Dehonianos

El día de hoy la Palabra de Dios habla de sí misma, de su fuerza y poder, de su modus operandi, es decir, de su modo de llegar al corazón del hombre para que dé frutos espirituales.

Para el profeta Isaías, la palabra de Dios tiene semejanza con el poder de la naturaleza. Por eso, la presenta con la imagen de la lluvia que fecunda la tierra y la hace germinar hasta que de ella brota la vida con toda su fuerza. La tierra es el hombre y el agua de lluvia la Palabra de Dios que escucha, produciendo un cambio en él de grandes efectos.

La parábola del sembrador continúa este mismo marco de pensamiento. Es la “madre de todas las parábolas”, porque su sentido está explicado a continuación por el mismo Jesús. No hay duda de lo que significa: habla de la escucha de la Palabra. La Palabra de Dios es una semilla que en sí misma es fecunda y eficaz. Jesús es el sembrador, y la esparce por todos lados con generosidad, sin importar el desperdicio. Cada uno de nosotros (¡sin excluir a nadie!) es un terreno sobre el que cae la semilla de la Palabra. Dependiendo del terreno, es decir, de la disposición y la actitud de cada cual a escuchar, la Palabra fructifica o no. Jesús hace una radiografía espiritual de nuestro corazón. El hombre oye la Palabra y no la entiende: cae fuera del terreno labrado, en el borde del camino: le falta formación; el hombre oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría, pero no la deja echar raíces: cae en terreno pedregoso: le falta perseverancia. El hombre oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan: cae entre zarzas: le falta austeridad.

Es verdad que las aves del cielo, las piedras y los abrojos pueden hacer fracasar el sembrado. Pero la parábola enseña que, a pesar de todas las dificultades, nada puede hacer fracasar los proyectos y esperanzas de Dios. Siempre habrá una porción de buena tierra que acogerá la semilla y, al tiempo de la siega, producirá las espigas deseadas.

Las preguntas que nos tenemos que hacer son: ¿qué tipo de tierra soy?, ¿escucho a Cristo y su Palabra? Seamos sinceros con nosotros mismos. Encontremos el valor de hacer una buena recuperación del suelo, una bonita recuperación de nuestro corazón quitando zarzas, piedras y espinas. Y al mismo tiempo pidamos a Dios que cuide de la tierra de nuestro corazón, que la riegue y enriquezca sin medida.