Dehonianos

Giuliano Zanchi

En la catedral de San Pedro de Bolonia, don Giuliano Zanchi, teólogo, docente en la Universidad Católica y director de la Rivista del clero italiano, ofreció una meditación para el clero de la diócesis boloñesa en presencia del arzobispo, el cardenal Matteo Maria Zuppi. Por su amable concesión publicamos a continuación el texto de la meditación de Giuliano Zanchi, que mantiene intencionadamente el estilo de la conversación oral.

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Agradezco esta ocasión que se me ofrece de compartir, en un contexto tan solemne, algunos pensamientos en una forma a medio camino entre la conferencia y la meditación, en la que quiero introducirme con el tono de la confidencia personal, esperando que no traiga consigo apariencias narcisistas.

El estilo de Jesús

Este año cumplo 30 años como sacerdote. Estas cifras redondas, que celebramos con una solemnidad que personalmente siempre me incomoda, son en el fondo convenciones. Los seres humanos intentamos adelantarnos al tiempo fijando umbrales en la vida. Una ficción conmovedora. En efecto, estos umbrales (y las cifras redondas en que se sitúan) adquieren la consistencia de un punto magnético de la conciencia, en el que surge de modo instintivo hacer balances, mirar hacia atrás, mirar alrededor, retomar el hilo de lo que uno fue, buscarse en lo que se ha llegado a ser.

Y mi sentimiento hoy es que estoy contento de ser sacerdote (con permiso de no usar el término «alegría», que no me gusta emplear, porque me parece ya cargado de un ‘felicismo’ artificial y sentimentalista en el que no me reconozco). Estoy contento de haber dado a mi vida esta forma. Estoy contento de ser sacerdote, sobre todo ahora, después de tantos años y después de los muchos desencantos (algunos también profundos) que han acompañado mis muchas ingenuidades iniciales.

Debo decir que la convicción se consolida con el desencanto, porque se libera de las imaginaciones mágicas de un ideal que realizar con las propias ideas y según las propias expectativas. No significa no tener tensiones ideales ni renunciar al impulso de un estilo. Significa encontrar unidad en algo menos volátil y más profundo (incluso más gratificante) que, para mí, consiste en esto: ser sacerdote ha sido mi modo de convertirme en cristiano (y no al revés). Estoy agradecido al ministerio porque cada vez estoy más contento de ser cristiano.

En este tiempo, en el que las visiones de la vida y los modelos humanos se agolpan en un caleidoscopio no siempre discernible, ver la vida e interpretar la existencia en la forma cristiana vinculada a la extraordinaria humanidad teologal de Jesús me parece una fortuna, una satisfacción, una gracia (también culturalmente); lo cual para mí no significa vestir un uniforme ni sostener una bandera, sino poder contar con una referencia sólida que, antes incluso de convertirme eventualmente en testigo, me hace sentir agraciado. Sentirse agraciado permite ser testigo de un cierto modo: no insistente, no molesto, no arrogante, no militante.

En los últimos años me siento cada vez más atraído por ciertas palabras de Pablo que me parecen interpretar bien este sentido de gratitud, y en particular aquella frase de Filipenses 2,5 que dice: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús».

Es una frase que —como se sabe— introduce uno de esos himnos que fundamentan desde el principio los rasgos esenciales de la fe cristológica, apenas veinte años después de los hechos y siglos antes de los concilios dogmáticos. «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (se podría añadir: los mismos pensamientos, las mismas actitudes, los mismos impulsos, el mismo estilo, en definitiva): invitación que personalmente asocio cada vez con mayor convicción al sentido más genuino que puede atribuirse al término «pastoral», entendido como ejercicio concreto del ministerio de la Iglesia y, por tanto, también de la aventura sinodal con la que se intenta reenfocar de modo compartido las actuales condiciones de ejercicio de tal ministerio. Aventura sinodal que sigue siendo una operación de ingeniería si no se piensa a la luz del estilo de Jesús, pero que se revela esencial, necesaria y urgente si se considera desde ese trasfondo.

Reapropiarse del estilo de Jesús. Él caminaba con la gente mucho antes de que la gran Iglesia anatolia de matriz griega inventara la palabra «sínodo», que significa —como se repite un poco retóricamente— «caminar juntos». Porque la escena originaria de la Revelación de Dios en Jesús tiene precisamente esta forma: treinta años de silenciosa habitación en los fundamentos de lo humano (la vida de Nazaret), y luego una presencia en los caminos, inmerso en una compañía heterogénea, no formada solo por discípulos sino también por las multitudes.

La gracia para los desanimados

Aquí me limito a recoger algunas sugerencias de Pierangelo Sequeri sobre esta cuestión (Iscrizione e rivelazione, Queriniana, 2022). Jesús, los discípulos, las multitudes. La revelación de la gracia y el testimonio de su accesibilidad se dan solo en la presencia simultánea de estas figuras.

No se puede hacer un cristianismo basado en una relación exclusiva entre Jesús y los discípulos, ni por tanto la Iglesia, porque eso configura enseguida un elitismo que restringe arbitrariamente las condiciones de la gracia. Tampoco se puede hacer un cristianismo en una relación exclusiva entre Jesús y las multitudes sin la mediación adecuada de los discípulos, porque crea inmediatamente las condiciones para una socialización supersticiosa de lo sagrado (de hecho, cuando las multitudes buscan milagros y no comprenden los signos, Jesús se sustrae a su presión). Mucho menos se puede hacer un cristianismo basado exclusivamente en la relación entre discípulos y multitudes, porque eso activa de inmediato los principios del «clericalismo» y predispone los rasgos de una religión civil.

El cristianismo —y, por tanto, la Iglesia y su ministerio— se realiza cuando los discípulos comprenden las razones y las responsabilidades del Reino aprendiendo del modo en que Jesús encuentra a las multitudes: esta amalgama de humanidad variada y eventual en la que hay de todo: buenos y malos, justos y pecadores, sencillos y doctos, mujeres de mala fama y administradores corruptos, ingenuos y astutos, quienes desean a Dios y quienes buscan milagros, algunos extranjeros, muchos marginados, algún hereje, hombres de poder y hombres de intelecto, padres desesperados y madres irreductibles.

Esta asamblea aparece tan amplia y diversa porque, en la escena originaria de la revelación, la gracia de Dios es para las multitudes, no para los discípulos. El anuncio del Reino de Dios es para los desanimados, para quienes se han convencido de estar lejos de Dios, para los que se sienten descalificados por los tabúes religiosos, los prisioneros del mal, los vencidos de la historia, aquellos a quienes la especialización religiosa de la institución ha convencido de ser inadecuados.

Tocados por el Señor

Entre ellos están los ejemplos más luminosos de quienes reconocen a Dios en el toque de Jesús sin necesidad de decir como Pedro «Tú eres el Cristo», pero ganándose la palabra de Jesús que dice «tu fe te ha salvado». No deben demostrar la posesión plena de una ortodoxia; son acogidos por la intensidad inmediata de su confianza, por confusa que sea. Y la escuela a la que Jesús incorpora a los discípulos no sirve tanto para capacitarlos para decir «Tú eres el Cristo» (porque cuando lo dicen ya están en riesgo de equivocarse y, como se sabe, de traicionar), sino más bien para reconocer esas historias en las que poder decir junto con el Maestro «tu fe te ha salvado».

Me parece que este Sínodo, cualquiera que sea el método con que se conduzca, no tiene como finalidad cerrar filas entre los discípulos, sino volver a ponerse en camino con las multitudes (quizá precisamente este camino pueda recomponer la comunión). Pasar con Jesús en medio de la vida y poder ser signo de la gracia de Dios, no de las fronteras de la religión.

El ministerio de la Iglesia consiste en ser el lugar donde todos puedan sentirse tocados por el Señor, no vigilados por una institución.

Una tarea que honrar

Más allá de las respuestas concretas —sobre las que se discute e incluso se divide— queda la cuestión de fondo: hacer de la Iglesia una casa y no un cuartel; un lugar donde se encuentre al Señor y no a burócratas de lo sagrado.

El Sínodo, me parece, está recogiendo del intercambio entre las Iglesias y del sensus fidei algunos núcleos de conversión muy claros, que pueden sintetizarse en tres expresiones: palabras verdaderas, relaciones respetuosas, economías ligeras.

Palabras verdaderas no significa más adheridas a la ortodoxia, como si blindar fórmulas hiciera el discurso más persuasivo, sino más autorizadas en su pretensión de iluminar la vida con la luz de la revelación evangélica.

Relaciones respetuosas significa tomar en serio la palabra de Jesús: «Amaos unos a otros como yo os he amado; en esto conocerán que sois mis discípulos». La fraternidad es el verdadero diferencial de la verdad del testimonio.

Economías ligeras significa asumir con realismo y rectitud la cuestión de los bienes y de la gestión, para custodiar la credibilidad del testimonio.

Intercesores

Todo esto debe afrontarse no para volver a ser conquistadores, sino para actuar con mayor intensidad como intercesores, como deben ser siempre los verdaderos ministros, especialmente en un contexto en el que el deseo de Dios es más un murmullo de fondo que un lenguaje común.

Pienso, para sellar esta meditación con una imagen bíblica, en la escena de Éxodo 32, donde Moisés discute con Dios sobre el destino del pueblo y de la alianza. Tras el pecado del becerro de oro, Dios propone abandonar a ese pueblo y comenzar de nuevo solo con Moisés. Pero Moisés no acepta una salvación que lo aísle del pueblo. Intercede. Discute. Recuerda la promesa.

Y Dios cambia de parecer.

Nuestro mundo y nuestra época podrán ser «un pueblo de labios impuros», pero siguen siendo esa humanidad de la que no nos sentimos capaces de separarnos y en la que mantenemos viva la brasa de las promesas de Dios.

He aquí el signo bajo el cual debe desarrollarse el Sínodo: el de la intercesión. Tendrá que hacer muchas cosas concretas. Pero solo podrá hacerlas sinceramente si está atravesado por este sentimiento.

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