Hay opiniones que no aportan nada, pero es bueno conocerlas. Probablemente, con este pensamiento en su mente, formuló Jesús una pregunta que iba mucho más allá de lo que los dimes y diretes pueden llegar: ¿quién dice la gente que soy?
De este modo, en un vaivén y de opciones, la pregunta pasa de la seguridad de lo impersonal (se dice, se comenta) o dejar a los discípulos entre la espada y la pared, teniendo que tomar partido: y vosotros, ¿quién decís que soy?
Surge así la confesión de fe de Cesarea en la que Pedro, con el ímpetu que le caracteriza y la función de liderazgo del grupo que, hasta ahora, ha ejercido de forma libre y carismática, pone toda la carne en el asador: ¡Tú eres el Hijo de Dios vivo!, ¡tú eres la esperanza de la humanidad, el anhelado por los siglos!
Así llegamos a la idea fundamental que hoy me gustaría compartir con vosotros. Cristo edifica la Iglesia sobre la profesión de fe de los discípulos, encabezados por Pedro.
Es decir, quiere salvar a la humanidad contando con la propia humanidad, y no a pesar de ella. Al cimentar la Iglesia sobre los discípulos, más allá de la fuerza simbólica de los Doce y de todas las connotaciones teológicas que este grupo recibe legítimamente, me parece profundamente hermoso que la frágil y pequeña fe de los amigos de Jesús forme parte de los cimientos de la Iglesia.
¿Nos hemos parado a pensar por un momento lo fuerte que es esto? Todos sabemos que los cimientos de un edificio son importantísimos, y que deben ser tan firmes y robustos como adaptados a la realidad del suelo que los habitan (por ejemplo, en una zona de actividad sísmica frecuente, la flexibilidad debe ser una característica de los mismos). Pues en los cimientos de la Iglesia, por expreso deseo de nuestro Señor, ha entrado la fragilidad, la duda, la inconstancia, el entusiasmo, el ímpetu, la lealtad y otras tantas realidades que conforman la fe de los discípulos.
Esta misma Iglesia, además, es heredera de una promesa: el poder del infierno no la derrotará. La comunidad creyente se verá sediada por el mal, hasta tal punto que en ocasiones, más de las que nos gustaría tener que reconocer, se verá vencida por los envites del pecado, del mal, de la muerte y todos los demás secuaces del Maligno.
Pero, aun herida, aun vencida, la Iglesia no será derrotada por el poder del infierno, porque está participando de la victoria de Cristo sobre el mal, sobre el pecado y sobre la muerte. Nuestra fuerza reside en la aparente fragilidad de nuestro redentor, pero su debilidad es mucho más fuerte que cualquiera de nuestras fortalezas y seguridades.