Tras conocer la muerte de Juan Bautista, Jesús busca un lugar apartado para estar a solas. Pero la gente, hambrienta de su palabra, le sigue hasta el desierto. Y en vez de rechazarla por su necesidad de soledad, «sintió compasión de ellos y curó a los enfermos». Esa mirada compasiva es la puerta que abre el relato de la multiplicación de los panes.
Cae la tarde y los discípulos, prácticos, proponen a Jesús despedir a la multitud para que cada uno se procure alimento en las aldeas cercanas. Es una solución razonable, incluso prudente. Pero Jesús les responde con una frase que desconcierta: «Dadles vosotros de comer». Ante la escasez —apenas cinco panes y dos peces para una multitud—, Jesús no multiplica primero: pide primero que se comparta lo poco que hay.
Entonces toma los panes y los peces, alza los ojos al cielo, pronuncia la bendición, los parte y se los da a los discípulos para que ellos, a su vez, los repartan. Es el mismo gesto que después repetirá en la última Cena: tomar, bendecir, partir, dar. La multiplicación no ocurre en un instante mágico y aislado, sino en el círculo del compartir: de Jesús a los discípulos, de los discípulos a la gente. Y todos comieron hasta saciarse, y sobraron doce cestos, uno por cada tribu de Israel, signo de que en la mesa del Reino no falta nada.
Isaías ya lo había anunciado con imágenes de fiesta: «Venid a las aguas… el que no tiene dinero, venga, coma sin pagar». Dios ofrece lo esencial, la vida, a fondo perdido y sin condiciones, mientras el hombre tantas veces gasta su fuerza «en lo que no alimenta». La abundancia del Reino no se compra ni se merece: se recibe con las manos abiertas, y se comparte con las manos igualmente abiertas.
El milagro, en el fondo, no es solo que el pan se multiplique, sino que el miedo a la escasez se vence con la generosidad. Cuando los discípulos entregan lo poco que tienen, ese poco basta y sobra. Muchas veces nuestra excusa para no compartir es que «no hay suficiente»: suficiente tiempo, suficiente dinero, suficiente fuerza. El Evangelio de hoy nos invita a poner en las manos de Dios lo poco que somos y tenemos, confiando en que, bendecido y compartido, alcanza para todos. Y como recuerda san Pablo, nada —ni el hambre, ni la angustia, ni la muerte— podrá separarnos jamás del amor de Cristo.