Dehonianos

26 de abril de 2026

Las puertas cerradas no fueron un obstáculo para que el Resucitado se reencontrara con los suyos. La mayor dificultad, en todo caso, estuvo en el descuido de las palabras de Jesús, particularmente sobre lo que pasaría en Jerusalén y lo que allí acontecería «al tercer día». Al igual que ocurrió con esas y otras enseñanzas, sus discípulos no acabaron de entenderlas. La mañana de Pascua evidenció que habían sido más rápidos para olvidarlas que para conservarlas en los corazones.

¿Acaso Jesús no les había ya explicado que la paz y la libertad no la iban a encontrar detrás de cualquier puerta? Ni tan siquiera en la del aprisco que cobija al rebaño en la noche. Pero también esto lo olvidaron. Apenas lo supieron muerto, los discípulos cerraron las de la comunidad con la llave del miedo. Prisioneros de los temores compartidos, la memoria no era capaz de darles aliento ni consuelo. Algunos incluso llegaron a olvidar la voz misma de Jesús, como les pasó a los discípulos que se alejaban desilusionados de Jerusalén.

Pero como buen pastor que vela por las ovejas, el Resucitado no desiste en la búsqueda de los suyos, «para que tengan vida». Con el cayado de su misericordia abate las puertas del olvido y de la desconfianza. Lejos de ser un obstáculo, su palabra y su cuerpo son ahora la puerta ancha que abre la comunidad a nuevos horizontes. De esta manera, como siervo que «prepara una mesa», Jesús llama y libera, «para que sigáis sus huellas», como dice la carta del apóstol Pedro. El Resucitado invita así a compartir su entrega al Padre y la misión que sana las heridas. Esto representa un verdadero banquete de vida frente al asalto de la avaricia insaciable que solo alimenta egoísmos y miedos.

Si algo ha de traspasar el corazón, como dardo que lo abre a la Pascua del Hijo y lo ensancha a los demás – «¿qué tenemos que hacer, hermanos?» – que sea la voz del Maestro que llama. ¡Cuánto la agradeció Pedro! Ni sus torpezas ni sus negaciones lograron que el Maestro desviara de él su mirada compasiva y que con voz amiga lo sedujera, de nuevo y para siempre, a través de la puerta abierta de su Corazón: «Tú, sígueme».