Dios ha elegido al profeta Ezequiel para que sea “vocero” de su pueblo y le transmita los mensajes que Dios le confía:” A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca les advertirás de mi mensaje” (Ez 33,7).
Ezequiel ha de ser fiel a esa difícil misión que le ha sido encomendada. Si el profeta guarda silencio cuando Dios quiere que amoneste a las gentes de su mal comportamiento, será considerado cómplice.
Pero, por el contrario, si el profeta escucha el mensaje de Dios y lo comunica a su pueblo, salvará su vida y, también, el sentido de su vida.
Con el salmo respondemos a esa voluntad de Dios comunicada al profeta: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón como hicieron vuestros padres en el desierto” (Sal 94).
San Pablo, en la epístola a la comunidad de Roma, les dice, de una manera clara y contundente:” El amor es la plenitud de la ley”. Solo el amor nos lleva a escuchar la voz de Dios y comunicarla a nuestros hermanos.
El evangelio de este domingo recoge tres enseñanzas de Jesús sobre la importancia de vivir en comunidad, y sobre todo, la responsabilidad de cada uno de sus miembros.
Jesús dice que en la comunidad no todo es perfecto, pero que sí todos somos responsables de la conducta de todos. Nuestra misión, la de todos, es corregirnos fraternalmente. Debemos corregir al hermano con mucha prudencia y cariño: corregirle para que vuelva al buen camino del que se ha desviado. También nosotros debemos aceptar la corrección que nos hagan los hermanos si es que nos hemos desviado del camino del Evangelio, ya que nuestra misión es volver a caminar por la senda del amor y de la paz.
Jesús amplía la misión y la responsabilidad de atar y desatar que ya había sido encomendada a Simón Pedro. Dios nos ha elegido, nos ha enviado por el mundo para ser testigos de su amor, de su perdón y de su misericordia.
Jesús nos explica que en la comunidad es base fundamental la oración en común. Dios escucha la oración de dos hermanos siempre que tengan la voluntad de dirigirse a Él para afrontar necesidades comunes, ya que la oración comunitaria debe ser fruto del amor mutuo y no del egoísmo.
El compromiso del Señor es claro:” Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). Para recordar:
• La reunión. En nuestras vidas no podemos caminar solos, caminando en solitario. No podemos (ni debemos) ignorarnos unos a otros.
Nosotros, como comunidad cristiana, debemos ser una comunidad modélica en lo que a la convivencia se refiere. Vivir en convivir, desvivirse por los hermanos.
• El nombre de Jesús. En nuestra sociedad las personas se reúnen por diversos motivos, fines, objetivos. Nosotros, la comunidad cristiana, estamos llamados a reunirnos en el nombre del Señor. Nos reúne su mensaje de salvación, nos reúne la memoria de su vida y de su entrega en la Cruz.
• La presencia de Jesús. Dios siempre camina a nuestro lado, siempre nos acompaña, y se refleja en el amor que nos profesamos y en el generoso servicio que nos prestamos, cada día, como hermanos que somos en Cristo Jesús.