Dehonianos

El evangelio de hoy suele ser definido como “el Magníficat de Jesús”. Es un breve poema, una confesión íntima con un doble juego (“esconder-revelar), que parece reproducir el canto de María: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla”. ¿Seríamos capaces de adivinar cuáles son esos misterios que el Padre celestial ha revelado a las gentes más sencillas de este mundo?

En las palabras de Jesús se manifiesta una línea vertical y otra horizontal. Por una parte, Jesús mira a Dios, al que reconoce como Creador y como Padre. Y por la otra, Jesús vuelve sus ojos a las multitudes cansadas que le siguen.

Jesús dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”. En el fondo, se dirige a todos los que estamos cansados y oprimidos por la vida. Muchas cosas cansan nuestro corazón y se convierten en pesadillas personales: desilusiones y heridas del pasado, pesos que hay que cargar e injusticias que hay que soportar en el presente, incertidumbres y preocupaciones por el futuro. Jesús nos llama a reaccionar saliendo: “Venid”. Pero, ¿a dónde? A Él: «Venid a mí». Todos decimos a veces que ya no podemos más, que hasta aquí hemos llegado. Buscamos apoyo a nuestro alrededor y no lo hallamos. Cuando tenemos un nudo en nuestra vida, intentamos hablar con alguien que nos escuche. Jesús nos insiste: “No te rindas, no cargues solo con el peso del miedo y el pecado, ven y confía en mí”. Él espera y escucha siempre, no para resolver mágicamente nuestros problemas, sino para hacernos fuertes en nuestros problemas. No nos quita el peso de la vida, sino que lo lleva con nosotros. El yugo era un balancín que ayudaba a las gentes a llevar pesos como cántaros de agua. El yugo de Jesús no es una carga insoportable, sino que nos ayuda a llevar nuestras cargas. Así es como se vuelven ligeras, porque somos acompañados por Él.

En tiempos de Jesús, eran muchos los que esperaban la llegada de un Mesías poderoso. Lo imaginaban como un fuerte guerrero. Suponían que había de devolver al pueblo el esplendor de los tiempos pasados del reinado de David y Salomón. Sin embargo, el profeta Zacarías lo profetizó pobre y humilde, montado en un borrico entrando en Jerusalén. Así se define Jesús: “manso y humilde de corazón”. La mansedumbre y la humildad revelan la honda verdad del ser humano. Nadie es más por gritar más. Este es un mensaje para la Iglesia, es decir, para nosotros, llamados a ser pacíficos y dóciles. Así es como quiere el Señor que seamos. ¿Podríamos dedicar un tiempo a recordar las lecciones y los testimonios que hemos recibido de las personas más sencillas y con frecuencia marginadas?