Dehonianos

Si la semana pasada escuchábamos la confesión de fe, ahora le toca el turno al anuncio de la cruz. Como diría el adagio latino que tanto le gusta a una de mis compañeras docentes: ad astra per aspera. En otras palabras: hacia las estrellas a través de las dificultades.

Al querer evitar la muerte de Jesús, Pedro, en la impetuosidad que le caracteriza, está queriendo salvar su propia vida en la lógica de nuestros parámetros. Pero, la realidad es que, en el plan de salvación de Dios, en ningún momento se esconde la fragilidad, la debilidad ni el dolor. No es basura que deba esconderse debajo de la alfombre ni una realidad inútil en nuestra existencia.

Cristo no nos promete gloria sin pasión, victoria sin dolor, vida eterna sin muerte. Más bien nos está enseñando a encontrar la dimensión redentora de nuestra propia cruz, que brota de la gran redención que él ejerce desde el trono de la gloria que es el árbol santo del Calvario.

Esto, llevado a nuestra vida, nos está invitando a considerar cuántas veces estamos, como Pedro, perdiendo energías en negar, esconder, escapar de la cruz que estamos invitados a cargar.

Queremos salvar nuestra vida, y como si de una tragedia clásica se tratara, la perdemos, se escapa de nuestras manos como agua. Caminos y realidades que nos prometen felicidad instantánea, una existencia sin dolor o amor sin compromiso.

En cambio, lo que a los ojos del mundo parece una pérdida, algo más digno de mofa que de admiración como es la mansedumbre, la honradez, la entrega desinteresada o la fe sencilla, se convierten, en manos de Cristo en una explosión de vida y plenitud.

Hoy Cristo nos invita, sí, a cargar con nuestra cruz, pero también a hallar la vida en esa herida que nos está haciendo perderla. Con Él, esa herida se convertirá en puerta santa, en fuente de vida, en la expresión más hermosa del amor confiado.