Dehonianos

La pedagogía de Jesús con sus discípulos es fascinante. En unas ocasiones emplea métodos directos con indicaciones claras, como por ejemplo en la multiplicación de los panes y los peces que escuchábamos hace unas semanas y en la que la instrucción es tan simple como concisa: dadles vosotros de comer.

En cambio, en otras ocasiones, hace uso de una técnica más sibilina, como es el caso del pasaje que acabamos de escuchar.

Partamos, primero, de una noción que estaría muy presente en la sociedad del tiempo de Jesús, y, por tanto, en sus seguidores y oyentes: los extranjeros no tienen derecho a la salvación. Según hemos escuchado en la primera lectura, del profeta Isaías, solo aquellos extranjeros que abracen el modo de vida social del pueblo judío (fe, alianza y preceptos) podrán habitar en la presencia del Señor.

En este contexto, encontramos a Jesús en Tiro y Sidón, dos ciudades estado fenicias situadas en la costa del Mediterráneo. Por tanto, un territorio extranjero.

Sale al paso una mujer de identidad desconocida, solo sabemos que era de ese territorio y, por ende, no judía. La insistencia de su ruego, al que Jesús parece hacer caso omiso, es motivo de diálogo entre el Maestro y sus seguidores.

En este intercambio de palabras, que parece duro por parte de Jesús, va a ir mostrando a sus discípulos que el don de la fe no entiende de fronteras.

Así, atendiendo a la súplica de esta mujer y elogiando la grandeza de su fe, Cristo hoy nos recuerda algo fundamental para nuestra propia vida: la salvación que él nos ofrece es universal, católica, o no es. Si encerramos el Evangelio en las fronteras de nuestras seguridades estamos ahogando el deseo de Dios de que todos, como hermanos, acudamos a su presencia.