Dehonianos

Severino Dianich

En los días de Cuaresma y Pascua, la prensa católica se llena de noticas acerca de los adultos bautizados en la noche de Pascua.

Sorpresa: los adultos piden el bautismo

No pretendo negar el valor y la belleza de la experiencia de la fe vivida por un niño. Aleksandr Solzhenitsyn, el gran escritor ruso exiliado de la URSS, donde la ley prohibía bautizar a los niños, en varias ocasiones, en sus entrevistas, se expresó sobre este tema sosteniendo que, aunque el ser humano puede encontrar a Dios feliz y fructuosamente en cualquier momento de la vida, la experiencia espiritual de la infancia es algo único, tiene una belleza propia que nunca podrá reproducirse. Privar a un niño de esta riqueza —según él— es absolutamente reprobable.

Con todo, considero que nuestro cristianismo no mostrará suficiente madurez mientras, en la sensibilidad común entre los cristianos, no se considere normal el bautismo de adultos y, en cambio, se vea como algo anómalo —aunque muy extendido— la práctica de bautizar a los niños.

Es interesante observar el lenguaje, casi embarazado, con el que a menudo nos expresamos. Más que alegría, en ciertos casos, se percibe melancolía, un pesar, un cierto arrepentimiento: ¿cómo es que no los bautizaron de niños? Menos mal que se está poniendo remedio.

Karl Barth, que, independientemente de su opinión, nunca hizo de ello un motivo para excluirlo de su práctica pastoral, desde el punto de vista doctrinal lo consideraba un “error de la Iglesia que Dios, sin embargo, ha soportado en su misericordia”.

La persistencia de este “error” —que, a mi juicio, no es un error de la práctica, sino de la idea de considerarlo algo obvio sin cuestionar su pertinencia— es sin duda una de las causas de la incapacidad, muy extendida entre los cristianos, de evangelizar. Tal es la costumbre de pensar que cualquier persona que encuentres es un cristiano bautizado en la infancia, que se excluye de antemano la posibilidad de encontrarse con alguien que nunca ha sido bautizado.

Cada vez son menos los niños bautizados

En estas últimas décadas —a decir verdad— ha sido una experiencia que se ha reproducido y se ha difundido gracias a la llegada de muchos inmigrantes de otra religión o sin ninguna, pero que sigue siendo ajena a las relaciones habituales entre familiares y amistades consolidadas desde hace tiempo.

Muchos, por no decir muchísimos, son los fieles católicos —obispos, sacerdotes, monjas y frailes incluidos— que, en toda su vida, jamás han tenido la experiencia de proponer a un hombre o a una mujer de otra religión, o simplemente no creyente, hacerse cristiano. Medimos el estado de la fe por las estadísticas de cuántos católicos van a Misa los domingos, no por cuántos hombres y mujeres adultos, en un determinado año, han solicitado ser bautizados. Es una manera de pensar y de actuar que, sin embargo, si se mantienen los ojos abiertos, tiene los días contados.

Según el Pew Research Center, uno de los institutos de investigación sociológica más respetados del mundo, el bautismo infantil en Europa Occidental, desde los años 60-70 en adelante, está en fuerte descenso. Se pasa del 80-95% de los recién nacidos que en esos años todavía eran bautizados, al 60-80% en los años 1970-1980, al 40-60% en 2000 y a un supuesto 20-40% en las últimas dos décadas. No debería sorprenderse quien, en estos años, ha tomado nota del colapso en el número de matrimonios, tanto de matrimonios en general como de los celebrados en la iglesia. Es evidente, de hecho, que del frecuente surgimiento de familias de manera no tradicional deriva también una rápida extensión de una acogida no ritual de los recién nacidos, cuando no de una ritualización laica del evento.

Que las Iglesias se encuentren desprevenidas ante la nueva situación no es de extrañar. Hace mil años que, en Europa, una vez cristianizadas las poblaciones del Báltico, los cristianos no evangelizan y, cuando se han preocupado por ello, lo han hecho enviando misioneros a los países llamados “no cristianos”, casi como si el mundo aún hoy pudiera dividirse entre territorios cristianos y territorios de misión.

Nombrar a Jesús 

Ha llegado el tiempo en que, o los cristianos se reafirman comunicando a los demás su fe, asumiendo la responsabilidad de perpetuar en la historia la memoria histórica de Jesús, incluso antes que la memoria fidei del Cristo resucitado, o el cristianismo habrá terminado.

Más que correcto es el frecuente recordatorio de que se evangeliza con el testimonio de una vida coherente con el Evangelio más que con las palabras. Pero es un grave error pensar que se pueda prescindir de las palabras, de nombrar a Jesús y de contar su historia.

Confieso que nunca he entendido por qué Pablo VI, pero también sus sucesores en el papado, en sus memorables discursos ante la Asamblea de las Naciones Unidas, no pronunciaron el nombre de Jesús, que es la fuente de los valores que ellos proponían a los representantes de las naciones, como si se pudiera nombrar a Jesús solo donde se le profesa resucitado y Señor.

Y, sin embargo, hay dos datos históricos incontrovertibles, cuya citación y aceptación no requiere en absoluto un acto de fe: la existencia, al inicio de nuestra era, de un tal Jesús de Nazaret, a quien las autoridades de su país condenaron e hicieron morir en la cruz; y la existencia, a lo largo de la historia y hasta hoy, de ingentes masas religiosas que creen que él resucitó tras la muerte y asumen su mensaje como criterio fundamental de su vida.

Eso debería bastar para superar las inhibiciones que, insensatamente, impiden a los creyentes decir en público el nombre de Jesús y devolver a los cristianos la libertad de hablar de él no solo en la penumbra de las iglesias, sino a pleno sol, en el centro de la plaza principal de la ciudad.

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