujo, sino una necesidad. Todavía tiene sentido, y quizás más que ayer, porque se atreve a decir que Dios está vivo, que el hombre está llamado a darse, que la historia está abierta a la esperanza.

P. Maurizio Buioni es religioso presbítero de la Congregación de la Pasión de Jesucristo.

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