Hoy, 15 de agosto, celebramos, junto con toda la Iglesia, una de las cuatro verdades de la fe que han sido proclamadas en forma de dogma: la asunción de Nuestra Señora o, dicho en otras palabras, la presencia en cuerpo y alma de María en la gloria del Reino de Dios.
Con el evangelista Lucas nos trasladamos a los relatos de la infancia, en concreto al momento en que María, inmediatamente después de haber concebido a Jesús, llega a Ain Karem, la región montañosa en la que habita su pariente Isabel.
Al producirse el encuentro entre estas dos madres gestantes, Isabel la saluda con una expresión profundamente hermosa que hoy, todos nosotros, podemos hacer nuestra: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?
Así, reconociendo la grandeza de la vida que porta en su seno, se produce la primera confesión de fe en Jesús de este Evangelio. Detrás del término “señor” late el griego “kyrie” que constituye, para los primeros oyentes de esta Buena Noticia, un claro reconocimiento de la divinidad de a quién va referido.
Que grandeza la de Isabel que confía en su intuición de madre de que algo grande está sucediendo cuando siente que su hijo salta de gozo en el seno y que ejemplo de humildad el de María que, pudiéndose acomodar en el lado privilegiado de la historia, escoge la senda de la entrega y el servicio al Reino de Dios.
Así, en dos mujeres que están gestando una vida fuera de la lógica humana, Dios manifiesta su poder, mostrándonos que es el Señor de la historia que ensalza y enaltece a los humildes.
Sigamos el ejemplo de María para que así, en el día de la venida gloriosa de su Hijo, podamos gozar de lo que ella ya está disfrutando: la glorificación de todo nuestro ser, por haber sido hallados dignos del amor que nos llamó a la existencia, que nos invitó a la fe y que nos sostendrá en la fidelidad de quien nos ha creado y redimido.