19 de abril de 2026 – A
La Pascua del Señor puso en jaque a más de uno, especialmente entre las autoridades y entre quienes lo seguían más de cerca. Nada resultó como se había imaginado: mientras los que propiciaron su muerte intentaban acallar los hechos ante la desaparición del cuerpo, sus seguidores iban aceptando que «lo de Jesús el Nazareno» no era cuestión de duelo, sino una vida para celebrar y compartir.
Así lo fue entendiendo Pedro, que no temió dar testimonio de Jesús incluso ante los causantes de su muerte. Desprovisto de todo odio, desde la verdad y la caridad, los llamó «hermanos» (Hch 2,29), abriendo así la puerta a la reconciliación por más difícil que pareciera. Pero en aquellos inicios tampoco faltaron fracturas y distanciamientos que exigieron acercamiento y comprensión entre los discípulos de Jesús.
Dos de esos discípulos que nunca faltan prefirieron poner tierra por medio. En su desilusión se encaminaron hacia una localidad todavía hoy incierta y disputada. En todo caso, un destino que los alejaba de Jerusalén y «de lo que ha pasado allí estos días». Todo había sido frustrante. Lo mejor sería olvidarlo. Pero no lo lograban. Seguían conversando sobre ello, como si quisieran cambiar lo acontecido. Más vueltas le daban, más se ofuscaban. Esa misma ceguera fue la que les impidió reconocer en Jesús a alguien más que a un extraño.
Fue precisamente la irrupción de Jesús como forastero lo que recondujo los pasos y los corazones de aquellos caminantes que estaban más cerca de perder la fraternidad que de llegar a la aldea que buscaban. Él supo hacerse prójimo: los escuchó y les reparó la incomprensión que acarreaban. En la oscuridad de aquella noche, los alimentó en la mesa con su cercanía, su oración y el pan compartido, adentrándolos en el gozo de su Pascua. De este modo, los sanó del pesar que les enfriaba el corazón y del ensimismamiento que los acabó distanciando de la comunidad. El enfrascamiento que los tenía atrapados en sí mismos, cedió el paso liberador a lo que los otros decían: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
El tiempo de Pascua sigue siendo una invitación a dar testimonio de Jesús, sin miedos ni exclusiones. Aunque no faltan quienes buscan distorsionar o silenciar lo acontecido, no lograrán que la Paz del Resucitado, don para todos los pueblos, deje de ser acogida y compartida para reparar la fraternidad herida y ensanchar caminos de perdón y reconciliación.