Danilo Di Matteo
La exhortación del papa León a no convertirse en esclavos/as de la apariencia exterior, en cuyo nombre no pocas veces se pone en riesgo la salud, con resultados a veces dramáticos, además de expresar una preocupación pastoral y una perspectiva teológica (no al culto idolátrico del cuerpo), da que pensar.
¿Cómo no plantearse de nuevo, en el ámbito filosófico, artístico y sociológico, preguntas y dudas sobre el vínculo entre la estética, la ética y la ontología? ¿Y qué decir de la relación entre el ser y el aparecer, en la civilización de la imagen y en la era de las redes sociales? Al dilema, predominante en los años setenta, entre tener y ser, se ha ido añadiendo gradualmente —y luego casi sustituyendo— el del aparecer respecto al ser.
He aquí que un ensayo como el de Martin Heidegger titulado El origen de la obra de arte nos ayuda a superar la superficialidad y los lugares comunes y a intentar explorar la cuestión en profundidad, por así decirlo.
El filósofo, como es sabido, concibe la verdad como un “desvelamiento”, un “no-ocultamiento” (en griego antiguo el término correspondiente a verdad es alétheia, “no oculto”). Un no-ocultamiento que emerge de la lucha entre la Tierra, entendida como “lo que se cierra sobre sí mismo”, la “materia” (en el caso de las obras de arte, por ejemplo, el mármol o el bronce o la madera del escultor, la piedra del arquitecto, los colores del pintor, las sílabas del poeta), la base, y el Mundo, que es “la apertura”, el desplegarse.
Tierra y Mundo, así entendidos, aun oponiéndose, remiten a una unidad originaria, a un origen común, a un «fundamento común». En mi lenguaje, hablaría de una tensión creativa entre ambos.
Así, para Heidegger en la obra «está en obra la verdad y no solo algo verdadero. El cuadro que muestra los zapatos del campesino, la poesía que dice la fuente romana no se limitan a dar a conocer; más aún, en rigor, no dan a conocer nada acerca de estos entes singulares, sino que hacen que se historice el no-ser-oculto como tal, en relación con el ente en su conjunto. Cuanto más simple y esencialmente sean solo los zapatos, cuanto más genuina y puramente sea solo la fuente la que emerge en su esencia, tanto más inmediata y profundamente todo ente se vuelve, junto con ellas, más ente. Este es el modo en que se ilumina el ser que se oculta a sí mismo. La luz así difundida ordena su aparecer en la obra. El aparecer ordenado en la obra es lo bello. La belleza es una de las maneras en que está-presente [west] la verdad», es decir, el ser. Y, por tanto, el ser del ente en la obra de arte (en la cual aparece la “iluminación”, y tal aparecer es lo bello) corresponde a la verdad.
En Heidegger, por consiguiente, no hay solo un vínculo íntimo entre estética y ética, sino ante todo entre “estética” y ontología.
En la conclusión del ensayo, el filósofo precisa aún más los distintos “pasos”. Pongámonos de nuevo a la escucha: «La verdad es la verdad del ser. La belleza no es algo que acompañe a esta verdad. Al ponerse en obra, la verdad aparece. El aparecer, en cuanto aparecer de este ser-en-obra y en cuanto obra, es la belleza. Lo bello pertenece, por tanto, al acontecer de la verdad. No es, pues, algo relativo al placer, como su simple objeto».
Es evidente, ya en el título del texto heideggeriano, que aquí se trata del arte, de su esencia, de la obra de arte y de su naturaleza y origen. Y, sin embargo, emergen con fuerza las ideas de belleza y de lo bello y el vínculo que une el aparecer y el ser. Nosotros, los seres humanos, somos una especie animal y, para quien tiene fe, criaturas, no obras de arte, al menos no en sentido estricto.
Sin embargo, en mi opinión, un texto de este tipo puede suscitar consideraciones fecundas sobre una “medicina estética” orientada no pocas veces a “cubrir” y “ocultar” el cuerpo, más que a mostrarlo del mejor modo. De manera análoga, con demasiada frecuencia la belleza del cuerpo, de los cuerpos, se concibe solo o principalmente como un “medio” para suscitar la atención o el deseo de los demás.