Edoardo Mattei
Edoardo Mattei, profesor de Teoría de los medios digitales en el ISSR Mater Ecclesiae de la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino (Angelicum), responde a las intervenciones de Severino Dianich y Lorenzo Prezzi sobre el crecimiento de los bautismos de adultos en Occidente.
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La sorpresa es real. Tras décadas de declive casi ininterrumpido, Francia registra en 2025 más de 10.000 bautismos de adultos, con una proporción de jóvenes entre 18 y 25 años que ya supera el 40% del total. Un flujo similar, de menor magnitud, pero estructuralmente coherente, se observa en Bélgica, Países Bajos, Alemania, Austria, Reino Unido y Estados Unidos. El fenómeno ha sido documentado en las páginas de SettimanaNews por Lorenzo Prezzi y, en contexto, reinterpretado por Severino Dianich. ¿Cómo leer este repunte sin caer ni en el entusiasmo ni en el desencanto?
Un escollo en la resaca
La respuesta a la pregunta de qué ha detenido la resaca —es decir, la retirada progresiva de la práctica religiosa— proviene en parte de los propios artículos. Prezzi identifica tres elementos que actúan conjuntamente.
El primero es el papel de los influencers católicos. No deben entenderse como creadores individuales con millones de seguidores, ya que las experiencias que realmente funcionan son las digitales estructuradas, como Retraite dans la ville, que no se limitan a transmitir contenidos, sino que construyen entornos experienciales con una gramática espiritual propia, capaces de acompañar el recorrido desde el interés inicial hasta el umbral de la comunidad.
El segundo elemento es el ministerio de hecho de los «Bernabé»: acompañantes que, en Francia, se han multiplicado espontáneamente, con el efecto de que los cristianos ya establecidos redescubren su propia fe al acompañar a los catecúmenos.
El tercer elemento es la capacidad de interpelación: en celebraciones con gran asistencia, como el Miércoles de Ceniza o el Domingo de Ramos, hay quienes invitan a los no creyentes interesados a iniciar un camino de fe. En este proceso, el papel de los laicos no es accesorio, sino estructuralmente central, y se realiza sin mandato institucional, por pura necesidad pastoral.
Es en este contexto donde adquiere todo su peso el desafío lanzado por Dianich en estas mismas páginas: «O los cristianos asumen de nuevo, comunicando a los demás su fe, la responsabilidad de perpetuar en la historia la memoria histórica de Jesús, antes incluso que la memoria fidei del Cristo resucitado, o el cristianismo ha terminado».
El repunte de los bautismos parece responder exactamente a este desafío. Pero Dianich añade una observación que también vale para el fenómeno actual: muchos fieles católicos —obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos incluidos— nunca han tenido en toda su vida la experiencia de haber propuesto a alguien hacerse cristiano. Los “Bernabé” son, en el fondo, la respuesta concreta y espontánea a esta carencia.
Un fenómeno complejo que requiere prudencia
Guillaume Cuchet, historiador de la Universidad Paris 1, analizó el fenómeno en Études en enero de 2026 con la sobriedad del método histórico, y sus datos invitan a no sobrevalorar el alcance del repunte. El cálculo de base es elocuente: entre 2000 y 2023 Francia ha «perdido» unos 200.000 bautismos infantiles al año y ha «recuperado» con los bautismos de adultos unos 4.000, una tasa de recuperación inferior al 2%.
Cuchet comenta: no hay que sorprenderse de que, dentro de la masa de no bautizados, la distribución aleatoria de las inquietudes metafísicas y los dramas de la vida haga regresar a un 2%. El fenómeno es un *ressac*, una ola de retorno de una marea que se ha retirado enormemente, no una inversión de tendencia.
El repunte, añade Cuchet, aún no es visible en otros indicadores clásicos de la vida eclesial: la práctica dominical sigue disminuyendo, las ordenaciones no se recuperan, las inscripciones al catecismo infantil no muestran variaciones. La razón, observa el historiador, es estructural: el fenómeno afecta casi exclusivamente a jóvenes entre 18 y 25 años, que todavía no son padres. Sus efectos en la vida eclesial ordinaria son necesariamente prematuros: no cabe esperar datos estadísticos significativos antes de una década.
A esto se añade que la sociedad francesa en la que se produce el fenómeno está condicionada por variables no fácilmente exportables: la aportación de la inmigración cristiana extraeuropea, la cercanía competitiva con el islam y el protestantismo evangélico, y las dinámicas religiosas propias de los territorios de ultramar. Un panorama que requiere mediaciones antes de aplicarse a otros contextos nacionales.
Tres condiciones decisivas
Estas observaciones sugieren una reflexión que los datos por sí solos no resuelven: ¿en qué condiciones el repunte podrá producir efectos duraderos en la vida eclesial? La verificación auténtica no se medirá en las estadísticas de 2025, sino en los bautismos de los hijos de estos nuevos bautizados entre 2035 y 2045, si es que los hay. Para que esta cadena se realice, son necesarias al menos tres condiciones que, por ahora, ningún documento pastoral aborda con la debida seriedad.
La primera es la perseverancia. Cuchet habla explícitamente de tasas de «evaporación» que alcanzan el 50% en el período postbautismal. La causa estructural es la ausencia de un entorno de apoyo: los neobautizados no cuentan con un contexto familiar, social o territorial que dé continuidad a su elección. Son individuos que llevan las fragilidades del mundo moderno y su necesidad de orientación, pero llegan a comunidades que a menudo no saben cómo acogerlos a largo plazo.
La segunda condición es que la opción de fe se convierta en una identidad estable y transmisible, no en una adquisición personal confinada al ámbito privado. El perfil motivacional de los catecúmenos —pruebas vividas, búsqueda inquieta, experiencia espiritual intensa— es predominantemente individualista: el bautismo se busca como recurso personal más que como entrada en un cuerpo eclesial. La pregunta que plantea Prezzi —si alguien les enseña el sentido comunitario— sigue sin respuesta sistemática. La mistagogía postbautismal es históricamente el punto más débil del Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos.
La tercera condición es que las comunidades receptoras estén dispuestas a cambiar. El obispo de Carcasona ha reconocido abiertamente la dificultad de las comunidades para percibir la relevancia del fenómeno y los cambios que exige, preguntándose si están dispuestas a dejarse transformar por los nuevos bautizados. La respuesta honesta, en la mayoría de los casos, sigue siendo no.
La condición de los países ‘católicos’ mediterráneos: una Iglesia de servicios
Todo esto vale, con matices propios, para la Iglesia de los países ‘católicos’ mediterráneos. El problema no es la falta de herramientas digitales ni la ausencia en redes sociales, sino algo más profundo: estas Iglesias aún no han desarrollado una pastoral digital integral, capaz de diseñar experiencias con una gramática espiritual propia que acompañe el recorrido desde el interés inicial hasta una pertenencia eclesial estable.
Lo digital sigue concebido principalmente como canal de transmisión, no como entorno de mediación donde las condiciones mismas de recepción del mensaje evangélico se configuran antes incluso de que la persona pise una iglesia.
Pero el nudo más estructural es eclesiológico. El fenómeno de los “Bernabé” —laicos que detectan las demandas, acompañan a los catecúmenos y, al hacerlo, reconstruyen su propia fe, asumiendo un servicio de hecho sin título ni mandato formal— muestra con claridad que una Iglesia organizada por funciones, donde la organización depende del rango y del grado en una estructura vertical, ya no es adecuada para cumplir la misión evangélica en la época actual. No porque la jerarquía sea irrelevante, sino porque los carismas que este fenómeno activa no pasan por los canales institucionales ordinarios ni esperan autorización para manifestarse.
Es necesario pensar seriamente en una Iglesia organizada por servicios, donde la organización y el reconocimiento eclesial estén subordinados a la competencia real y al carisma efectivo, independientemente del orden sagrado. Unas Iglesias así sabrían reconocer a los “Bernabé” como ministerio, valorar al laico experto en lo digital como guía de los pastores en el entorno algorítmico, y construir itinerarios de acompañamiento postbautismal confiados a quienes tienen la competencia y la vocación para ello, no necesariamente a quienes ostentan el título.
La colaboración de los laicos, en estas Iglesias, sigue siendo más solicitada que realmente bienvenida, salvo en formas subordinadas a las funciones clericales. Y, sin embargo, es precisamente de esa colaboración de la que depende —como demuestra el caso francés— la solidez a largo plazo de cualquier repunte de la fe.